116 años junto a cada tresarroyense

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Opinión

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19|08|18 12:33 hs.

Escribe Juan Francisco Risso


Hace años ya, el empresario Juan Emilio Cao -mi amigo- apareció muerto en un camino. Por disparo de arma de fuego. 

 Por entonces un fiscal investigaba y otro iba al debate. El fiscal de investigación delegó el caso en su segundo, Romero Jardín, hoy fiscal en Bahía Blanca. Yo representaba a la familia de la víctima. Tiramos en yunta todo el tiempo. Objetivo: cerrar el círculo sobre el socio de Cao. Operación que también rozaba a la pareja de este último, con datos concretos, léase ADN, por ejemplo. 

 Armamos nuestro tinglado (como diría un español), pero -paralelamente- me entrevisté con el juez Oleaga. Siempre buscando la detención de la pareja. Allí pregunté al juez si alguna vez había estado preso. “No”, me respondió. Era –es- juez de Garantías. Decidía. Entonces le expliqué lo que siente una persona cuando le cierran la puerta metálica del lado de afuera. Y lo que haría por salir. Fui muy gráfico y elocuente, pero sin resultado. “Además la prisión preventiva no es para eso” me señaló. Lo cual es verdad. Pero yo pensaba en qué actitud tomaría la pareja del socio, a quien creíamos ajena, sola en su celda, meditando sobre su futuro y con datos que aportar.  

“Eso es una lucha contra el delito... de libro”, criticó el fiscal. Y agregó: “Dejá, no apelemos. Vamos a juntar más elementos, y volvemos a la carga”. 

 En el segundo intento, la cámara autorizó sólo la detención de Daniela, la pareja del socio. No la del socio. Tampoco logré eso yo solo, pero mi estrategia funcionó. En tres o cuatro días Daniela contó todo. Ella no había participado. Pero hay que estar en una celda, decía antes. Y que te cierren la puerta desde afuera. Y allí entramos en la recta final, que terminaría en perpetua. Los funcionarios que me rodeaban jamás habían estado en un calabozo. Romero Jardín, alguna vez, dentro de un celular, de joven. Yo recordaba e imaginaba. Recordaba sensaciones. 

 ¿Quién tenía razón: el juez o el fiscal? Sin mucho énfasis adherí a la postura del juez, pues la preventiva se da en dos casos perfectamente delimitados, aunque con interpretaciones variopintas. Hoy no sabría qué decir. 

 Hoy veo que -superando aquella idea mía por mucho- la preventiva se utiliza como moneda de cambio. Y… ¿quiere saber cómo cotiza? Cualquier penalista diferencia al preso ya acostumbrado, de aquel otro cliente que jamás estuvo preso, y lo está. Llama por teléfono todo el día, pide esto y aquello y ruega que lo saquen de allí. El 15 de agosto -creo- el periodista Biasatti dijo que Calcaterra hacía lo que hubiera que hacer con tal de no ser encarcelado. Justo lo vi. Ya ve usted cómo cotiza de alto y con qué velocidad circula esta moneda en el mercado cambiario. 

Compare, si quiere, con el “padre” Grassi: durante años recorrió todo el espinel de la Justicia. Pasó por Casación -mal, como siempre- y llegó incluso a la Corte, donde quedó en stand-by largo tiempo. Siempre en su casita. Recién cuando la Corte le cerró la última puerta, ahí agarró el colchón y encaró para la penitenciaría. Aunque siempre le tuve tirria (yo amaba a Luisito Farinello), siempre sostuve que en un estado de derecho era lo correcto. ¡Y los cargos que le probaron a Grassi! La coima era un chiste... 

 Pero aquí repito lo que dije al periodismo cuando condenaron al homicida de Cao: “Con un hombre muerto y otro condenado no puedo estar contento. Pero tengo la tranquilidad de que el juicio fue limpio”. Lo que pasa ahora en el país… no llego a entenderlo. Y si me pongo a estudiarlo en detalle, entenderé menos. Dicen que cuando la política entra por la puerta de Tribunales, la Justicia escapa por la ventana. Pero le repito que no entiendo. Tribunales cincuenta años sosteniendo algo, y del lunes al martes el tribunal lo aplica exactamente al revés. Pero siempre hay un voto en disidencia: la conciencia de la Justicia. Gracias por esos votos minoritarios y en disidencia. Allí quedan, porque no todo está perdido. Y para que se sepa quién es quién.