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Nubes dispersas

Carta de Lectores

Escribe Jorge González

Entre clanes y sectas, la verdadera grieta: la social

12|02|19 12:03 hs.

Algunos sabios líderes argentinos, tras largos desencuentros, supieron sacar las conclusiones de nuestra historia, y en lugar de seguir cavando grietas se dedicaron a construir puentes. Pienso, por ejemplo, en el abrazo histórico entre Perón y Balbín. Sin embargo, como si no fuésemos capaces de aprovechar esa lección de grandeza, nuevamente parecemos volver a las andadas. Hoy las actitudes ante los problemas aparecen marcadas por una forma de hacer política que más que dividir a la sociedad a través de la tan mentada grieta, la incita a una adhesión, a una postura grupal predeterminada, cerrada a escuchar otros argumentos y predispuesta a descalificarlos de antemano. Nos mostramos divididos en parcialidades, cada una de las cuales se cree dueña de la verdad y rechaza, “por principio”, cualquier opinión que provenga de “afuera” del grupo propio, tienen un comportamiento de clan, de tribu cerrada, y con los clanes o sectas no hay intercambio de ideas, ni debate, ni búsqueda de opiniones, mucho menos soluciones comunes. 


La conducción, conviene recordarlo, es el arte de guiar a los diferentes, a partir del debate y el convencimiento en un proyecto. En las sectas y en los clanes, no hay conducción, sino un sistema de obediencia, que excluye a los demás y cava una profunda divisoria en el terreno que debería ser común. Como si no hubiésemos aprendido nada de nuestra historia, nuestra dirigencia política recurre a este sistema y lo fomenta, con la mirada puesta en los resultados que pueda lograr electoralmente. Y más grave aún es que esa manera de hacer política ahonda los antagonismos y desvía la atención de la verdadera grieta y fragmentación que sufrimos que es, la social. 

Una fragmentación social que, sin duda, no surgió de la noche a la mañana ni es responsabilidad exclusiva de los actuales gobernantes. Las condiciones de pobreza y hasta de indigencia de familias no sólo las están condenando hoy a la miseria y la exclusión, sino a una terrible falta de horizonte. Cuando para un niño o un adolescente la perspectiva más “redituable” no es educarse, trabajar y construir una familia, sino convertirse en “soldadito” de los narcos, como ya está ocurriendo en más de un barrio, estamos destruyendo nuestro futuro. Hoy nos vemos en la necesidad de proteger a nuestra población de uno de los flagelos más antiguos de la humanidad: el hambre. Informes de las Naciones Unidas alertan sobre su aumento en todo el mundo como resultado de las guerras y los desplazamientos masivos de refugiados. Pero en la Argentina, donde no padecemos esos conflictos bélicos, resulta todavía más inadmisible que el hambre y la desnutrición se estén convirtiendo, casi, en un dato antropológico más de nuestra sociedad. 

¿Cómo es posible que un país capaz de producir alimentos para diez veces su población, como es el nuestro, no garantice el acceso de todos sus habitantes a este derecho humano esencial? Estamos hablando del derecho más elemental a la vida, sin el cual todo lo demás resulta letra muerta. Ninguno de estos y otros gravísimos problemas de nuestra “grieta” social se resuelve con “relatos” polarizados, ni con marketing electoral, ni con “sondeos de opinión”. Requieren de política, en el estricto sentido de la palabra: medidas serias y responsables, integradas en un proyecto orientado a resolver las necesidades de la población y al desarrollo del país, gobierne quien gobierne en los próximos 20, 30 años. Para eso es necesario un gran acuerdo nacional de todo el arco político, el que más allá de mis deseos, me cuesta creer que sea posible. Pero si confío en que la gente, en algún momento, pegue el portazo y salga de ese razonamiento sectario en que está atrapada, para recuperar su libre y no inducido pensamiento, y así desmoronar ese nefasto sistema de hacer política basado en el dividir hasta alcanzar el odio con el que piensa distinto, para pasar a escucharnos, respetarnos, cediendo un poco cada una de las partes, sin dejar de lado sus ideales, aceptando que el pensar distinto no debe ser un impedimento para ir tras un mismo objetivo, que no debe ser otro que el de un mejor país para todos, un objetivo que nos debe unir y no dividir. Después, cuando llegue el momento de votar a quien conduce, cada espacio presentara sus propuestas y el soberano elegirá. 

Si así no lo hiciéramos, que Dios y la Patria nos demanden. 

 Jorge González