Los recuerdos y el sol que ingresa por la ventana iluminan el cuarto donde Jorge enumera historias

Sociales

Jorge Balbuena

Por el eco de su voz, no morirán jamás

10|07|22 08:56 hs.

Jorge Balbuena nació en 1938 en el barrio Corea. Vivió su primera infancia en el campo y llegó a la ciudad para empezar la escuela primaria. Profesor, escritor, amante de la buena música, comparte su enorme valija de anécdotas

Por Valentina Pereyra 
Fotos: Marianela Hut

Jorge Balbuena toma sol detrás de la ventana, sus relatos iluminan la habitación mientras que en otra parte de la casa, suena un bandoneón que le recuerda a su amigo Luis Cousseau. Detrás de la puerta, la que no tiene número, la última de la cuadra, pasa la calle San Lorenzo del 300 al 400. 

La familia Balbuena llegó a esa casa en 1946. La propiedad, de quince metros de frente, era de su bisabuela materna, necesitaba arreglos y urgente mantenimiento. Valentín, el papá de Jorge, y su tío, se pusieron al hombro la reconstrucción del nuevo hogar. Levantaron dos casas, pero nunca pudieron comprar el terreno de la esquina; sin dudas se convirtió en la figurita difícil. Martín Diez, su propietario, dijo ante la propuesta comercial: “Si es negocio para ustedes, es negocio para mí también” y se lo quedó. 

 Años después Jorge tomó revancha y lo compró. 

Durante su infancia, ese lote se convirtió en algo más que un pedazo de tierra con yuyos donde Don Bolognini, el fiambrero, hacía pastar al caballo que tiraba el charré de reparto. Fue la tierra prometida a la que accedieron gracias al trabajo del almacenero Domingo Pedone. Parece que el gringo entraba todas las noches con la excusa de buscar “pastito para las gallinas”, pero acarreaba ladrillos. El agujero que se hizo en el corralón de la esquina dio cuenta de ello. “Los chicos del barrio tomamos el terreno”. 



El único foco que colgaba sobre San Lorenzo y Azcuénaga se quemó durante una tormenta. Tiempo después, dejaría de iluminar por obra y gracia de las gomeras. La ocasión hace al ladrón y este fue el caso. “Se nos ocurrió aprovechar la oscuridad para asustar a las chicas. Hicimos un desparramo bárbaro de mujeres”. 

Pero como a ira de Dios, no hay casa fuerte, a mujeres asustadas, no hay lugar para esconderse. 

 Una tardecita, la calma barrial se interrumpió con el rechinar de las gomas de los autos del ‘47 de Policía. Las familias de las niñas los habían denunciado. “Nos llevaron adentro a todos y nos pararon en fila. A los diez años, estábamos muertos de miedo. Otro tipo nos acusó de romper los focos y robar monederos. El susto fue mayúsculo, y no podíamos defendernos. El comisario llamó a un cabo. Era un hombre como una puerta con unas manos como valija, y ahí nomás, nos encajó un cachetazo que todavía me chifla en el oído”. 

Los días que siguieron fueron muy silenciosos, no hubo chicos circulando en bicicletas, la de Jorge se fue meses al campo, ni griterío, o visitas al terreno, ni bolitas, nada. “Todos estuvimos en penitencia. Yo escribí en mi cuaderno mil veces: ‘No debo romper el foco de la esquina’”. 



 La vida en el campo 
Jorge nació en la casa de su madrina, en San Lorenzo 253 y su primera infancia la pasó en un campo sobre la Ruta 228, y antes en otro a 5 km de San Mayol. Fue justamente este nombre que lo condujo al gran escape de su vida. Tenía tres años y era una presa fácil para sus tíos que gustaban de hacer bromas inocentes. Durante una visita al campo de su abuelo, al lado del almacén “El Lucero” sobre la ruta que une Chaves a Necochea, tuvo el encontronazo con la gallega doña Manuela, una mujer que trabajaba en el lugar. 

Aprovechando que le costaba pronunciar el nombre del pueblo al que llamaba “San Mayola”, los tíos Anselmo y Polito empujaron a Jorge para que la corrigiera. La gallega se la juró. Aprovechó un viaje de su madre a Tres Arroyos y Jorge quedó a su cuidado. Le dijo que su mamá no volvería a buscarlo. “Me agarró la coqueluche de miedo a que no viniera más o a tener que quedarme con esa mujer”. 



Jorge salió al tranco hacia la tranquera, a la pasada levantó una argolla con una cadena y se fue para el lado del almacén de ‘Tabelli Hermanos’ donde trabajaba su tío Pepe. Sabía que allí le darían caramelos y la gallega no lo agarraría. La odisea duró varias horas, hasta que lo vio un hombre en villalonga y les indicó a sus padres por dónde corría. Lo encontraron cruzando a campo traviesa y no sin esfuerzo, lograron subirlo al Ford A del abuelo de vuelta a casa. 

 El barrio Corea 
Jorge volvió al barrio cuando tuvo que comenzar primer grado en la Escuela N°1. Con el tiempo supo el nombre que la comunidad le dio a ese sector de la ciudad. Lo llamaron Corea, en referencia a la guerra y por la temeridad de los personajes que vivieron allí. Uno de ellos, Macario Di Luca, lo inspiró para escribir una anécdota que formó parte de un concurso auspiciado por LA VOZ DEL PUEBLO con el que obtuvo el primer premio. 

Resulta que don Macario tenía en la esquina sur de Balcarce y Azcuénaga un despacho de bebidas y quilombo. “Hubo un año que cerraron los lugares oficiales en los que se pagaba por mujeres, sé de alguno que se gastó una estancia entre vino y las mujeres. De oídas sabíamos que las chicas pedían alojamiento en algún lugar y así nacían los cafisios”. Fue en esos tiempos que el tal Macario arremetió contra un comisario de apellido alemán que le ordenó cerrar el almacén. Cuenta la leyenda urbana que en la comisaría, el uniformado cacheteó a Macario y esa fue su sentencia. 





Cuando el comisario se apersonó nuevamente en el almacén, Macario levantó el arma y con un tiro certero lo pasó a mejor vida. 

“Macario escapó a pie, mientras los milicos le gritaban: ¡No nos mate don Macario! A poco andar se tomó el taxi más rasposo que había en ese momento y salieron para el Parque Cabañas. De repente, el auto se descompuso y Macario siguió solo para adentro del parque. Ahí lo agarraron”. 

Jorge presenció la reconstrucción del hecho que ordenó el juez de la causa. “Nadie me lo contó. Lo viví yo. Tuvieron que cortar el tránsito por el amontonamiento de gente. Cuando apareció el auto que traía a Macario, empezaron a corear su nombre y a su paso lo saludaban con sus pañuelos al aire”. 





Para los chicos del barrio, Di Luca era el candidato perfecto a la hora de vender rifas. Lo esperaban al mediodía en la esquina de San Lorenzo y Azcuénaga porque tenían prohibido acercarse a su despensa. “Nos daba un peso para repartir entre los que éramos, estábamos con Néstor Rodríguez que vivía a veinte metros de casa, los Bellocq, Enrique López y otros compañeros de la Escuela 1”. 

Los chicos del barrio, ajenos a cualquier movimiento inusual del barrio y, advertidos de que no podían frecuentar los almacenes con despacho de bebidas, se juntaban para jugar en la esquina del gallego Alejo Herrera que tenía almacén de despacho de bebidas. Le decían “Compás” porque se paraba en la esquina y para girar se apoyaba en una pierna. Otro lugar de encuentro era la bicicletería de Cogorno, por Azcuénaga. “Jugábamos a la bolita y en el terreno teníamos un buen refugio entre los pastizales”. 



 Tiempo de crecer 
Jorge estudió en la Escuela Técnica y se recibió en 1956. “No es por jactancioso, pero me fue bien, en la escuela primaria recibí la bandera de Pedrito Alonso con quien tomábamos todos los viernes el Pampa que salía a Necochea. Él bajaba en el cruce con Orense y yo en el de la Noria. En la secundaria, Carlos Quantín se turnaba conmigo la bandera, la mayoría de las veces me ganaba”. 

En cuarto año comenzó a trabajar como empleado de la oficina técnica de la fábrica Istilart. “Salía una menos cinco del colegio en bici, pasaba por la Cipriana, comía dos panqueques de dulce de leche y me iba a la fábrica treinta y cinco minutos después”. 

Durante una huelga de empleados metalúrgicos que duró 56 días, lo contrataron en la Escuela Técnica para hacer una suplencia al ingeniero Risso y al año siguiente le ofrecieron el cargo de preceptor y horas interinas. Dejó el trabajo en Istilart y ejerció la docencia por los siguientes 56 años. 

Hay palabras sueltas e hilvanadas en su libreta ayuda memoria, ninguna suficiente para contar esta historia.   




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La vecindad

Jorge hace una lista de vecinos y la lee. Luego de cada nombre aparece una historia. 

 “Estaba la casa de Tucci, a doña Dominga le teníamos terror, vivía sola y cuando salía al zaguán y hablaba, hacía un gesto con la boca que nos daba risa. Después la peluquería ‘La Sin Rival’ de don Lébano. Seguía Arroyo y su señora, maestra en Cascallares. Pirucha Allende vivía con sus padres, es la señora de Luisito Cousseau que vivía por Azcuénaga”. 



 “’El Picaflor’, una verdulería atendida por un hombre de melena medio cuadrada y escarbadientes en la oreja. Schiavone con la casa de repuestos; a mitad de San Lorenzo, la familia Lemos, luego Luis Risso, después mi madrina y pegado, don Enrique Di Salvi, Boliaci y Natalio Risso”. 

 Con más de ochenta años bien vividos, Jorge asume que necesita anotar para recordar. La verdad es que sólo cierra los ojos y habla. “Por Reconquista estaba el almacén de don Juan Baralle, por Azcuénaga la bicicletaría de Cogorno, Andrés Tano que tenía un Chevrolet ‘46 de alquiler y otro Tano en la primera cuadra de Azcuénaga, luego el pianista Francoise que tenía casa de instrumentos en calle Colón.



Al 200 de San Lorenzo vivía Andersen y cinco hijas mujeres, una es Inge. Enfrente Ricucho que arreglaba ollas y pavas. Sabina Sánchez tenía revistería, los Argona que eran canillitas, los Sorianos, sogueros, De Vries, don Juan Bellocq que tenía estancia en Indio Rico. Bety, la mayor de sus hijas, nos enseñaba a bailar. Después Meléndez que trabajaba en la fábrica de sulfuro de calcio y su hijo el Pipón, uno de los que fue conmigo a la Comisaría. Rivalta que trabajaba en La Previsión y Juan Cedré, tenía almacén y despacho de bebidas. Por Azcuénaga vivía Néstor Rodríguez, su padre Santiago, manejaba camiones. José María López, gerente de Casa Galli, Muller, Enriquito López, bicicletero”. 

Nadie muere mientras alguien lo recuerde. 




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