En La Paz, una de las imágenes de una semana con mucha violencia

Opinión

Editorial

Las advertencias de la historia

17|11|19 17:05 hs.

La historia del siglo XX en América Latina estuvo signada por la inestabilidad política y las dificultades para organizar un futuro económico estable y que integre a las mayorías. Es importante recordar que si bien existieron avances en muchos países en relación a la reducción de la pobreza, sobre todo en estos últimos 15 años, el subcontinente americano sigue primero en el ranking de la desigualdad. 


Pero es la política la materia de este comentario editorial, sobre todo la posición argentina ante los turbulentos y dramáticos episodios que están viviendo nuestros vecinos más cercanos. Es por ello necesario recordar la tradicional política exterior de nuestro país y sus principios fundamentales y permanentes, que hoy parecen llenarse de tibieza y dudas en los pasillos del Palacio San Martín.

Solución pacífica de los conflictos, respeto al derecho internacional, principio de autodeterminación de los pueblos, defensa y trabajo en pos de un orden justo y democrático en la comunidad internacional y al seno de sus países integrantes. Principios que han sostenido todos los gobiernos del país surgidos del voto popular, con matices y estrategias diferentes, pero sin transigir su sentido y racionalidad. La Argentina, es pertinente recordarlo, ha ganado prestigio en el sistema internacional por la consistencia en la defensa de los mismos, sobre todo, cuando alguna nación ha sufrido la vulneración de alguno de ellos. 

La política exterior se vale de formas, pero, en especial, de hechos sostenidos por un uso adecuado de los términos, sobre todo cuando estamos ante contextos delicados.

En Chile no se pueden obviar la violencia, las muertes y los reflejos represivos de un sistema político-social de una fragilidad impensada


La inestabilidad del siglo XX tuvo como uno de los actores relevantes a las Fuerzas Armadas, que en su accionar político, fuera de los límites constitucionales de un orden democrático moderno, desplazó gobiernos libremente elegidos, realizó “planteos” o “reclamos” a las autoridades constitucionales (recordemos los que sufrió Arturo Frondizi, por ejemplo, en nuestro país) en una clara muestra de presión o extorsión política o de consonancia con intereses foráneos. 

Es preciso y oportuno recordar lo anterior, como también, nobleza obliga, la tendencia de la clase política latinoamericana, tanto de la derecha como de la izquierda, a forzar los límites institucionales, intentando burlar mediante artilugios los parámetros legales, amparados en mayorías sustentadas en el voto. Ya Alexis de Tocqueville advertía en la primera mitad del siglo XIX, sobre los peligros de la “dictadura de la mayoría”, un aviso sobre los peligros de la demagogia y el mesianismo.

Lo cierto es que Chile, país que ejemplifica un tipo de crecimiento con desigualdad, está tramitando su conflicto dentro de los parámetros institucionales vigentes. Pero no se puede obviar, la violencia, las muertes y los reflejos represivos de un sistema político-social de una fragilidad impensada. De la pericia de su clase dirigente, de su cercanía o no, con la ciudadanía y sus verdaderos problemas, de la racionalidad de los manifestantes y de la opción por el diálogo de todos los sectores, dependerá que se sortee esta hora dramática de su presente. 

La Argentina debe apoyar el proceso, pero sin renegar de uno de sus puntos de vista tradicionales y que le dieron sustento a la consolidación de la democracia a partir de 1983: la defensa de la integridad de los individuos amparada en sus derechos humanos garantizados legalmente. 

Argentina, fiel a sus posiciones tradicionales y a las heridas de su historia, debería exhibir una posición clara y contundente sobre lo que sucede en Bolivia


Bolivia es un caso de otra complejidad. El ahora ex primer mandatario Morales, intento forzar los límites institucionales y no hay razones que justifiquen ese accionar, más allá de la ambición personal, pero esta circunstancia, que claramente fue advertida por la Organización de los Estados Americanos (OEA) y terminó en un compromiso de Evo Morales para modificar la imagen de ilegitimidad o más benévolamente, de lo borroso del último proceso electoral, no justifica el escándalo de la última semana. 

El comandante en jefe de las Fuerzas Armadas es la persona que ejerce el Poder Ejecutivo cuyo poder tiene origen en el mandato popular surgido de las urnas, y las FFAA están subordinadas a él, en consecuencia, cualquier acto de exigencia, recomendación, o planteo en público o en privado, que exceda el marco de sus funciones naturales, constituye una insubordinación, que en este caso, dado el tenor de la sugerencia, terminó en una renuncia presidencial. Una claro quiebre institucional, en donde un actor actuó fuera de los marcos legales. No fue un golpe de Estado en su versión tradicional, pero el resultado fue igual, en consecuencia es lo mismo. Y la Argentina, fiel a sus posiciones tradicionales y a las heridas de su historia, debería exhibir una posición clara y contundente, condenando lo ocurrido y, a la vez, colaborando para que Bolivia tenga una salida institucional, pacífica y ordenada. 

Chile y Bolivia, son procesos diversos y de distinta, pero profunda complejidad. En ambos acechan fantasmas de un pasado, que creíamos finalizado. Una razón poderosa para escuchar con atención las advertencias de la historia.