Lilia Tubía lleva adelante “Espacio multilingüe” (Fotos: Marianela Hut)

Sociales

Lilia Tubía reflexionó sobre cómo el rol del profesor

Sacar lo mejor del otro: el desafío de educar en pandemia

03|04|22 09:20 hs.

Si hay algo que quedó demostrado en pandemia es que ser educador implica mucho más que enseñar una materia. Se trata de compartir experiencias, conocimientos, emociones y ser un sostén de la otra persona, más en un tiempo que resultó muy triste y devastador para muchos. 


Además, un educador no solamente enseña y saca lo mejor de cada individuo, como etimológicamente lo indica la palabra, sino que también es alumno y aprendiz toda su vida. 

Quien compartió estas reflexiones con La Voz del Pueblo fue la traductora pública y profesora de lengua inglesa Lilia Tubía, que, a partir del primer lunes de confinamiento en 2020, migró todas sus clases a la virtualidad, sin perder el contacto ni una vez con sus alumnos y alumnas. 

Hoy cuenta con gran emoción cómo fueron sorteando las diferentes dificultades durante 2020 y 2021, que demandó de mucha energía para poder sostener el sistema sin interrupciones. Pero también se encuentra entusiasmada de poder tomar un respiro este año y de encarar la enseñanza desde un lugar de más compasión hacia el otro, estando atenta a todas las posibles secuelas que vayan apareciendo tras la pandemia. 


“Lo que permite aprender cualquier idioma es la libertad de pensamiento, en el sentido de que uno es un antes y un después cuando aprende una lengua”, aseguró Lilia (Fotos: Marianela Hut)


Crear puentes 
“Espacio multilingüe” tiene una extensa trayectoria en la ciudad de formación de niños, adolescentes y adultos en lengua inglesa. “Parece como si el enseñar el idioma a los que vienen a aprender es casi como una excusa para un montón de cosas más que pasan”, indicó Lilia al ser consultada sobre los valores que buscan inculcar. 

“A lo que vamos mucho, y es lo que permite aprender cualquier idioma, es la libertad de pensamiento, en el sentido de que uno es un antes y un después cuando aprende un idioma”, resaltó. 

Todos nacemos con una lengua madre, pero cuando aprendemos un nuevo idioma “empezamos a mirar todo desde otra lente. Uno comienza a agregar cosas a la propia identidad, a la propia biografía y nunca sos la misma persona. Cada lengua está atada a una cultura específica y cada una tiene su manera de ver la realidad. Cuando uno estudia una lengua, no lo hace en vacío porque te lleva a tener otros ojos para mirar”, reflexionó Lilia. 

La idea de tender puentes apareció en la conversación y de que los seres humanos en este planeta somos una unidad. “A nivel artesanal, nosotros enseñamos esta lengua para lograr esa apertura al mundo”, afirmó. 

A comienzos de este año, a través de las redes sociales del instituto, difundieron testimonios de alumnos que estudiaron allí. 

“Recontactamos con personas que ya no están acá y que han venido hace mucho tiempo. Escuchar las devoluciones de cómo fue el proceso de aprendizaje fue emocionante. Por eso, en definitiva, esto se trata de los vínculos que uno va generando en el camino y cómo llegar al otro”, indicó Lilia, volviendo sobre la idea de establecer puentes para lograr una apertura al mundo.

“El inglés se ha establecido como la lengua franca, que hoy por hoy se usa para todo. Por eso aprender idiomas abre posibilidades y termina borrando las fronteras artificiales que llevan a conflictos entre los países”, aseguró. 


Fotos: Marianela Hut


 Más que enseñar 
Con la llegada de la pandemia y el aislamiento social, todos modificamos nuestras vidas y costumbres. “Yo tenía experiencia previa con las clases virtuales ya que las había aplicado en la época de la gripe porcina con muchos menos recursos tecnológicos. Entonces, el desafío mayor de lo educativo nosotros lo pudimos resolver muy bien, y rápidamente tomamos la decisión de migrar todas las clases a la virtualidad. Fue muy estresante y demandante, pero avisamos a las familias y los alumnos no perdieron ni una clase”, destacó Lilia. 

De esta manera, los encuentros se mantuvieron y la conexión no se perdió. “En el 2020 mandamos una encuesta a los estudiantes y las familias para poder evaluar cómo se sentían con esa migración y con el tipo de trabajo que hacíamos. La verdad que lo que nos dijeron fue hasta emocionante porque hubo padres y madres que comentaron que sus hijos sólo tenían continuidad y una rutina con las clases de inglés. Fue una situación de mucha angustia y al menos nosotros con un enorme esfuerzo lo sostuvimos todo el tiempo”, sostuvo. 

En ese sentido, manifestó que “hubo mucho agradeciendo de ellos por haber podido hacer una actividad que de otra manera no podían. Nosotros seguimos con la calidad que queremos dar siempre, que es lo más importante. La calidez, el trato con la gente, la buena comunicación y la calidad en la enseñanza, esos son nuestros pilares. Notamos que estábamos sirviendo como otro sostén más, a nivel afectivo y emocional”. 

En 2021 comenzaron con virtualidad y a medida que las restricciones cesaron, algunos grupos retomaron la presencialidad. “Fue increíble ver después de tanto desgaste las caras de alegría de volver a estar en contacto”. 

Todo lo vivido modificó internamente y sirvió para empezar a ver la realidad con otros ojos. “Aprendimos un montón de cosas. Primero el desafío tecnológico, que hubo que adaptarse. Se profundizó en aprender a respetar turnos, la tolerancia, la paciencia, la sensibilidad y la compasión. Estábamos en clase de inglés, pero también dábamos un apoyo a la persona. Comenzamos a ser más solidarios y empáticos con el otro”, remarcó Lilia. 

De tal manera, “creemos que hemos aportado nuestro granito de arena, por lo menos en la gente que viene a nosotros porque quiere aprender el idioma, que hubo continuidad y la calidad no se modificó para nada. También seguimos preparando para los exámenes de Cambridge, que rindieron en 2021 y todos pasaron”. 


Fotos: Marianela Hut


Siguiendo esa idea, expresó: “Todo es un ida y vuelta. Si no hubiera estudiantes, nosotros nos existiríamos. Ellos tienen mucho agradecimiento, pero la realidad es que la razón de ser de que haya personas que enseñamos, es que haya gente que quiere aprender. Y en realidad nosotros también somos alumnos y alumnas porque estamos todo el tiempo aprendiendo”. 

 Un nuevo comienzo 
Este año para Lilia “es como el de un suspiro. Las secuelas, nos demos cuenta o no, están presentes. Pero es un arrancar de otra manera, con más entusiasmo y con alegría”. 

“Como una herencia positiva que dejó la pandemia, que ojalá nuca más pase algo así, pero sabemos que cualquier cosa que suceda de manera imprevista y por tan largo tiempo, tenemos cómo seguir conectados mientras siga habiendo tecnología”, comentó. 

A raíz de todo lo que atravesó todo el mundo, “ha habido cambios muy profundos en cómo nos reposicionamos en el aula. Pensamos en cómo nos gustaría a nosotros como alumnos que fuera esa clase. Hay más conciencia de cómo vemos a las otras personas, no solo desde lo académico sino desde lo emocional y desde las necesidades más primarias”. 

Lilia indicó que “todavía hay alumnas y alumnos que están con mucha dificultad para estar en grupo. Esto es un ejemplo de las marcas que dejó la pandemia. Entonces el desafío del instituto es poder contener a todas las posibles secuelas que vayan apareciendo”. 

En ese sentido, remarcó que “estamos ahí para que la persona esté tranquila, se sienta contenida, y eso también es parte de dar clases. La idea es ver cómo pueden volver a sentir confianza, no sólo como estudiantes sino como seres humanos”. 

Por otra parte, manifestó que “hay mucha más conciencia sobre los tiempos de aprendizaje de cada persona y este año el desafío es poder ir acompañando más detenidamente a los grupos. Creo que se han disparado cuestiones de solidaridad que tal vez antes no estaban tan presentes. Lo vemos y celebramos que cada uno contribuya con esta pequeña comunidad del aula”. 

 A su vez, “vemos también que el rol de educador no es estático. Muta, es fluido y hay que adaptarse. Nosotros estimulamos la independencia y la autonomía de estudio, queremos plantar las bases para que levanten vuelo. Uno enseña porque se está queriendo se vaya hacia un lugar”. 


Fotos: Marianela Hut


Ahora que se está de vuelta en las aulas físicas, “tratamos de acercarnos a los estudiantes desde otros lugares, porque desarrollamos otra sensibilidad. Yo que llevo tantos años, casi que es una excusa enseñar inglés, porque siempre en definitiva lo que importa son los vínculos que se van construyendo y lo que nos van dejando”, afirmó. 

Haciendo una reflexión final sobre cómo el rol del profesor ha cambiado tras estos dos años, Lilia concluyó que “tenemos más herramientas para mejorar cómo enseñamos y cómo aprendemos. Cambia todo el panorama y hay que repensarnos y reinventarnos. Tenemos que estar atentos a ver cómo podemos ser mejores personas y estar mejor en lo que hagamos. Esto es educar y educarnos, para sacar afuera esos pequeños tesoros que cada uno tiene”.   


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Un antes y un después

Resulta complejo resumir una vida dedicada al estudio y a la docencia como la que tuvo Lilia, pero ella marca dos momentos que fueron un antes y un después en su carrera como alumna y como profesora. “Noté un gran cambio cuando decidí irme a estudiar a La Plata. Yo había hecho inglés desde los 5 años en Tres Arroyos, pero cuando me fui, fue una bisagra. Me abrió la cabeza, sobre todo por la gente”, destaca. 

Algo que la impactó fue el nivel de solidez de las profesoras y profesores. “Esa gente es la que me dio la base de todo lo que yo después quise seguir haciendo. También agradezco a las profes que tuve acá, porque no podría haber llegado a La Plata”.

Lilia estudió el profesorado en lengua y literatura inglesa y el traductorado público en la Universidad de La Plata. “Son dos carreras con un tronco común pero después con materias muy específicas. Fue un desafío grande porque el nivel es muy demandante, pero pude terminar las dos. Estaba tan contenta de estar en ese ámbito que todo el compañerismo que se dio fue muy lindo vivirlo, lo tengo como una parte de mi vida muy especial. Por lo académico, pero también por lo vincular, que me parece lo más importante”, recuerda.

Luego de recibirse, Lilia recibe una beca en la Universidad de Ottawa en Canadá, para poder tomar clases y enseñar allá, que también fue otra bisagra en su vida. “Lo más valioso fue la parte de meterme en otra cultura y conocer mucha gente. Como es un país que recibe inmigraciones de casi todo el mundo, la diversidad cultural es impresionante”, resalta. 

Algo que atesora profundamente de aquella época es la experiencia de docencia. “Tener a esos alumnos de todas partes fue increíble. Daba clases de español intermedio y avanzado y tenía una cátedra de Cultura Latinoamericana, lo cual fue un enorme desafío. Tuve que estudiar muy a fondo para poder desarrollar ese programa”. 

En el transcurso de esas clases, Lilia hace hincapié en que “pasaron cosas muy emocionantes. Vi el interés absoluto de muchos que han vivido en democracia continua que siempre preguntaban sobre el proceso de dictadura en Argentina. Yo egresé en 1980 del secundario, por lo que pasé toda mi adolescencia en dictadura”, menciona. 

“Eso me hizo crecer mucho, reflexionar mucho. Yo preparé esa materia que fue fascinante. Todas esas experiencias fueron un antes y un después en mi vida. Hubo mucho compañerismo porque había gente de culturas y países diversos, todas compartiendo el amor por la lingüística aplicada, por la literatura, por las humanidades. Fue muy valioso tener todas estas miradas”, reflexiona.  



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