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Opinión

Por Juan Francisco Risso

El famoso sentido común

28|04|19 11:24 hs.

Escribe Juan Francisco Risso

Hace unos años ya se presentó en Tres Arroyos el famoso tratadista Mosset Iturraspe. Especialista en derecho de daños, a esa altura llevaba publicados unos setenta libros, o algo así. 

Los procesadores de texto ya eran viejos, pero este hombre -ya mayor- escribía a máquina. A máquina, Olivetti, Remington. El procesador lo tenía en la cabeza: “…porque cuando me siento a escribir ya se lo que voy a escribir”. Y agregó que por veces se le hinchaban los dedos de tanto apilarse sobre el teclado y darle y darle. Las viejas máquinas de escribir son de tracción a sangre: funcionan por la fuerza humana. Un policía de antaño sabía si algo había sido escrito por un hombre o mujer. Dependía de la fuerza con que los tipos habían golpeado la hoja para estampar la letra. En mis comienzos yo escribía a mano, tachaba, interlineaba, y finalmente una colaboradora la tipeaba. Prolija y sin faltas, cualidades olvidadas. 

Ya irán intuyendo que el disertante era un hombre culto -amén de gracioso y divertido- y mezclaba los temas de daños con un montón de cosas interesantes. El gran salón estaba lleno, había un encargado de sonido. Y un parrillero aguardándonos en la Asociación de Abogados. 

Sus interesantes digresiones llegaron a su climax cuando señaló que en Inglaterra los jueces no eran abogados. No sé cuántos pares de ojos se abrieron desmesuradamente en la tribuna. La primera pregunta fue... por qué. El disertante –recuerdo- se tornó pensativo, y contestó algo así: “A los abogados no los quieren porque dicen que tienden a enredar las cosas”. Cuando dijo “enredar” hizo unos ademanes con ambas manos, como armando una madeja. ¿Y quién era juez, entonces? “Es un hombre que, por alguna razón, entiende de derecho”. Yo imaginé (o él lo dijo) algún funcionario de la justicia, de carrera. El que fuese, bastaba que supiera su trabajo. (Allí, Laurita Alonso hubiese mejorado un ápice su reputación). Pero vamos al televisor, al canal de noticias que usted quiera. 

El disertante –recuerdo- se tornó pensativo, y contestó algo así: “A los abogados no los quieren porque dicen que tienden a enredar las cosas”


La absolución del médico Lino Villar Cataldo la dictó un jurado, gente ajena al Derecho. El ex acusado cree ver su buena estrella en el sentido común del hombre de la calle, por oposición al especialista diplomado en Derecho Penal. Que -imagino que él imagina- hubiese tendido a enredar las cosas. Para mal. 

Yo mismo quizá las hubiese enredado. A mi ver, se dejó de lado la figura del “error de derecho invencible”. El primer caso que conocí acaeció en Mar del Plata. Unos pibes en bicicleta se allegaron a una ferretería, entraron y amenazaron al dueño. El revólver atado con alambre. Y el dueño: hombre de personalidad psicopática (que le jugó a favor), buen tirador y revólver a la cintura. Para ser breves, mató a ambos. 

La sentencia señaló que en el evento la legítima defensa “no era necesaria”. Ergo, no se aplicaba. Pero, aún equivocado, el acusado pudo haber creído que le asistía el derecho a desarrollar esa defensa. Que la ley le amparaba para intentarla. No era descabellado que pudiese equivocarse. Y no podía informarse acabadamente, a la velocidad en que se desarrollaban las cosas. Abreviando, el tribunal lo entendió así, y salió libre. Casi un floreo, una filigrana del derecho, porque si a un tipo encañonado no le asiste la legítima defensa… pero fue error de derecho invencible. Con igual resultado. 

En estos casos se aplica el art. 34 inc. 1° del código, normalmente usado para diferenciar al loquito que realmente no entiende del psicópata que… entiende. Es un artículo largo; les transcribo algo que encontré, sobre la parte pertinente: 

“El articulo artículo 34, inciso 1º del Código Penal Argentino declara que no son punibles “…el que no haya podido en el momento del hecho, ya sea por insuficiencia de sus facultades, por alteraciones morbosas de las mismas, o por su estado de inconsciencia, error o ignorancia de hecho no imputables comprender la criminalidad del acto o dirigir sus acciones”. El error al que hace referencia este artículo tiene una función eliminatoria, pues declama la no punibilidad de aquellas personas que desconozcan la naturaleza de la criminalidad del acto.” 

Otro caso creo verlo en una de esas matanzas estudiantiles de Estados Unidos. Un estudiante amenaza a todo el curso con una pistola, al parecer de grueso calibre. Al entrar un policía el muchacho lo encañona. El policía lo mata. 

Y bien, las réplicas de aire comprimido tienen, por ley, la boca de color plateado. Un policía debe saberlo. Pero el muchacho la pintó de negro. Ahí, el error fue invencible. Y el policía interpretó -razonablemente- que le asistía el derecho a ejercer su propia defensa. La “verdad verdadera” era que tal defensa era innecesaria, y -en nuestra legislación- quizá no habría legítima defensa, y, por extensión, tampoco exceso en la defensa. Yo mismo llevo un balín en un brazo desde hace un montón de años. Pongamos entonces que fue un error, pero que en esas circunstancias el error era invencible; mal podía requerirle el arma y examinarla. 

La aplicación de este beneficio requiere -se ha dicho- de tres o cuatro condiciones básicas. Le cuento una: que no sea un individuo “refractario al derecho”. No puede ir por la vida imponiendo su propia ley e ignorando adrede las leyes de su país, digamos. 

Y esto no formó parte de la tarea que se le encomendara al jurado del caso Villar ¿ve que los abogados enredamos todo? 

Pero yo pienso que Villar Cataldo pudo haber armado una segunda línea: “Si no creen que lo mío fue legítima defensa, al menos creerán que mi equivocación era totalmente excusable, ¿no?” . 


Juan Francisco Risso