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Opinión

Literatura

El colchón de lana

22|07|18 17:32 hs.

Por Juan Francisco Risso


Ni en el siglo XX ni en este siglo XXI me puse como objetivo ser original. Ya ha corrido tanta -pero tanta- tinta por el río de la literatura, que consciente o inconscientemente siempre voy a escribir “a la manera de”. Agreguemos que tampoco soy literato, para redondear mis falencias y mis búsquedas de apoyo. 

De modo que hoy escribiré a la manera de Alejo Carpentier, en “Los Pasos Perdidos”. Aquella historia del tipo que funda una ciudad aislada de la civilización. Ahí está: pongamos que usted y yo la fundamos. Lejos de todo. Oculta. Poco a poco se va sumando gente, se ven cabras, cerdos, gallinas. Hombres y mujeres, obviamente. Y niños. Y niñas. Y ese embrión de urbe va tomando forma. Aquí un herrero que martilla afanosamente, allí el alfarero con sus cacharros, y hasta un homicida, para ir completando el cuadro. 

En efecto, por razones económicas, o de polleras, un habitante de la ciudad mata a otro. Mientras se llevan el cadáver y aprehenden al victimario usted me mira, yo lo miro, y nos avivamos que nunca redactamos un código penal. Tratándose de una ciudadela de habitantes pobres es indispensable. El código civil es para personas de capacidad económica más holgada. Pero las cárceles siempre están llenas de pobres. 

Vamos a redactarlo, venga, le digo. Empecemos por el homicidio simple. De la civilización recuerdo que era una figura dolosa. Usted busca entonces diez consejeros, y yo hago lo mismo. Para que haya cierta representatividad. Primer punto: un tipo que mata a otro intencionalmente ¿merece pena? Los diez suyos dicen que sí. Los míos lo mismo: merece pena. Este punto no merece dudas. Es un concepto cultural que nos abarca a todos. 

Segundo punto: ¿qué pena merece? Ahí se acabaron las coincidencias. Está el ama de casa que, escoba en mano, exige perpetua. Otro propone algo intermedio pero no muy bajo. Un tercero pasó un tiempo en prisión y sabe lo que es un –un- día de cárcel. Y propone una pena moderada en cuanto a su duración. Sonamos. Por la noche usted y yo, medio perdidos, tenemos una buena idea: propondremos tres opciones, y que voten los consejeros. Por decir: de 3 a 6 años; de 8 a 25 años y perpetua. Pero -he aquí el primer pero- con esto ya ingresamos en el coto de lo arbitrario. De lo que queremos porque… lo queremos así. Nos gusta así. A votar, vamos. Que levante la mano… 

Bueno, y ganan los de 8 a 25 años. Pero aquí la ciencia y la lógica quedan afuera. Quede claro: cada quien aplicó una evaluación personal utilizando el famoso ojo de buen cubero. Luego construimos un calabozo, invitamos al homicida a pasar, cerramos por fuera, y aquí paro con el relato de la ciudadela que usted y yo fundamos, a espaldas de la llamada civilización. Queda allí, no diga dónde. 

Ya retornados a nuestra anterior vida, descubrimos que, curiosamente, la civilización tiene los mismos problemas. Ahora mismo tiene sobre el tapete la despenalización del aborto. Los argumentos van y vienen como cuando dos chinos juegan al ping pong. Unos dicen que el feto ya tiene ojitos, otros que no se formó el sistema nervioso, etcétera. Lo sabemos de memoria.

Ahora bien ¿Cuándo comienza la vida de una persona? ¿Cuál ha sido el –llamémosle- concepto general? 

El anterior código decía que “desde la concepción en el seno materno” comienza la existencia de la persona. Cosa que los autoproclamados “pro-vida” restriegan por las narices a los otros. Máxime cuando el nuevo código lo replica casi textualmente. Pero… ¿será así realmente? 

A ver, pongamos que un señor solterón, mayorcito ya, tiene relaciones carnales con la muchacha que le atiende. Ella queda embarazada. Comprobadamente: ecografía, latidos, todo. A los siete meses del embarazo el señor muere. Ese feto tan vital, le hereda, obviamente. Pero a los ocho meses, ese feto tan vital deja de tener signos vitales. Muere. Dentro del útero. 

Y bien, si el feto ya había heredado al señor, ahora su madre hereda a su propio hijo. Que tenía vida “desde la concepción en el seno materno”.

Pero no es así. Mire bien el anterior código: “Art. 74. Si muriesen antes de estar completamente separados del seno materno, serán considerados como si no hubiesen existido”. Esto comenzó a regir en 1869. Pero aclaremos que Vélez Sarsfield venía tomando conceptos de juristas y codificadores que le precedían, de lo cual dejaba nota en el propio código. Entre ellos, Justiniano, que vivió hacia el año quinientos.

Ergo, ya con mucha anterioridad al viejo código, la idea reinante era que la vida era… el nacimiento con vida. Separado de la madre. Aunque eso dure un segundo. Y lo otro era una ficción, aunque con algún efecto práctico menor. Porque una madre gestando alguna vez ha pedido “alimentos” para el hijo aún no nacido. Encomillo porque por “alimentos” se entiende una serie de prestaciones que no son susceptibles de ser ingeridas. Pero no pasa de esas cosillas. Si la muchacha de servicio creía ser el último eslabón de una cadena de transmisiones hereditarias, pues se equivocó. Heredan los sobrinos del señor mayor. Ya le pidieron las llaves de la casa. 

A Vélez Sarsfield le aprobaron su código a libro cerrado. Pero el flamante Código Civil y Comercial fue objeto de discusiones e intercambios hasta agotar cada tema. Y dice lo mismo. Sólo cambió aquello del “seno materno”. En la era de la concepción “in vitro” sólo dice “desde la concepción”. Nada más. 

¿No está convencido? Pues entonces mire el código penal. Si al feto lo considerasen “persona”, su muerte (o pérdida de vitalidad que haga inviable el embarazo) estaría comprendida en la figura de homicidio. Pero no lo está. Existe –sí- la figura que castiga el aborto, bien distinta y autónoma. 

Y aquí vuelvo a la ciudad oculta, lejos de la civilización. Como los hombres de mi ejemplo, con el aborto -agotados los argumentos científicos- también habremos de entrar en el terreno de la arbitrariedad. De lo que nos parezca. 

La sociedad, a través de sus representantes, votará lo que crea mejor. Eso no es novedad. Sólo quería referirme al argumento de cuándo comienza la vida. Pero el debate es más amplio. Y aquí déjenme recordar a mi padre. Respecto de la vida intrauterina el hubiese dicho: “Al final… el colchón era sin lana”. Porque todo es muy lindo, pero si nace sin vida… fue. 

No estando ya entre nosotros mi amigo y maestro de armas, el Dr. Moreno Ruprecht, hoy el tirón de orejas me lo da otro amigo, Coco Galilea. Porque en cuestiones de aborto, nadie es indiferente. Lo estoy esperando.