La Ciudad

Josefina Anaya

Rural y urbana

11|09|19 10:37 hs.

Por Fernando Catalano

No se necesita una cualidad extraordinaria para ser excepcional en la actividad que uno realiza a diario. Dedicación, compromiso y vocación podrían ser sinónimos de quien no sólo cumple con sus objetivos sino que hasta podrían ser también de aquellos que logran salirse del molde, de los que no se conforman y de los que van por más. 

Es un tractorcito. Arranca desde bien temprano en la mañana y desde su casa cubre unos 60 kilómetros hasta llegar a la Escuela Nº 32 Paula Albarracín de Sarmiento, del paraje La Sortija, donde cumple funciones como directora y docente de una sala de pluriaño. Atravesando el mediodía su actividad ya la encuentra como maestra de grado en la Escuela Nº 16, donde con un cargo provisorio también cumple con la función de enseñar. 



Después de su horario de trabajo, y como tantas otras madres, también lleva a su hija Pilar, de 9 años de edad, a las actividades extraescolares. Y además se hace tiempo para planificar las clases que vienen en cada una de las dos instituciones, practicar danza folclórica y sobre todo para llevar adelante su rol de madre y esposa. 



Josefina Anaya hace 12 años que ejerce como docente, una profesión que abrazó desde niña. En su Lin Calel natal fue la hermana mayor de todos sus hermanos con quienes practicó la enseñanza, pero también fue profesora de catecismo a los 18 años, actividad con la cual tuvo sus primeros ensayos de la profesión que estaba decidida a abrazar desde pequeña. Años después llegó al Instituto Superior de Formación Docente y Técnica Nº 167.

Lugar para leer 
“Una maestra rural y urbana tiene que leer mucho, tiene que hacerse lugar para leer y tiene que permitirse aprender todos los días, del otro, de lo que lee, y de su misma experiencia”, piensa Josefina. 

“Una maestra rural y urbana tiene que leer mucho, tiene que hacerse lugar para leer y tiene que permitirse aprender todos los días, del otro, de lo que lee, y de su misma experiencia”, piensa Josefina.  


“Me levanto a las seis menos cuarto, ya tengo todo listo del día anterior. Tengo preparados los dos maletines porque trabajo en dos turnos. Salimos a las siete menos diez y a veces llevamos a los profesores de educación física, inglés y artística”, repasó Josefina que junto a una docente del JIRIM de La Sortija comparten los viajes diarios, poniendo intercaladamente su auto durante diez días hábiles cada una. 

Diez minutos antes de las 8 llegan a la escuelita rural del solitario paraje, y después de cubrir su jornada de trabajo allí regresan a Tres Arroyos. Cinco minutos antes de las 13 debe estar en la Escuela Nº 16, donde como a cada compañera una vez a la semana le toca estar en la puerta para recibir a los alumnos. 

El paso entre una escuela y la otra lo atraviesa con una viandita o una manzana que puede llegar a comer en el primer recreo de la institución de calle Falucho. 

“Después a las 5 salgo y tengo que llevar a mi hija que tiene inglés, tenis y a las siete y media de la tarde me vuelvo a sentar con la computadora para hacer cosas y planificar”, contó Josefina que cuando puede toma también las capacitaciones virtuales que “el Estado manda desde hace dos años”. 

Desde casa 
Como en la escuela rural de La Sortija no tiene Internet, aunque sí cuentan con el equipamiento dispuesto por Educación de la provincia, debe hacer en su casa todas las tareas administrativas correspondientes a su actividad como directora de ese establecimiento, detalle que la sostiene ligada aún fuera de la institución rural, con su actividad. 

“Ahí mi marido plancha, cocina”, dijo por Carlos Olivera. Y agrega: “El me manda como mensaje que tendió la ropa, para que yo la destienda a las 5, porque a veces ni miro a la ventana para ver si está tendida la ropa”, contó sonriendo y al pasar como un ejemplo de los que deben abundar en el mundo docente de nuestro distrito. 

El entusiasmo 
El día intenso de Josefina se repite todos los días del año escolar. Quizá el carácter extraordinario de su paso por dos tipos de aulas en cada jornada esté precisamente en una característica humana que la hace particular. Su entusiasmo genera que entre sus pares y sobre todo padres y alumnos, la señalen como una buena docente. 


Junto a sus seis alumnos de La Sortija. Son llevados por sus padres a la escuela, desde 8, 15 y hasta 30 kilómetros de distancia


A través de sus frescos años de experiencia, reconoce que lleva cargada su mochila de experiencia con el “cariño de los chicos” que la tienen presente en la fecha de su cumpleaños, para el Día del Maestro, o simplemente cuando la recuerdan, o cuando la saludan por la calle cuando la ven. 


Rural y urbana. Cumplir con su función de enseñar, complementa la experiencia de Josefina como formadora


“Pero también se acuerdan de lo que uno les enseñó. Si veo que un chico está complicado con un tema, se lo sigo explicando, le busco otras estrategias. Busco que los alumnos estén contentos, y por eso vengo contenta y no falto”, dijo muy segura y con una sonrisa en su rostro después de haber respondido que “si”, cuando se le preguntó por si lograba su objetivo con sus alumnos.  


“Pero también se acuerdan de lo que uno les enseñó. Si veo que un chico está complicado con un tema, se lo sigo explicando, le busco otras estrategias. Busco que los alumnos estén contentos, y por eso vengo contenta y no falto”, confió Josefina