Opinión

Educación

Inclusión y calidad: ¿es posible?

10|11|19 19:36 hs.

Por Noelia Gervasio (*)


La pregunta: ¿es posible pensar una educación de calidad que llegue a toda la población y no sólo a algunos grupos sociales? 

La opinión de la autora es que sí es posible, aunque hay otro interrogante que es necesario abordar con anterioridad para poder avanzar en ese sentido: la cuestión de qué entendemos por “calidad” educativa. No será posible diseñar ni planificar iniciativa alguna sin antes esclarecer desde dónde uno se posiciona frente a este concepto tan controvertido. 

Excede los límites de este espacio profundizar en el tema, pero cabe prevenir al lector sobre el carácter polisémico del concepto de calidad, es decir que no posee un único sentido o significado. 

A riesgo de ofrecer un panorama demasiado simplificado, me permito mencionar dos sentidos bien diferenciados y opuestos entre sí, aunque no agotan la discusión sobre el tema. 

En primer lugar, tendremos posiciones que conciben que cantidad es sinónimo de calidad, entonces defienden la siguiente idea: más horas de clase, más días, más años, más contenidos, más evaluaciones, más calificaciones, más capacitaciones, más resultados… nos darán en definitiva una educación de mayor calidad. 

En el extremo opuesto, nos encontramos con concepciones pedagógicas que establecen que el parámetro para definir una educación de calidad está dado por el desarrollo de principios y valores éticos que ayuden a la integración y a la convivencia en un marco social democrático y pluralista.

Como se puede advertir, ambos extremos no son ni ingenuos, ni neutrales frente al ideal que promueven de educación. Porque representan una determinada cosmovisión del mundo, del hombre y de la sociedad, ideas que nunca quedan -ni deberían quedar- desacopladas de cualquier proyecto educativo que se precie de tal (sea a nivel macro o micropolítico). 

Volviendo a la pregunta inicial entonces, la opción por una educación que cumpla con el ideal de garantizar a todos los ciudadanos el derecho a educarse, lleva implícito (al menos para quien escribe) la idea misma de calidad que se expuso en segundo término. 

Esto porque estoy convencida que una sociedad democrática debería entender de una vez por todas que ambos términos de la cuestión son indisociables. Ya no basta, lo sabemos quienes trabajamos en educación hace algunos años, con decir que hoy se despliegan políticas educativas tendientes a la inclusión de todos los/las niños/as y jóvenes en la escolaridad obligatoria. Hoy se nos impone como ineludible la responsabilidad ética de ofrecerles a todos los/las niños/as y jóvenes de diferentes estratos sociales la obtención de aquellas porciones de la ciencia y la cultura que sean significativamente trascendentales para sus vidas. Una educación que tuerza destinos en lugar de reforzarlos, que desnaturalice desigualdades en lugar de cristalizarlas.

Calidad educativa, siguiendo con la lógica presentada, es justicia educativa. Es enseñar saberes fundamentales, especialmente a aquellos que parten de condiciones socio-económicas desfavorables, para que sean, en palabras del sociólogo Francois Dubet “capaces de actuar” (Dubet, 2005). No se trata de formar determinadas competencias laborales para adaptarse a los mercados, sino de crear fortalezas en los sujetos, de habilitarles caminos para transformar sus vidas e integrarse a un mundo incierto, cambiante y multicultural. 

Finalmente, me interesa volver sobre la pregunta que disparó estas breves líneas para realizar una última reflexión. Nos preguntábamos si es posible compatibilizar calidad e inclusión en materia educativa. Debe advertirse que del desarrollo presentado se desprende una idea que vale la pena aclarar: no sólo aspiro a que sea posible, planteo además que es deseable que así sea. 

Es deseable que una sociedad pretenda acabar con las desigualdades, porque ellas traen sufrimiento, no sólo al individuo, sino al conjunto. Las desigualdades se llevan puestos a los pueblos que las ignoran o las invisibilizan. Las desigualdades arrasan con todo vestigio de convivencia democrática, castigan a los que menos tienen, pero también se vuelven contra quienes las provocan. Son un boomerang porque minan de hostilidades la vida colectiva, nos vuelven a unos contra otros, nos deshumanizan. 

Es necesario que como sociedad tengamos claro esto, es posible y deseable transitar hacia una educación que incorpore a todos y a la vez les ofrezca la posibilidad de soñar con un proyecto de vida digno. La lógica meritocrática nos ha hecho creer que cada uno obtiene lo que se merece, según el propio esfuerzo. Durante mucho tiempo nos convencieron de que éramos “exitosos” o “fracasados” por propia elección y decisión. 

Contrariamente a la idea del mérito, una educación inclusiva reposa sobre otro concepto interesante: el de solidaridad. Es la forma del contrato social en la cual los individuos actúan y se comprometen con otros para producir mecanismos de cohesión y de regulación que los mantienen unidos. 

No es utopía, repito, es justicia educativa.

(*) La autora es profesora en Ciencias de la Educación, egresada de la Universidad Nacional del Centro. Se ha desempeñado como formadora de nivel Superior y capacitadora de la Dirección General de Cultura y Educación. Actualmente tiene a cargo la vicedirección del Instituto Superior de Formación Docente Nº 167