Sociales

Por Valentina Pereyra*

Chucherías

02|01|22 20:29 hs.

-¡Te encontré! El bastón se clavó en el fango.


-Tenga cuidado Monsieur- dijo la chica que me acompañó en el taxi.
Su español sonaba rítmico, enredado y gutural, agradable para un hombre de mi edad.

-No se haga problema m´hija. Ya estoy en casa.

La muy terca no me dejó ni a sol ni a sombra, me tomó del brazo y me llevó por el sendero. Yo quería atravesar el bosque, llegar solo y contemplar el Sena desde mi perspectiva, hacer mi propio paseo. Pero mi hija se empecinó en contratar a esta chica para que me acompañe.

La muchacha es agradable y muy complaciente, a juzgar por sus aromas no es muy afecta al baño, pero tampoco me puedo quejar de eso, al fin y al cabo es ella la que me cambia los pañales.

-Papá, estás loco, ¡A qué vas a ir a Paris! Dejate de joder con esa historia ridícula- dijo mi hija.

Mi nieto me compró el pasaje, él me creyó. Buscamos juntos en la página de la aerolínea francesa y con mi tarjeta conseguimos el descuento para jubilados. Es un buen chico, estudia arte en la Universidad de La Plata.

-Abuelo, vos tenés algo groso ahí - decía mi nieto cada dos por tres.

Mi madre trabajaba en una casa de familia en City Bell y mi padre era el mecánico de la zona. Ella una romántica empedernida y él un bruto trabajador. De los dos salí yo, la versión argentina del loco lindo. Una mezcla de libros de aventuras y llave pico de loro. Mientras mi mamá me leía “Moby Dick”, “Las aventuras de Tom Sawyer” y “Corazón”, mi padre me llevaba al taller para que le alcance las herramientas, barra el piso y cebe mate.

Mi padre me retaba cada vez que me encontraba leyendo sentado sobre los troncos que ponía cerca del barril donde prendía el fuego. La pintura de auto negra que cubría al tonel largaba un olor nauseabundo y a mí me parecía que estaba arriba del barco cazando a la enorme ballena o navegando por el Misisipi. El olor a pescado podrido y a barro me dejaba, sin escalas, en la puerta de aquellas historias. Pero los reniegues de mi padre me sacaban del sopor y me devolvían a la aventura de los tornillos y las tuercas.

Por eso, mi madre que no era ninguna tonta, me llevó a clases de inglés y de guitarra. No había todavía talleres literarios, pero la tía Carlota había estudiado magisterio, así que era la indicada para fomentar, lejos del taller, mi gusto por la lectura.

Mi mamá era la mayor de tres hermanas, la única que no estudió, a ella la mandaron a costura. Las otras dos fueron al Normal y se recibieron de maestras. Ninguna ejerció porque se casaron antes de cumplir veinte. De las tres, mi madre fue la más curiosa, la que siempre hurgaba en los baúles, en los tarros de la basura en la calle, en las ferias de la plaza.

-En cualquier lugar podés encontrar una gran obra de arte- decía.

No tuve hermanos, la verdad es que no sé bien por qué. Intenté averiguarlo, pero el silencio familiar me hizo desistir.

Al final, qué más da, estuve solo y no me fue tan mal. Algunas veces pensé que podría haber sido más fácil repartir el amor y las frustraciones de mis padres entre dos o tres. Me salvaron los libros y las chucherías de mi madre.

-Este chico tiene que empezar a laburar- dijo mi padre cuando estaba por terminar la primaria.

Entonces en un acto de amor y sabiduría mi madre habló con el librero de la otra cuadra y me colocó como ayudante.

-Lo vas a hacer maricón Mafalda- dijo mi padre cuando se enteró.

-Ya va a tener tiempo de aprender de mecánica, déjalo que primero aprenda a escribir y leer bien, eso lo va a ayudar- respondió mamá.

De mi madre heredé la compulsión para juntar, coleccionar, buscar cosas. Los domingos, mientras mi padre escuchaba las carreras por radio Rivadavia, ella me arrastraba hasta las feria de plaza Moreno o a las de plaza Italia.

-¿Qué buscamos, mamá?

-La mejor obra de arte- decía ella cada vez que revolvíamos los canastos atestados de basura de segunda, tercera, cuarta, mano.

Los puesteros nos tenían re junados, no faltábamos un solo domingo, salvo esa vez que mamá estuvo seis meses en cama por un dolor de ciática insoportable. Pero así y todo me mandaba a mí, era su embajador en las ferias.

Larguísimas filas de mesitas de mimbre y otras improvisadas con tablones eran el paraíso perdido para mi madre. Se paraba en cada puesto y preguntaba todos los precios. Baratijas, discos viejos, gallitos del tiempo, el libro de “Mujercitas”, una estatuilla de San Antonio de Padua, un collar de cuentas falsas, un cuadro de un paisaje somnoliento, una estampita de San Ramón, patines tejidos, una pava del año del jopo, una lámpara con pantalla al estilo japonés.

Domingo a domingo acarreaba lo que podía con las monedas que le daba mi padre para sus boludeces, como decía.

-Mirá Quico, vamos a poder decorar el living y vas a ver qué lindo queda, esto es arte, pensá- decía mi madre.

La verdad es que no podía ver lo mismo que ella, porque la mayoría eran cosas con olor a viejo, a humedad, manchadas por el tiempo y la mugre.

Fue uno de esos mediodías que mamá llegó a casa y vacío la bolsa con sus chucherías arriba de la mesa de la cocina. Se asomó y vio a mi padre debajo de la higuera con la radio apoyada en la oreja medio dormido.

-Antes de que meta los tallarines en la olla, vení vamos a adornar el living- dijo.

A su antojo clavé las chucherías como me pidió.

-Este cuadro ponelo ahí, frente a la mesa, que le dé el sol que viene de la ventana grande- insistió mamá.

Cada vez que me sentaba a desayunar lo miraba. Las pinceladas perfectas, los colores del río, los árboles y el pasto se ensamblaban en una gama pastel que no combinaba con las cortinas con arabescos que mi madre colgó de las ventanas, pero que era parte de nuestro paisaje.

Cada día, mientras viví con mis padres, lo miré y soñé que podía tomarme unos mates suculentos debajo de esos árboles. Podía pegarme flor de paseo por esos colores maravillosos.

A regañadientes mi padre me dejó estudiar profesorado de arte.

-Lo hiciste maricón al final- decía.

Para mi madre era un pequeño triunfo, su reencarnación, su deseo tan íntimo, pero no me hizo maricón, nada que ver. Me hizo observador, lector, me regaló el hambre por saber y conocer. Así que pronto me gustó la investigación, el debate y la escritura. Terminé profesor, aunque podría haber hecho flor de carrera como pintor, tenía buena mano para la brocha, pero había que comer.

Me casé con mi compañera de arte contemporáneo. Casi no había mujeres en la carrera, así que me quedé con lo que encontré a mano. Ella tenía un aire afrancesado que me volvía loco.

El día que me fui de casa mi mamá me alcanzó la valija y me regaló el cuadro que había comprado por siete pesos en la feria.

-Ese es tuyo, para que te acompañe en los desayunos- dijo.

Lo colgué en la pared frente a la mesa del comedor. A mi mujer le parecía antiguo y que no iba con la sicodelia del resto de la decoración, pero yo lo dejé y lo disfruté cada desayuno, almuerzo o cena. Me interné en ese bosque y me bañé en ese río.

Tuvimos una hija, Marilú, y ella tuvo a Simón. Mi nieto estudió arte como yo, pero él fue más astuto, se dedicó a eso.

-Ni en pedo doy clase como vos abuelo, yo soy un artista- dice cada vez que va a casa y se para frente al cuadro y lo analiza.

-Este es un buen pintor, ¿sabés quién lo hizo?- decía.

-Qué voy a saber, tu bisabuela me lo regaló, ella lo trajo de la feria, lo compró en un combo con una vaquita de porcelana, una muñeca de trapo y el cuadro, todo por siete pesos.

-¡Vamos a desmontarlo! - dijo.

-Lo que quiero es encontrar ese lugar, sentarme debajo de esos árboles.

Simón apoyó el cuadro sobre la mesa del comedor y con cuidado le quitó el marco y lo separó de la lámina. Levantó el papel marrón de la parte posterior y leyó de qué galería venía.

Me miró y señaló la firma que el marco ocultó todos estos años.

-Parece que vas a pasear por el Sena- dijo.

Simón sacó el celular y gatilló mil veces. De adelante, de atrás, fotografío la etiqueta esa, la firma, los detalles de la pintura y salió para la Universidad.

-Si es lo que pienso te vas a morir- afirmó.

Pero no quiero morirme, pensé, ¡qué pájaro de mal agüero este pibe! Los jóvenes no entienden nada, mi madre entendía, ella sí apreciaba lo bello de la vida, lo pequeño, lo que cabe en una canasta vieja en un mercado de pulgas. Simón regresó a casa unos días después con una sonrisa de oreja a oreja y una carta en la mano.

-Contacté por mail a la casa de subastas The Potomack Company y ellos estimaron el costo del cuadro en cien mil dólares. Escuchá lo que escribieron: “Estimado: Si usted posee esta lámina, debe saber que se trata de un Renoir, es su “Paisaje a bordo del Sena”, un óleo de pequeñas dimensiones (14 cm x 23 cm), de alrededor de 1879 y que representa los árboles en la orilla del río. El óleo había sido enviado desde Francia hacia Estados Unidos y en ese trayecto se había perdido su rastro. Es reconocida la luminosidad, la pincelada, la belleza de la pintura. El papel marrón fue siempre la etiqueta de la galería parisina Berheim-Jeune, una de las vendedoras de Renoir. Descubrí, además que la pintura, inscrita en el tomo 1 con el número 142 del catálogo del artista, había sido comprada por un abogado coleccionista estadounidense, Herbert May, el 11 de enero de 1926. Firma: Anne Craner”- dijo.

Simón me alcanzó un vaso de agua, sus palabras zumbaban lejanas.

-Colgá el cuadro donde estaba, es de mi madre no de Renoir.

Los días que siguieron fueron de preparativos para el viaje: Los pasajes, la acompañante y traductora, los análisis médicos y consultas profesionales.

A la orilla del Sena me subí a la barcaza que alquiló para mí la muchacha francesa. Quise ir solo. Con los mismos ojos de Renoir capté los colores, la magia. Mi mamá también los vio. Estaba conmigo.

* El texto se elaboró en el Taller de Escritura de ADATA que coordina la profesora Sandra Staniscia 



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