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Opinión

Día de la Independencia

En 1816, ellos tenían razón…

09|07|18 11:02 hs.

Por Ernesto Martinchuk, periodista parlamentario

En estos momentos de nuestra historia, unir sobre lo fundamental es tarea de todos los argentinos y de legítima reivindicación, así como desunir por sutilezas ajenas a la conveniencia argentina. Para unir es preciso comprender. Para comprender es necesario conocer. Enseñar la comunidad de los intereses es practicar un sentimiento fundamental para la Argentina.

Olvidar el problema de los otros es traicionar nuestros propios problemas. La gangrena sube hasta la esperanza misma de una Argentina ya humillada por una pobreza sin dignidad. En este naufragio, el egoísmo sólo sirve para acrecentar y precipitar la catástrofe. 

Lo desunido y lo dual es característicamente argentino desde nuestros inicios. Moreno-Saavedra, Unitarios-Federales, Peronistas-Radicales, Azules-Colorados, River-Boca… Hoy como ayer, lo colectivo es una suma de individualidades, dispersas y enquistadas, cada una en su propio problema, supuesto, particular y no como realmente es: general y colectivo. 

Argentina no tiene voz genérica. Las voces públicas proclaman un optimismo renovado cada día, pero lo verdaderamente argentino esta encerrado en la mudez de la pobreza –espiritual y económica- de millones de compatriotas.

Lo argentino se debate en el cuchicheo que va de boca en boca, describiendo miserias humanas e insinuando desmayos de cierta clase dirigente. Lo argentino es tan fragmentario que sólo lo advierte el apaciguado de pasiones inmediatas y propias. 

En 1939, el prestigioso ensayista y filósofo español José Ortega y Gasset decía “¡Argentinos, a las cosas, a las cosas!”. Su elocuente frase era completada cuando señalaba con idéntica eficacia: “déjense de cuestiones previas personales, de suspicacias, de narcicismos. No presumen ustedes el brinco magnífico que daría este país el día que sus hombres se resuelvan de una vez, bravamente, a abrirse el pecho a las cosas, a ocuparse y preocuparse de ellas, directamente y sin más”. 

La desgracia argentina sigue siendo la venalidad, por ingenuidad o por mala fe, de la inteligencia con mando y de la inteligencia desocupada. La salvación de la Argentina es el acercamiento de la inteligencia a los problemas argentinos y su fidelidad hacia ellos.

La Argentina es un sentimiento, un estado del alma. Ser poroso para ese sentimiento y no impermeable es lo importante. Sostenía Scalabrini Ortíz: El simple hecho de nacer aquí, de padres argentinos es un acontecimiento de índole civil no trascendente. Hijos de extranjeros fueron Mariano Moreno, San Martín y Belgrano, ejecutores de la primera liberación americana del Río de la Plata. 

De lo que no se habla, es de cómo y cuándo se enfrentarán los problemas reales. El debate político sólo muestra de un lado a un sector que prefiere disimular las penurias para hacer de cuenta que no están, minimizarlas, como si eso sirviera para algo. 

Del otro lado existe, una oposición voraz, obsesionada con la idea de volver al poder, se ocupa de exhibir los problemas, hacerlos visibles, como si no fuesen partícipes necesarios de su gestación y vigencia, como si la historia, su accionar y posturas no los hiciera cómplices directos. 

Allá por el mes de julio de 1816, el Congreso de las Provincias Unidas del Río de la Plata, reunido en Tucumán, dio un manifiesto para hoy. Dice así: “Pueblos, Ejércitos, Ciudadanos: Por segunda vez os conjuramos. Dad una tregua en estos fatales momentos a vuestras disensiones y querellas y consagrad a la salud de la patria un silencio obsecuente que deje perceptibles y eficaces sus reclamos”. 

En 1816, ellos tenían razón. Si hoy, a 202 años de aquella referencia, estamos como estamos, la culpa ha sido de todos, de cada dirigente, funcionario, político, sindicalista, docente o ciudadano, porque las soluciones no asomarán y los problemas seguirán siendo parte de un paisaje cotidiano, que se incrementará progresivamente por la pasividad e inoperancia de todos sus protagonistas.