Opinión

Editorial

Preconceptos educativos

24|05|20 18:41 hs.

La nueva forma que tuvo que adoptar el sistema educativo ante la irrupción de la pandemia y sus consecuencias, derribo dos preconceptos fuertemente arraigados en el imaginario mediático que, en mayor o en menor medida, se reproducen en otros ámbitos. 


El primero, se refiere a la idea de que el sistema educativo como tal es rígido, conservador, con una fuerte tendencia hacia la inmovilidad y renuente al cambio. La veloz y drástica mutación que sufrieron (forzada, es cierto, pero no invalida esa circunstancia la potencia del cambio) las instituciones educativas en todos sus niveles y jurisdicciones; el aggiornamiento de contenidos y planificaciones; los nuevos soportes remotos que adoptaron todos los docentes y directivos para reunirse, para elaborar tutoriales, para dictar clases, para evaluar y para mantener vivo un sistema a lo largo y ancho del país, no fueron igualados en otras áreas de la vida pública y social en estos tiempos. En un mundo que habla hasta el hartazgo de la palabra innovar, que no es otra cosa que usar algo nuevo o aplicar algo que no se había utilizado hasta el momento en determinado ámbito o llevarlo a otro radicalmente distinto, se hizo a nivel macro y micro en las escuelas. Eso prueba que lo que requiere el sistema para su mejora, no es solo un evento extraordinario, sino incentivos internos de dos tipos: económicos y de desafíos. Y un tercero, más social y de gran influencia: su valoración puertas afuera del ámbito de sus propios actores y de su funcionamiento particular, situación que todavía no ocurre como debiera, a pesar de la enorme mutación que está sufriendo, sencillamente para no dejar de brindar conocimientos a las nuevas generaciones, especialmente a las que corren en desventaja. 

 El segundo, tiene que ver con la enorme brecha digital que existe en nuestra sociedad, otra manifestación de la desigualdad estructural, no solo socio -económica, sino también de expectativas frente al futuro, que posee la Argentina. Y relacionado a este punto clave, la enorme relevancia que tuvieron iniciativas tales como Conectar Igualdad, un instrumento destinado a paliar parte de ese escenario que condiciona enormemente el acceso a contenidos y en consecuencia, al aprendizaje. Con un origen en el año 2010, renombrado posteriormente y relanzado en estos tiempos, a la distancia, cobra una dimensión de extraordinaria significación. Una mirada retrospectiva del debate de esos años y de algunos de sus coletazos que persisten en el tiempo presente, muestra la mezquindad con que a veces la discusión política desenfoca y perturba la mirada hacia iniciativas, que adoptadas como políticas de Estado, con vigor, con correcciones y mejoras, continuadas por gobiernos de distinto signo, podrían haberse potenciado más. La emergencia desnuda la desigualdad, pero también la falta de perspectiva futura en muchos debates educativos, sobre todo, los llevados adelante desde la dirigencia política. 

Adaptabilidad y desigualdad, dos caras de una misma moneda, con la que se enfrentan los educadores día tras día, casi al fin del primer trimestre de un año particular y extraordinario, para un sistema cuya pieza primigenia se instaló en 1884. La extraña, por lo ineficaz, manera vernácula de abordar la discusiones públicas, resumiéndolas en pares dicotómicos, en la actualidad, por ejemplo, entre economía o salud, deja fuera cuestiones sustanciales que definen las décadas que vendrán. Un porvenir en desarrollo, que se basará principalmente en la denominada Economía del Conocimiento, en donde junto con la tecnología, la investigación y el desarrollo, la informática, la nanotecnología, la robótica, las telecomunicaciones, la educación tiene y tendrá un rol determinante. El descuido pasmoso de esta circunstancia, no frena ni amilana, con un virtuosismo que a veces emociona, el impulso creativo, adaptativo e igualitario de todos los actores del sistema educativo argentino.