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Opinión

Adolescencia y alcohol

Tomar todo…

30|09|18 20:31 hs.

Por Floreal Gramajo (*)


Tomar hasta perder la conciencia, caerse, vomitar, intoxicarse. Pareciera que para los adolescentes se vuelve necesario dar el salto exploratorio, sentir el cosquilleo de lo desconocido, un “ensayar en mí mismo”. El alcohol no hace diferencias de clase, ni de género y se hace cada vez más visible el consumo de niños jóvenes. 

¿Por qué el joven toma de un modo tan compulsivo? ¿Será que intentan inscribirse en el paradigma “de la cultura alcohólica” transmitido por los adultos y el impulso consumista? 

En ocasiones, es la casa de los padres el lugar elegido. Se trata de experimentar, de acumular mucha cantidad de alcohol. Tomar casi siempre con otros, cuando no está la madre o el padre, o algún adulto. La ecuación parece repetirse: padres pobres o padres profesionales, con hábitos ilustrados y vida culta, padres obreros o desempleados, hijos a los empujones con la época, proclives a “tomarse” la casa por asalto. 

Pareciera que el alcohol no hace diferencias de clases sociales, ni de géneros. La "previa" ocupa un lugar cada vez mayor en las salidas de los adolescentes. Ese momento anterior a la fiesta se ha transformado en un requisito sin el cual no hay plan posible, pudiendo incluso sustituirlo. 

Tal vez no exista ningún momento en la vida en el que la relación con el otro, plantee más problemas que en la adolescencia. El alcohol intentaría sortear tal dificultad


Los ejemplos de los jóvenes que se desvanecen consumiendo ilimitadamente, y que no pasan de la previa, bastan para indicarlo. También conocemos desenlaces complejos, con internaciones hospitalarias y otros que han terminado en violencia. El mandato de la moda dice, que al boliche hay que ir "entonado" para divertirse más y encarar sin inhibiciones.
La previa sería entonces una suerte de preparativo para un supuesto encuentro erótico. 

¿Por qué el joven toma de un modo tan desaforado? Hace poco una niña de 12 años, relataba su primera experiencia etílica: “Tomaba rápido porque no me gustaba lo que bebía. Entonces, me apuraba para no sentirle el gusto”. 

Su mamá la tuvo que retirar de una casa durante la celebración en la semana de la Primavera, porque se tomó todo y de todo en el corto viaje del trencito de la alegría, que iba desde la” previa” al boliche. Su madre, todavía recuerda el susto por el llamado a la madrugada. Y también la vergüenza y preocupación por retirar a su hija en estado catatónico. 

Entonces…,¿ diversión e intoxicación estarían asociadas? Un imperativo prevalece: “hay que divertirse, hay que desinhibirse, hay que intoxicarse para pasarla mejor”. 

Pareciera que están regidos por mandatos que promueven el exceso ligado al abuso en la ingesta. Dicha sujeción a lo que "se debe hacer previamente" pone en cuestión la ilusión de libertad que acompaña la falta de límites. El imperativo se vuelca hacia un presente sin espera: se debe gozar. Por eso un signo de estos tiempos sería la imposición de un goce desregulado. Encontramos sus mandatos en esas ofertas que acechan, proponiendo goces intensos y aún no experimentados. 

¿Y ese imperativo no está atravesado por sentimientos de culpa? Pareciera que el sujeto ya no se siente culpable por el deseo inconsciente que ha debido reprimir, sino por no gozar lo suficiente. La culpa por gozar -pese a la prohibición-, muda su lugar por la culpa por gozar demasiado poco. 

Se sostiene que la adolescencia actual se caracteriza por la falta de límites y por un descaro que causa estupor en el adulto. Sin embargo, si se requiere mucho tóxico como preámbulo, hay más bien una inhibición en la base. Ir al boliche sin tanta previa implica confrontarse con los recursos reales de los que se dispone para abordar al otro o al mismo sexo. 

Esta confrontación no es sencilla, sobre todo en la adolescencia, ya que está mucho más expuesto a la mirada de los otros, a la supuesta evaluación, a la consideración ajena. Tal vez no exista ningún momento en la vida en el que la relación con el otro, plantee más problemas que en la adolescencia. El alcohol intentaría sortear tal dificultad, mostrando la falta de otros recursos, falta muy agravada en el mundo actual. 

El afán de encontrar una identidad, que marque la pertenencia a una clase de los que supuestamente gozan de la misma manera, obedece a la gran incertidumbre que vive el sujeto de nuestros días. Lo dominante hoy se compone de incertidumbre, inestabilidad, inseguridad y vulnerabilidad. La caída de las grandes certezas promovió la desaparición de puntos fijos en los que situar la confianza. 

Cuando se evapora la confianza en uno mismo, en los otros y en la comunidad, los sujetos buscan un reaseguro en las llamadas comunidades de goce. El vodka, la cerveza , el fernet cae todo junto,en sus bocas a ritmo de un flash, de zapping, de diez clicks por minuto. Sensación de montaña rusa, exceso de adrenalina y el mundo en una botella. 

¿Será que el modo del alcohol en los adolescentes se inscribe al modo de la trama de los genuinos Nativos Digitales, los de las máquinas digitales, de arrastre de dedo o de puro touch y sin perilla de encendido? No porque lo digital requiera de bebida, sino porque el brebaje es otro: de vaciamiento, de ansiedad al “palo”. No hay espera, no hay pausa. Los adolescentes, que nunca esperan, ahora esperan menos. La cerveza, el fernet , el vodka ,es la tabla de surf que los deja en la playa y al sol por un rato. Sólo por un rato. Quietos, a veces rígidos por el alcohol, hasta entrar en coma. 

Habría que proponerle que cuestione su relación con la satisfacción, que puede provocar el alcohol u otra substancia. Simplemente para que tenga la posibilidad de elegir cómo decide vivir su vida


Un imperativo recorre nuestra época: gozar y gozar más. Esa bandera envuelve especialmente a los jóvenes. Si bien las modalidades de consumo son particulares, es decir, comunes a un conjunto determinado, en el caso de una adicción la propuesta de su tratamiento no es compatible con un programa estandarizado para tales consumidores de tales o cuales drogas.

La práctica señala un modo muy diferente. No hay una respuesta "para todos" por igual. En primer lugar, por un principio freudiano de rigor: la causa de la adicción no es la droga. El agente no es el narcótico, sino la satisfacción paradójica que una adicción viene a suplir (Freud, 1897). 

Sin duda, también están en juego las sustancias en sus distintas variaciones. No hay "la droga", sino que las hay muy diversas y modalidades de consumo también diversas según el ritual, las "juntas", el contexto social. Aspectos que inciden en lo real del cuerpo. En tal sentido, el uso mismo de determinadas drogas, por la variabilidad de sus efectos -sea marihuana, cocaína, éxtasis, pasta base, paco, inhalantes, psicofármacos, alcohol y sus más variadas combinaciones-, ya es índice de una particular modalidad de satisfacción, así como también lo es el modo de consumo: la dosis, la frecuencia y la vía, es decir el ritual. 

Eso que Freud llamó, en 1897, el "hábito". Un hábito que en la adicción se asume compulsivamente. Habría que ubicar una vía, para que el adolescente no continúe en el intento de adormecer el sufrimiento, sino despertarlo. Es un movimiento distinto al de los intentos anónimos o de fortalecimiento de la voluntad. No se trata que el sujeto se identifique con el hecho de ser un alcohólico. 

No se trata de convencerlo que es un alcohólico y que por lo tanto deberá cuidarse toda la vida. No se trata de convencerlo que la ingesta de alcohol es dañina o que la droga dañara sus neuronas. Se trata de despegar al sujeto de cualquier identificación que resultará alienante. Habría que proponerle, que cuestione su relación con la satisfacción, que puede provocar el alcohol u otra substancia. 

Simplemente para que tenga la posibilidad de elegir cómo decide vivir su vida. La solución no pasa por “tomar conciencia de la enfermedad”, ya que esto es engañoso. 

Como lo plantea Jacques Lacan, (Sem. 2, clase 18) la toma de conciencia “es tan solo una forma neutra y abstracta, del conjunto de los espejismos posibles”. 

Por lo tanto, la tarea es acompañar al sujeto Niño, hasta el punto que sea capaz de tomar sus propias decisiones. 

(*) El autor es psicoanalista