Ilustración gentileza Hugo Costanzo

Sociales

Por José María Calvo

Por el equipo

29|03|20 19:07 hs.

El equipo para el campeonato se había consolidado conforme los jugadores y los meses habían pasado. Uno de los históricos era Marcelo, un argentino con cara de japonés, que siempre se encargaba de reservar la cancha y que solía empezar las conversaciones por WhatsApp para armar los dos equipos de cinco. Otro que también estaba casi siempre era su padre, Héctor, que se desenvolvía con los modos de cualquier argentino, pero del que todos estábamos seguros era japonés de verdad; quizás hasta del propio Japón. Ellos eran como la cara del equipo; y a modo de ejemplo puedo citarles lo que sucedió una vez, cuando el resto de los jugadores llegaron temprano al club y tuvieron que preguntar por la cancha. 


–¿Cuál es la cancha? ¿La de atrás de todo o la del medio? 
–¿A nombre de quién? 
–apuró el muchacho de la recepción. 
–De Marcelo 
–contestaron los jugadores al unísono. 
–Pero tengo dos reservas a nombre de Marcelo 
–retrucó el del club. 

Entonces todos, los jugadores y el hombre de la recepción, incluso el tipo con mala cara que te daba la pelota y luego te cortaba los partidos antes de tiempo, levantaron la vista como queriendo insinuar algo sin pronunciarlo, hasta que uno de los jugadores, uno que además era amigo personal de Marcelo, tomó el valor para hablar. 

–Marcelo, el chino –dijo, y todos comprendieron de inmediato. 

El resto del equipo era más heterogéneo y cambiaba constantemente. Estaba Mauricio, que la pisaba fuerte y que jugara con quien jugara terminaba siendo una especie de capitán. Adolfo, un tanto más grande, cerca de sesenta años, que ocupaba su posición cerca del arco rival, tipo pescador, por lo que muchas veces recibía quejas del tipo “tenés que bajar más, Adolfo”. Dos jugadores, Fede y Carlos, que siempre iban con la camiseta de Racing, a menos que jugara la Academia, claro, en ese escenario directamente no aparecían; no se sabe la causa, pero los hinchas de Racing son así, fanáticos mal. Leandro, un hombre grandote, como de un metro noventa, que tenía apariencia de ser un asesino serial, pero que cuando uno hablaba te contestaba con tranquilidad y buena cara. Leonardo, un peladito de anteojos, que era re macanudo y que cada tanto sorprendía cortándose solo y haciendo goles que ni el mismísimo Messi haría. Seba, que se había reincorporado hacía muy poco, y que estaba jugando seguido pese a llevar una vida cargada de excesos, como hacer una previa y tomarse todo, ir a bailar, salir con una chica, estar con ella toda la noche (vale decir que el límite entre lo real y la ficción es muy fino y corre por cuenta de lo que cada uno está dispuesto a creer), dormir solamente media hora, ducharse y presentarse a jugar para terminar marcando cinco goles de carambola, uno más extraño que el otro, mientras le gritaban “Vamos, Gabigol”. Gudnar, un hombre de nacionalidad boliviana, que trabajaba para Prefectura en la parte de telecomunicaciones y parecía saber un montón de todo, incluso de fútbol, porque se defendía bastante bien. Jorge, el primo de Gudnar, que era el más joven del grupo, debía de rondar los veintidós años, y por obvias razones todos coincidían en que la única forma de quitarle la pelota cuando se lanzaba al trote era pegándole un tiro por la espalda. José C, un muchacho de lentes que llegaba temprano y en seguida salía del vestuario luciendo pantalones cortos, camiseta y medias haciendo juego, tobilleras encubiertas y botines en apariencia nuevos a pesar de estar jugando activamente desde hacía casi dos años. José F, una reciente incorporación de la que se sabía muy poco, pero por el cual José pasó a ser José C. Y el Tucu, un muchacho gordito que la pisaba y siempre lucía su tan querida remera de Boca Juniors. 

Así, con esos jugadores, fue que se practicó para formar lo que hoy es el famoso “El equipo de Marce” -sí, la creatividad no andaba ni cerca cuando bautizaron al conjunto-, amateurs que están a punto de batirse en el partido final del torneo frente a los “Cucusito”. Pero, como suele pasar siempre que Murphy está cerca (algunos creen que ese es el nombre del tipo que alcanza las pelotas y corta los partidos) están ante un problema. Y como se imaginarán, no se trata sobre la calidad del juego ni las técnicas futbolísticas, sabe Dios que nunca tuvieron tal cosa. Resulta que a último momento sólo cinco jugadores están presentes de los trece anotados. ¿Y por qué digo cinco? ¡Cuatro! Ya que a Seba le dio algo y se lo llevaron a enfermería, o a ese lugar al costado de la parrilla donde hay un banquito, un par de botellas de agua y no va tanto el humo de los choripanes. 

–Ya llamé a todos y nadie puede. 
–¿Mauricio te contestó? 
–No lo llamé. El avisó que no juega ni los viernes ni los fines de semana. 
–Llamalo igual, creo que vive cerca. 

Lo llamaron y les contestó que no podía, que estaba en otra. Uno a uno se fueron pasando el teléfono para insistirle. Incluso José F, que nunca se había cruzado con él, le rogó que viniera: –No podemos poner a cualquiera, tiene que ser uno de los que está en la lista y nadie más puede, tenés que ser vos. Nos tenés que salvar. 

Cuando el referí se arrimó para decirles, por tercera vez, que no se podía esperar ni un segundo más, una mujer grandota, de botas altas, medias de red, campera roja y pelo platinado se acercó a los jugadores que clamaban por un minuto más. 

–Mauricio Pezzano. Acá está mi documento. 

Rápidamente le sacaron la camiseta, los cortos y los botines a Seba y se los pasaron a Mauricio, y el partido empezó. Las burlas y las risas del equipo contrario poco a poco se fueron acallando con cada gambeta y gol que el nueve maquillado les hacía. 

–¡Puto! –le gritó con la sangre en el ojo el capitán de los “Cucusito” al jugador que les robó el trofeo de las manos, además de hacerle tres caños y pasearlo por toda la cancha.

Mauricio no llegó a contestarle, en esta ocasión todos los del equipo fueron más rápidos: ¡Vení y chupate ésta!, ¡El cobra, pero tu vieja lo hace gratis!, ¡Por qué no le decís que te enseñe a jugar, muerto!, ¡Vení y decímelo acá, cagón! 



(*) José María Calvo nació en la ciudad de Banfield en 1982 y actualmente vive en capital federal. Tiene escritos cuatro libros, "Hijos de la luz y de las sombras" (2012), "Kilómetro 26" (2015), “Las partes del todo” (2017) y “La casa de atrás” (2020), novelas; cuentos infantiles como "Agustina y el cuco" y "Abuela", entre otros