La Ciudad

Por Emanuel Fredes

La despedida que nunca pensé: nos dejó Diego González

30|07|21 22:43 hs.

Nunca pensé que iba a tener que sentarme a escribir esto. Lo despedimos tantas veces y tantas veces volvió que esto parecía un paso más en su batalla. Pero el maldito Covid-19 volvió a atacar en lo más profundo y se llevó, otra vez, a uno de los buenos. Se llevó a Diego, a Dieguito, a Satán… 


Me quedan los recuerdos y esos momentos que vivimos juntos -que por suerte fueron muchos- tanto arriba de un escenario como abajo, en lo cotidiano, en las charlas, en los mates, en los audios interminables de Whatsapp. Claro que tuvimos buenas y malas, pero ¿quién no las tiene? Entre nosotros siempre triunfó el amor, el respeto y de mi parte, la admiración. La admiración hacia un tipo que, además de ser un animal tocando, mantenía sus convicciones firmes, sin importar nada. Un tipo que era real, palpable y que te hablaba desde el corazón. 

 “En todas las anécdotas está Dieguito” decimos siempre con Juan Meijide a modo de chiste. Y es así. Porque siempre se brindó a todos por igual y siempre abrió las puertas de su casa y su música para que todos puedan formar parte. Hacer un repaso por su carrera musical sería algo fácil y es algo que ya todos conocemos. Mi tarea, difícil por cierto, es tratar de expresarles lo que Diego significó para muchos de nosotros. 

 Tuve la suerte de conocerlo allá por el 2006, yo tenía 16 años. Recuerdo que tocaba en una banda que, de un día para otro, se quedó sin baterista, entonces decidimos ir a buscarlo a él a su casa de Pellegrini. Enseguida fuimos recibidos con su habitual buena onda, su humor ácido y sus mates. 

 Empezaron los ensayos y enseguida congeniamos. El amor por Divididos nos unió de una vez y para siempre. El confió en mí cuando decidió armar un tributo a La Aplanadora del Rock y allí salimos.

 “No tengas miedo, jugatelá” me decía. Me arengaba; el tipo confiaba en mí y yo recién arrancaba. Siempre me pareció un gesto enorme, que hablaba de la generosidad que tenía y que, como dije antes, esparció por toda la ciudad. 

 Como yo, una gran cantidad de personas se animaron a saltar al escenario gracias él. 

 Porque su amor por la música era tan grande, que se animó a compartirlo con todos lo que quisieran. Y por eso dejó huella. 

 “Dale, toquemos Par Mil y Spaghetti, no seas careta” me decía cada vez que tocábamos juntos. Yo renegaba. “Me tienen podrido esas canciones Diego” le decía y él se reía e insistía. Y al final sonaban esos acordes porque siempre se salía con la suya. Porque hizo lo que quiso, vivió como quiso, fiel a sus creencias. 

Y yo te juro Diego que esta noche y sin que me lo pidas, más tranquilo y en el sillón de mi casa, las voy a cantar otra vez, para vos. Por vos. Porque llenaste con tu luz el alma de muchos y así será por y para siempre.