116 años junto a cada tresarroyense

ST 9. 5°
Despejado

Opinión

Por Juan Francisco Risso

Banegas

27|01|19 11:50 hs.

“Para vivir como vives / mejor no morir de viejo”


Si evoco a Banegas comienzo imaginando un gran charco de agua marrón en mitad de la noche. Pongamos: un camino rural, de tierra –hecha barro por la lluvia-, y ese charco marrón. Allí colocaré luego a Banegas, boca abajo. Inmóvil. Y una botella al alcance de su mano. Hace más de sesenta años que así lo evoco.

Mi padre era un patrón de estancia muy particular. Los peones le llamaban Luisito, como convenía al hijo de don Luis. Nunca “patrón”. Pero, dicho en términos actuales, mi padre podía quitarse el chip de amigo de todos y colocarse el de patrón, cuando la circunstancia lo ameritaba. Y un par de veces debió “calzarse” el revólver en forma preventiva, para arreglar alguna cosilla con un peón. Uso el verbo que él usaba. Era un Smith Wesson del .32, pasable para una época de calibres chicos. Hoy no confiaría en algo así para enfrentar a un peón que lleva su mano a la cintura. 

Habrá tenido su chip de patrón cuando le planteó sus condiciones de trabajo a Banegas. Otro chacarero lo había señalado como muy buen domador. “Pero muy borracho”, agregó meneando la cabeza. El mismo chacarero –creo recordar- le planteó la solución: arregle que le paga al final. Era yo muy niño. Pero escuchaba. 

El boliche más cercano perteneció antes a El Cholo Baracco y luego a “Cabeza” Justel, frente a la Estación Ochandio. Almacén, despacho de bebidas y mesas de juego a la vista de todos. El pago de la apuesta debía materializarse en mercaderías. Recuerdo a mi padre que –en noches afortunadas- comenzaba cobrando una bolsa de mandados, y continuaba llenándola con otros artículos, todos ganados al truco. Recuerdo las latas de duraznos al natural dentro de la bolsa y su insoportable aliento a Cinzano. Ese fue mi primer jardín de infantes. 

Nadie salía fresco de allí.  

Al anochecer, en los años cincuenta, un criollo sólo tenía el boliche. El farol Petromax podía ser algo atractivo para los insectos, pero no para un cristiano.

(Unos cuantos, desmotivados en grado absoluto, se suicidaron. Los caños de la escopeta en la boca. O estricnina. Hablo de lo que vi. Don Atahualpa pinta esas vidas mejor que yo). 

De modo que era cuestión de ensillar y allegarse al palenque del boliche de Cabeza. Que en esa época sería aún de El Cholo Baracco. Y acodarse en el mostrador. 

-Qué vaz a tomar, Juan Franzizco –ese era Fernando Terrén, nuestro capataz. 
 -Ehh… una Bilz. 

 Bajito, la falta de algunos dientes no lo ayudaba en su ceceo. Los que aún conservaba eran marrones, del tono marrón más subido. Esos criollos viejos suelen parecerse a San Martín en sus años altos. Se reía como mordiendo la lengua, y dejando salir el aire por los huecos de la dentadura. 

 -Y para mí una caña –completaba.  

Al instante el patrón colocaba ambas bebidas sobre el mostrador, sin interrumpir su charla con otros parroquianos. La insolvencia absoluta no le impedía a Banegas ensillar su lobuno para atarlo luego en el palenque del boliche, junto a otros caballos de otros parroquianos, a tres leguas de nuestro campo. Pero, sin haberlo visto, siempre he sentido lástima de él, en medio de naipes, copas y algarabía. Lo imagino ante una mesa de juego, pero no en el sitial del jugador. De pato. De mero observador. También puedo imaginar algún alma caritativa ordenando al patrón…

…y sírvale al hombre, acá… 

Pero no había otra solución para que el hombre siguiera con su vida, por así llamarla. Nunca escuché a mi padre quejas por su trabajo. Tampoco le adelantó dinero. 

La noche del gran charco marrón los caminos estaban intransitables. No para un jinete, claro. Pero el auto estaba atascado. 

¿Por qué estaba aquel auto allí? Buena pregunta. Porque la muerte sabe jugar sus cartas.

En el asiento del acompañante una madre llevaba a su hijito con fiebre.

Ahora imaginen ustedes a Banegas sofrenando su lobuno a la par. 

Del lado del caballo el lazo se ata a la cincha. Del otro lado lo habrán atado al paragolpes del auto, o mejor a los gemelos del elástico. 

El conductor pone en marcha el motor. Banegas hace avanzar su montura hasta templar el lazo. Ahora echa el torso hacia adelante, chasquea la lengua y talonea el caballo. Le toca el anca con el rebenque. El auto brama y echa vapor por debajo. Mueven. Las patas del lobuno se hunden, buscando apoyo. El conductor hace sonar la bocina. Misión cumplida. En mi fantasía imagino un Ford 34, con llantas de rayos pero motor V8. 

El momento fue cuando el hombre se apeó del auto y metió la mano al bolsillo. Allí la muerte también se bajó del auto y se le enancó a Banegas. Nadie trata de entender a la muerte ni a sus motivos. Sólo a sus prolegómenos. 

Viejas ventanas iluminadas. Algarabía, risas que comienzan a escucharse conforme uno se acerca. Palenque, autos, camionetas, tractores. Era también almacén, he dicho. Banegas comenzó esa noche como cliente de la sección almacén. Y compró por botella. Dos. Sabia cuenta que fue sacando al calor que los billetes daban en el bolsillo de su bombacha bataraza. 

De la primera botella dio cuenta allí mismo, en aquel mundillo donde se entremezclaban animadamente patrones y peones. La segunda la traía en la mano. Descorchada y empezada, claro. Así estaba en el charco. El lobuno, que vendría al paso, siguió por su huella y quedó frente a la tranquera, echando vapor por los ollares. Esperando. La búsqueda fue muy corta. 

En esos días tenía mi padre un invitado médico de profesión. “Hipotermia”, dictaminó. Y agregó que –de haber seguido tomando- se habría salvado de la muerte por hipotermia. 

La autoridad policial estaba encarnada por un señor morocho, picado de viruela. Los patrones solían darle colaboraciones en metálico diciendo “para la cooperadora policial”. Todo era unipersonal, en rigor de verdad. La donación iba al bolsillo del astroso uniforme. Ahora esa autoridad realizaba el inventario de los bienes del difunto. Fue comenzar la diligencia y vislumbrar las botas acordeón, gala del finado Banegas. La autoridad se quitó su propia bota, se calzó una de aquellas y pateó sobre el piso. 

-Son de mi medida –dijo mirando a mi padre, que habrá hecho un gesto de quitar importancia al asunto. Allí la diligencia perdió su formalidad, y se habrán repartido bien pronto las pocas pertenencias disponibles, dejándose sin efecto el inventario ipso facto. Ninguna ley exige tener patrimonio. Algunos autores piensan que sí, que toda persona debe tenerlo. Pero agregan que es como una bolsa, que puede estar llena o vacía. Un atributo de la personalidad. Como fuese, la coincidencia en el número de aquellas botas acordeón determinó que el patrimonio de Banegas, exiguo de por sí, fuese una mera especulación jurídica, carente de contenido material. Y nadie labra un acta por nada. 

En cuanto a la muerte, bien hizo en soltar a aquel niño y llevarse a Banegas, que era buen domador, sí, pero que no tenía para quién trabajar. Estos criollos solían ser célibes. O poco menos. 

Era solo. Así se dice en el campo. Y así, solo, se deslizó sobre el recado, lentamente, para volver a la madre tierra en mitad de la noche. 

Por Juan Francisco Risso