Sociales

En primera persona: Juan Carlos Tróccoli

Pediatra de muchas batallas

05|04|20 16:35 hs.

Por Valentina Pereyra 


La puerta de ingreso del Hospital Pirovano que da a la ruta conduce por un pasillo hacia la sala de niños que está al fondo. Son casi 40 metros de trayecto, por eso para transitarlos había que tener cierto coraje porque en los inviernos alargados de Tres Arroyos, los vidrios rotos, las paredes ajadas y despintadas, el gris predominante hacían todo más lúgubre y frío. 

Pero nunca reparamos en eso, sólo ingresamos y caminamos hacia una intersección, de un lado la sala de las niñas y hacia el otro, los niños, ambas desbordadas de camas y almas doloridas. 

Ni lo dudamos, dejamos nuestras pocas pertenencias sobre una silla en la habitación que estaba en el medio de las salas de pediatría, acomodamos las dos camillas, saludamos cordialmente a una enfermera ojerosa que sonrió aliviada al vernos y nos pusimos a atender. Ese día fueron 35 pacientes, algo que se repetiría diariamente. 

Llegamos a la puerta del Hospital Pirovano desde otro camino. 

Conocí a Olimpia en la facultad, ella era tucumana e ingresó a la carrera un año después que yo. Teníamos un grupo que salíamos a bailar a los asaltos que empezaban a la tardecita y terminaban a más tardar a la media noche. Eran los encuentros amorosos de esa época, muy románticos, bailando boleros sobre todo, uno mejor que otro. Estuvimos seis años de novio hasta que contrajimos matrimonio en San Miguel de Tucumán. 

Arribamos desde esa capital con las valijas de recién casados y nuestro amor florecido que contrastaba con la helada de finales de otoño. 

Desde la Estación Vázquez traje la cabeza afuera de la ventanilla, oliendo ese aroma inconfundible a tierra mojada y trigo. El viento helado de los primeros días de junio de 1955 me obligó a sentarme y esperar… 

Llegamos al andén de la estación de ferrocarril de Tres Arroyos donde unas 400 personas circulaban al son de los gritos de los guardas, el bullicio de los pasajeros y, los intentos de los vendedores de llevar el pan a casa. 


Junto a su entrañable Olimpia en la entrega de un reconocimiento por parte del Centro Vasco en 2012


Bajé primero y como buen anfitrión tomé la mano de Olimpia y la ayudé y aceptó el gesto con amabilidad. 

Soy Juan Carlos Tróccoli, médico pediatra y tengo el entusiasmo por la profesión intacto.

La elección
Al igual que mis hermanas mayores fui alumno de la Escuela N°1 y la secundaria la hice en el Colegio Nacional -que no tenía edificio propio- y funcionaba donde actualmente está la Escuela Técnica, compartíamos el patio, la sala de música, el laboratorio de química y física. El cuerpo de profesores era de primerísima línea, gente con títulos universitarios que habían estudiado mucho en el exterior, como en la cátedra de castellano y literatura que la daba el profesor don Emilio García de la Calle que se formó en Salamanca con el profesor Miguel de Unamuno. 

Cuando me recibí me fui a estudiar medicina a Córdoba porque tenía a mi hermana médica que vivía allí. 

En mi casa se hablaba mucho de medicina porque tenía dos hermanas médicas y una de ellas a su vez, casada con un médico, por lo que era un tema recurrente y predominante y fue formando mi interés por la carrera. 

Cuando terminé toda la cursada era practicante mayor, pero al recibirme tenía que dejar un cargo rentado que había obtenido, así que me quedé un año entero en pediatría y luego un año más como concurrente en el Hospital de Niños de Córdoba para no perderlo. En ese entonces no había residencias médicas, en Argentina se implantaron años después gracias a un pediatra, 

Carlos Arturo Gianantonio, al que conocí en cursos y conferencias que daba en el Hospital Italiano de Buenos Aires 

Ejercer 
En septiembre del ‘55 empezamos a ir al Hospital, en aquel entonces se discriminaba mucho entre peronistas y antiperonistas, era una política muy cruda y se consideraba que los médicos que iban al hospital eran oficialistas, lo cual no era cierto porque en ese momento, el hospital se mantenía con siete médicos-todos brillantes- que se lo cargaban al hombro la institución, haciendo durante muchos años las guardias y atendiendo todos los servicios. 

Después de la Revolución Libertadora asume como comisionado municipal el doctor Pedro Aguirre -un personaje de Tres Arroyos- y el doctor Antonio Movich como director del hospital nos pide a un grupo que concurriéramos al nosocomio, así que empezamos a ir con mi señora ya que desde hacía un tiempo que no había pediatras en el servicio. Entonces nos hicimos cargo. 

Trabajé cinco años ad honorem en el Hospital y Olimpia 13, fue gracias a la intervención del doctor Calabrese que consiguió cargos rentados y llamó a concurso cuando mi señora pudo dejar de ejercer sin remuneración. Fueron bravos los primeros años para seguir sustentando la familia. 

Olimpia fue la primera médica de la localidad, ejerció la docencia, al principio en horas que dejé en el Colegio Nacional y luego, otras en el Colegio Jesús Adolescente, nunca las dejó, iba, daba clases a la primera hora y de ahí al hospital. Junto con otras colegas creó la Asociación de Mujeres Universitarias y el Centro Médico Pedagógico. 

La anécdota sirve para valorar, por ahí le viene bien a algún profesional que llega nuevo a Tres Arroyos con mucho apuro y en uno o dos años quiere tocar el cielo con las manos, por eso yo le digo que hay que hacerlo más despacio. 

Los pasillos 
Caminar por el interminable pasillo del Hospital podía ser una fiesta de aromas. Pasábamos por la cocina a la mañana y el olor a cascarilla invitaba a servirse una taza, y al mediodía, el aroma a puchero abría el apetito de todos. En la puerta de la cocina desvencijada y vieja un señor muy grandote con delantal hasta las rodillas -que alguna vez fue blanco- pelaba papas. Ponía una olla en medio de sus piernas y una bolsa al lado de su silla en la que tiraba las cáscaras ¡Debe haber pelado millones de papas en su vida! 

Pediatra 
Los mosaicos bien aseados del largo corredor con el tiempo se amigaron con el color y la luz. Ser pediatra fue sacrificado, éramos muy jóvenes y nos acostumbramos a trabajar mucho, la vida fue muy desordenada, los almuerzos, el regreso a casa a la noche después de hacer visitas… El teléfono siempre ardía, muchas veces llamaban del hospital a cualquier hora cuando un chiquito no andaba bien y venía la ambulancia a buscarme porque yo no tenía auto, había que ir a cualquier hora. 

Otra gente, que veías en el hospital a la mañana, te necesitaba porque el cuadro se agravaba y llamaban a casa. En general eran familias de las afueras de la ciudad que vivían humildemente, gente muy agradecida que siempre te traían unos huevitos, pollitos, gallinita, no se cobraba nada. Lo más lindo es que todavía me encuentro con muchos que me saludan con mucho afecto y reconocimiento. 


En la entrada de su consultorio de la primera cuadra de la calle Balcarce, propiedad en la que también vive. La puerta aún conserva las placas de Juan Carlos y de Olimpia, pediatras por siempre. “Sacame la fotos desde ahí así no rompemos la cuarentena”, i


Creo que he sido muy responsable y la gente se ha dado cuenta, por eso cuando cometes errores que están más allá del conocimiento y de la voluntad de cada uno, te disculpan. 

No sé muy bien porqué elegí ser pediatra, en cuarto y quinto año de la carrera tenía amigos que estaban en el Hospital de Niños de Córdoba y me contaban sus experiencias, me entusiasmó y empecé a ir a las guardias ad honorem como practicante. 

El tiempo dorado 
A mitad de la primera cuadra de la calle Balcarce construimos el hogar familiar que floreció como nuestro jardín. Paso la jubilación haciendo tareas entre las plantas y flores, por eso no quiero dejar mi casa, aún después del fallecimiento de Olimpia.

Me reúno con mis amigos a tomar café sentados alrededor de una mesa en Delicias de Belgrano, supimos ser como 15, pero razones del tiempo mermaron la concurrencia, de todos aprendí mucho, me gusta escuchar y dar mi opinión, ¡tengo tanto para decir! 

Trato de hacer cursos en PEMTA, empecé con computación e internet porque no sabía nada y no entendíamos el idioma de los nietos, también hago el de psicología con Claudia Torres que es muy buena persona y profesional. Cuando falleció mi señora empecé otro de literatura con una persona que es una enciclopedia andante, María del Carmen Martínez, es extraordinario lo que ella sabe y su inteligencia. Es un goce que tengo, un placer que disfruto enormemente. Creo que el ejercicio de la medicina supone una gran vocación, los enfermeros, los médicos, las mucamas, todo el personal que se desempeña en salud, para poder ejercerla bien, tienen que tener vocación porque es una vida sacrificada, el contexto con la enfermedad y la muerte a veces endurece a la gente.

Por otra parte, es cierto que las personas son exigentes y un poco injustas en la valoración que hacen de los médicos que no son máquinas, se equivocan y tienen aciertos, pero deben mantener una familia, comprar libros, estudiar, asistir a cursos, capacitarse. 

Los interminables trayectos por el pasillo del Hospital, los pacientes atendidos, la pediatría, todo floreció como mis plantas, me dieron y les di, recorrí esos metros durante 40, por eso es tiempo de aprender y soñar, tal vez… Por qué no, de trasmitir.


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El servicio de Pediatría del Hospital Pirovano 

En aquel entonces el servicio de pediatría estaba en el fondo del Hospital Pirovano, había que atravesar todo el pasillo, pasar la cocina y después de casi 40 metros de recorrido arribar a la sala de niños que daba para la calle de atrás, frente a lo que hoy es Salud Mental. Era una odisea llegar -sobre todo los inviernos- a la sala de niños, pero ni los sentíamos, al contrario… 

Había muchos internados, el servicio tenía dos salas: la de niñas y varones con diez camas cada una, pero siempre había que agregar más, llegamos a tener 15 de cada lado. 

La consulta habitual en el verano era por vómitos y diarreas, toxicosis que producía deshidratación, a veces cuadros muy graves y como la gente no estaba muy bien informada por ahí te llevaban en verano un chiquito con ropa de lana y envuelto en una frazada. 

En el invierno aparecían los famosos cuadros de bronquitis espasmódica -se conocía con ese nombre y se creía que era alérgica- pero se ha descubierto que hay un virus que produce la bronquiolitis en chicos -sobre todo menores de dos años- y que a veces son cuadros serios.

Nos teníamos que arreglar con los pocos elementos a nuestro alcance como las carpitas de oxígeno, era material plástico que se alimentaba de oxígeno y andaba a ojo porque no había medidor así que pasaba por un saco de suero -que se lavaba- y de acuerdo al burbujeo te dabas cuenta de si era o no la cantidad adecuada. Tampoco había elemento de diagnóstico que estuviera a cargo profesionales, salvo el laboratorio que siempre anduvo muy bien manejado por el doctor Fermín Calvente. 

Mucho más que pediatras 
En rayos no teníamos médico radiólogo, lo atendía el señor Zijlstra que tenía toda la experiencia a base de práctica, nunca me voy a olvidar de él, nos ayudaba un poco en los diagnósticos, no había traumatólogos, cardiólogos o kinesiólogos ¡tan necesarios para los cuadros respiratorios de invierno!

Trabajamos casi 40 años con Olimpia y al mismo tiempo atendíamos el consultorio, primero en calle Chacabuco hasta que nos hicimos nuestra casa en Balcarce 54. 

Estuvimos solos en el Hospital durante siete años, por eso hacíamos las guardias permanentemente. Cuando queríamos salir de vacaciones teníamos que pedirle a los médicos generalistas que nos cubran, pero no querían porque ya se habían habituado a que hubiera pediatras. 

Luego se fueron sumando otros, todos habían empezado a hacer residencias, por eso, siempre digo, que el nivel de pediatría fue y es muy bueno.