La Ciudad

Oscar Antonio Rico

El Decidor romántico

16|02|20 16:19 hs.

Por Valentina Pereyra 


“Poeta y decidor” dice la tarjeta de presentación de Oscar Antonio Rico que viraliza sus letras a través de los amigos, peñas o radios. El Rancho de “Don Sereno” refugia recuerdos y tesoros que el tiempo coleccionó, su carpeta abierta sobre una de las dos mesas que habitan el lugar desliza hojas sueltas en las que bailan prolijas letras enmarañadas en palabras audaces, románticas, reflexivas, perfectamente rimadas y acomodadas en estrofas rítmicas. Asoman “Poquito, pero mío” que describe todo lo que Oscar posee: sus gallinas, su perro, el “Rancho”, la felicidad que siente cada mañana cuando amanece y escucha a los zorzales, calandrias, monteras y otras como “El Fruto Prohibido” o “Tesoro Gaucho”, entre ciento de poesías. 

Espiras de sinfines, maderas de embalajes, chapas forradas de terciado “todo hecho con amor” -como dice Oscar- cimentan el refugio de amigos que construyó con sus propias manos. El lugar es un homenaje al mundo gauchesco que rinde honores a nuestra historia y tradición en las pavas que guardan hollines de viejas fogatas camperas, en los más de 600 mates que circundan el rancho o en las cabezas de algún ganado rescatado del olvido, en faroles que todavía esconden la luz de historias sobre amoríos clandestinos, herraduras, herrajes, esculturas artesanales, dos mesas largas forradas con nylon sobre un papel blanco, sillas de distintos pueblos y paisanos, un escenario, el atril y las fotos pegadas sobre las paredes que vibran en cada verso dedicado y compartido con amigos. 



“Los muchachos guitarreros y cantores le pusieron ‘Don Sereno’ en alusión al trabajo que hice hasta que me jubilé en la fábrica Mustad”, cuenta Oscar y señala el cartel que preside la sala principal. 

Tres números forjados con herraduras cantan la dirección de su lugar en el mundo: Aconcagua 340, la misma cuadra en la que su abuelo construyó su casa, luego sus padres y en la que vive desde el 23 de noviembre de 1949. “Mi vieja querencia” es la letra de la poesía que eligió para describir la casa de sus abuelos que los años demolieron, la que hizo su padre Angel al lado de ésta y la que él construyó cuando se casó con Graciela Ubiague. “Nunca me fui de esta cuadra, vivo con mi hijo mayor y nunca me voy a ir y ahora menos”, dice Oscar mientras repasa en voz bajita los versos que la recuerdan.



El Decidor 
Que a Oscar le gustara la poesía y la escritura no fue un secreto para su madre Miguelina Gallo, una inmigrante de 94 años que llegó a los 12 de Italia. “Ella siempre me dijo que yo hacía de chico versitos en cuartetas. Siempre me gustó la música buena, que tenga buena letra”. 

La lectura del Patoruzito o de los libros y novelas clásicas que sacaba de la biblioteca que su tío formó en la vieja casa de sus abuelos, fue inspiradora y su compañía, casi un vicio que siguió por mucho tiempo incluso en sus épocas de sereno. Hasta que un día se cansó de la lectura y sintió que tenía que hacer otra cosa. 



La revelación llegó junto con el dolor y la pérdida, la muerte de su padre, la enfermedad que se llevó a su esposa y al año siguiente el fallecimiento de su hijo Roberto lo enfrentó a la disyuntiva de rendirse o sacar de su corazón cualquier sentimiento que lo afligiera. Eligió escribir, decir, contar, sanar a través de las palabras que rimó sobre los viejos talonarios que quedaron de la grasería. La terapia que comenzó como un juego se transformó en arte escénico cuando “El Arroyeño” escuchó sus cuartetas y décimas. “Tenía 60 años cuando fui al programa de radio del “Turco Salomón” e hice unas letras, terminé y la gente empezó a llamar y a decir que les había gustado”, recuerda. 

“La primera letra se la hice a un mate que encontré en alguna excursión de pesca, un mate calabaza que estaba en una tapera, se llama “Tesoro gaucho” y la intriga que me generó conocer su historia la convertí en versos: “Habrá sido de un croto o la mano de una china lo tendría bien brilloso”, recita. 

La mejor sorpresa llegó cuando Oscar escuchó su nombre en el anuncio radial de un festival a beneficio que se realizaba en la Escuela N° 7, sintió que iba a necesitar alguna herradura de la suerte para no aflojarse todo arriba del escenario, “Me moría de vergüenza, me flameaban las piernas esa primera vez, pero de ahí surgieron otros encuentros, festivales, peñas en Tres Arroyos y la zona”. 

El Rancho de “Don Sereno” 
Al cruzar la reja de entrada el camino de piedras conduce hacia el taller de Oscar y unos pasos más adentro el mundo íntimo del decidor que entre asados y versos se convirtió en el escenario perfecto. “Me gusta compartir con los amigos y lo único que me interesa es ser buena persona”, dice Oscar orgulloso. 



Cada elemento vale una historia, los tarros de lechero, la mulita que duerme tiesa junto al nido de un hornero laborioso, los cacharros de chapa decorados con colores brillantes, los cueros, pieles, y la carpeta que guarda el mejor de los tesoros. “Cuando muere el amor”, “El fruto perdido”, “Viejos son los trapos”, son letras que escribí inspirado por mis vivencias o por historias que escuché o leí. Soy el último romántico del barrio Boca, como dice una de mis poesías: Soy un soñador”. Oscar es un hombre rico.  


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Desde Honor y Patria a Boca

En la esquina de su casa, Aconcagua y Brown, todos los chicos del barrio se juntaban para jugar con la pelota de trapo o con una hecha de la vejigas de vacas -que Oscar traía de la grasería- que inflaban con una bombilla y a diferencia de la de la otra, picaba mejor. “La primera pelota de cuero me la compró mi padre, una Sportlandia que se pinchó y la emparchamos tantas veces que se estropeó”. 

Don Raúl Di Biazzi -un vecino del barrio- los vio jugar en el potrero con esa pelota y sintió que tenía que hacer algo. “Le dimos pena entonces nos regaló una pelota y todas las camisetas del Transporte Di Biazzi, eran de Gimnasia y Esgrima, después se compraron las de Vélez”. Fue ahí que los muchachos decidieron competir en torneos barriales y lo hicieron por Honor y Patria, el club que estaba en Rivadavia 1280 donde Oscar concurría asiduamente -además de ser jugador-con su amigo del alma y hermano Daniel Dinardo. “Queríamos armar un equipo con los chicos que jugaban bien en el potrero, algunos fueron a Boca y otros a Colegiales y los más malos nos dedicamos a la dirigencia”, bromea Oscar. 



Decidieron que el equipo se llamaría “Deportivo Talcahuano” hasta que “Titi” De Francesco que tenía su vivero frente al club les sugirió entrar al torneo como “Honor y Patria” con la camiseta de Vélez Sársfield. “Ganamos en los barrios hasta que nos citan del Club Boca y nos ofrecen agarrar las inferiores para que dejáramos de sacarle jugadores, así que agarramos las formativas en los años ‘70 y ‘80 en el que fuimos subcampeones del Provincial que se jugó en Independiente de Ayacucho, además de otros campeonatos locales”. 

Dinardo y Rico -dos hinchas de River- convirtieron al Club Boca de su amado barrio en un gran semillero de excelentes jugadores. 

Hoy Oscar recibe el cariñoso saludo de los cientos de chicos -ahora hombres- que lo reconocen por la calle, “es lo mejor que te puede pasar”, confiesa. 


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Una infancia inolvidable

Angel Rico -papá de Oscar- llegaba al matadero municipal -donde trabajaba- en un charré y el tío en una Jardinera -carro con capota- en los que cargaban todo “lo que se sacaba” de los animales, lo que quedaba de la faena: vísceras, mondongo, patas de vaca, de cordero, de oveja que se procesaban, pelaban y llevaban a los hoteles, al mismo tiempo la grasa se trasladaba a un galpón que la familia tenía en lo que hoy es el camino de cintura.

Oscar acompañaba a su padre y colaboraba con la familia en las diferentes tareas como derretir la grasa en unos tachos para luego prensar los chicharrones con los que se hacían grandes tortas para alimento balanceado o jabón y otros derivados. 



Mientras preparaban las madejas de triperos para hacer la factura y con la vejiga elaborar mortadela en tinas de madera con sal escuchaban en la radio “El león de Francia” y “El gaucho hormiga negra”. Esas vivencias fueron muy inspiradoras para Oscar que le escribió una letra al zaino grandote de su padre y a otras experiencias de ese entonces. 

Angel quería que su hijo estudiara en la escuela técnica, así que una vez que finalizó la primaria en la Escuela N°3 empezó su aventura adolescente en “el industrial”. Sin embargo la matemática le jugó una mala pasada y después de un año decidió que lo suyo no era estudiar, entonces su papá le mostró el camino inequívoco hacia la vida laboral. “El mío fue el mejor padre del mundo, laburador, buena gente, un ser especial”. 



A los 13 años arrancó a trabajar de aprendiz en el taller electromecánico de José Salviani en un local de la calle Castelli propiedad de don Felipe Julián donde aprendió bobinado de dínamo y arranque -porque no existían los alternadores- y permaneció diez años hasta que en vísperas de contraer matrimonio pidió aumento. Como no se lo dieron renunció para trabajar por su cuenta. Fue cuando su suegro lo mandó a hablar con Carlos Sode, “un señor que me tomó sin que supiera hacer nada de metalúrgica y un tío- por parte de mi señora- que me enseñó todo el oficio”. 

Así se desempeñó como balancinero en la Fábrica Sode y cuando esta cerró empezó a hacer herrería de obra en un galpón que armó en su casa. “Me compré una camioneta y trabajaba por mi cuenta haciendo fletes hasta que llegó Pablo Jensen y me ofreció hacerlos para transportar herraduras a la Fábrica Mustad algunas veces a las semana. Un día me crucé con el capataz Juan Márcico que me propuso entrar de sereno los fines de semana y los francos”, cuenta. 

Pasó 15 años en la misma fábrica y realizó diferentes tareas: Embalaje, en un balancín, de sereno como medio oficial, puesto del que se jubiló hace cinco años.