El desembarco de Normandía, un acontecimiento clave en la Segunda Guerra Mundial

Opinión

Editorial

Humanidades

29|03|20 09:30 hs.

La escritora británica Zadie Smith (Londres, 1975) cuenta que durante muchos años albergó una duda con respecto a su padre Harvey. Y era la siguiente: no conocía en forma precisa la historia de cuando él participó en la Segunda Guerra Mundial. Sobre todo, sus vivencias durante el desembarco de Normandía, el famoso “Día D” que supuso un despliegue enorme de hombres, pertrechos y armas, con su correlato de muertes, historias individuales y antesala clave para la posterior rendición alemana ocurrida en 1945. 


Tampoco tenía claro su actividad, luego de finalizado el conflicto, en la Europa continental de posguerra. 

Lo describe como: “…Un hombre sentimental, físicamente delicado, pacifista en todo y con un corazón progresista que, más que sangrar, padece hemorragias…” escribía con estupor, en su bello libro “Cambiar de idea” (2009). “…Solo quería explicarme lo que le había sucedido a él…un hombre corriente en una situación extrema…”, continuaba, buscando develar una intriga que tenía desde su niñez. 

En principio, le ayudó a reclamar las medallas con las que habían reconocido su labor como combatiente, pero que jamás había solicitado. Más tarde, en uno de los tantos aniversarios del desembarco que signó el fin de la guerra (ocurrió el seis de junio de 1944), y a partir de una convocatoria periodística, se propuso indagar en esa historia de su padre con mayor énfasis. 

Él, como un hábito adquirido, cada vez que lo conversaban, minimizaba su accionar. Los hechos que protagonizó sin espectacularidad y carentes de aventura, lo ayudaban a ello. En Normandía le toco actuar en una zona sin combates, fue telegrafista y no estuvo en el frente, que atravesó casi sin problemas. Eso no le impidió ver muertes y destrucción, pero no soportó en su cuerpo la crueldad que padeció la mayoría, en un conflicto al que se sumó recién en 1943. “…Para acabar le pregunté si había sido valiente en Normandía…”, sigue relatando Zadie, a lo que Harvey respondió, con lo mismo que siempre repetía cuando le preguntaban sobre ello: “…yo no era como Bert Scaife… era uno de los nuestros, uno que al final se transformó en leyenda. Se cargó a no sé cuántos hombres, disparó un montón de morteros… Después lo condecoraron. Yo no soy Bert Scaife. Ni mucho menos…” 

No conocía en forma precisa la historia de cuando su padre participó en la Segunda Guerra Mundial. Es la duda que albergó durante muchos años la escritora Zadie Smith


Pero esos fragmentos no calmaron los deseos de su hija escritora. Ella quería saber que le había ocurrido en su interior, como se sentía ante ese pasado perturbador que tanto escondía y del que poco hablaba. Solo era una hija tratando de desentrañar quien era su padre. La convocatoria de la BBC a enviar historias personales de quienes habían participado de aquella contienda, le allanó el camino. Corría el año 2005. 

Las conversaciones siguieron una y otra vez, convergiendo hacia un punto muerto. Hasta que sus diálogos llegaron a lo ocurrido en el país galo. Estando en Francia, luego del fin de la mayor guerra de la historia, Harvey le narró con mucho pudor lo allí acontecido. Entre muchos sucesos menores narró uno en especial. La unidad que integraba había detenido a un alto mando alemán y los soldados que la integraban querían matarlo, situación que era muy común al apresar a un enemigo.”…Fue mi padre quien los convenció de que se conformaran con un castigo menor: obligo al nazi a caminar ocho kilómetros delante del tanque antes de entregarlo a las autoridades. Es muy propio de Harvey sentir mucha vergüenza al contarme esta anécdota. Cree que fue cruel…”, apunta Zadie Smith.

Y esta anécdota, poco gloriosa e intrascendente, fue la que le mostró a Smith quien había sido su padre, un hombre valiente y con coraje, reflexiona la reconocida autora. Porque Harvey no se perdió a sí mismo en medio del horror, nos dice. Como tantos otros y otras, conservó su humanidad en circunstancias extraordinarias, puntualiza, y nos hace sospechar de su emoción como hija. 

No hay mejor prueba para nosotros y nosotras, que estos días de encierros, limitaciones e incertidumbre, para conservar la entereza y la dignidad como personas. Que no es otra cosa que hacer lo que debemos en paz, silenciosamente, pensando en los millones de hombres y mujeres normales y corrientes que a lo largo y a lo ancho del país hacen y sienten lo mismo. Pensar en los demás en primer lugar es la mejor manera de hacerlo por uno mismo. Y cuando llegue el futuro y nuestros hijos e hijas nos pregunten que hicimos durante este drama global, ojalá no sepamos que contestar, como le ocurrió a Harvey. Porque la humanidad se practica, no se predica. Y generalmente, y eso es lo maravilloso, no nos damos cuenta cuando eso ocurre.