Karina Magilioranza, de la Universidad de Mar del Plata y del CONICET

El Campo

Segunda jornada del Congreso Malezas 2021

El impacto de los herbicidas en el ambiente hay que mitigarlo con agronomía

11|06|21 10:06 hs.

En la segunda jornada del Congreso de Malezas 2021, se puso en debate el impacto ambiental del uso de los agroquímicos, enfocado especialmente en los herbicidas y más específicamente en el glifosato, con la presentación de las últimas mediciones realizadas por el INTA, y las recomendaciones para contener las posibles afectaciones al ambiente.


La jornada la abrió la ingeniera agrónoma Jorgelina Montoya, del INTA Anguil, y hubo también una mesa redonda en la cual expusieron Karina Magilioranza, de la Universidad de Mar del Plata y del CONICET; Francisco ´Paco´ Bedmar, también de la UNMdP, y Diego Ferraro de la FAUBA y el CONICET. “Cada vez que (las moléculas que componen los herbicidas) son liberados en el ambiente se desencadenan distintos procesos que definen su destino ambiental”, anticipó Montoya.


Montoya presentó estudios realizados en varias estaciones experimentales del INTA en los cuales se detectaron residuos del herbicida glifosato en el aire, agua y suelo


Frente a esto, planteó que este tipo de productos debe tener las características de “no desplazarse del área aplicada y ser inocuos” para reducir su impacto en el ambiente. “Si se fugan de su área, pueden revestir ciertos grados de toxicidad”, dado que “son productos de síntesis y tienen compuestos que la naturaleza no reconoce” y cuando llegan al ambiente se desencadenan distintos procesos, con diferentes destinos y transferencias (la geosfera, la biosfera y la hidroesfera) y definen el comportamiento productivo del cultivo”.

Montoya presentó estudios realizados en varias estaciones experimentales del INTA en los cuales se detectaron residuos del herbicida glifosato en el aire, agua y suelo. Por ejemplo, en “300 sitios en Entre Ríos”. “El glifosato es un producto que queda altamente retenido en el suelo por los componentes de óxido e hidróxidos de hierro y aluminio (del suelo)”, advirtió. Aunque menor que otros como el paraquat. 

La ingeniera midió el comportamiento de los herbicidas en el ambiente según la “tasa de competencia entre el proceso de absorción y el de degradación” y al problema de la residualidad: “lo ideal es que se queden concentrados en el suelo”, indicó. En este orden citó a las lluvias, temperaturas viento y humedad como factores naturales que inciden en el comportamiento de los herbicidas; mientras que “las rotaciones, las dosis, las frecuencias de uso y los modelos de aplicación” son las cuestiones de manejo que intervienen. “Hay que mitigar desde la agronomía”, aseveró la ingeniera agrónoma del INTA. 

En este sentido, remarcó que la distinta composición de pH del suelo, según las regiones, impone prescripciones de aplicaciones diferentes. También citó que la secuencia de cultivos (monocultivo o rotación) determina una disponibilidad o fuga del agroquímico; así como la dinámica hídrica de los suelos. El manejo contribuye a mitigar las pérdidas: se han comprobado hasta 40% de diferencia de escurrimiento entre un monocultivo y una rotación en relación a una aplicación con glifosato. “Habiendo rotación de cultivos –insistió- remediamos la fuga, promovemos la actividad microbiana y se evitan pérdidas”.

Mesa redonda
A su turno, Karina Miglioranza presentó un trabajo realizado en los 10.000 km2 de la cuenca del río Quequén, una región con explotaciones agrícolas y ganaderas, donde se midió “la dinámica del glifosato” en cultivos de trigo, soja y girasol, midiendo su presencia en ambientes acuáticos, en el suelo, en el agua residual de las lluvias y en el cultivo. 

“En barbecho se observó un acumulado bajo de glifosato, de hasta 35 cm (con presencia del ácido aminometilfosfónico o metabolito AMPA). En períodos de aplicación se observaron mayores concentraciones, coincidentemente con períodos de menor precipitación”. En la planta, “raíz, tallo y hojas fue donde se encontraron las mayores concentraciones”.

Y se encontró presencia de glifosato en lombrices. “Sabemos que el uso de plaguicidas lleva a que se encuentren residuos en las cadenas alimentarias, por lo tanto, existe una estrecha relación con la contaminación del agua, del aire, del suelo y la biota. Esto afecta a la salud pública por el desarrollo de resistencia a plagas, a la eliminación de enemigos naturales y la pérdida de polinizadores, que a la larga llevan a una menor cosecha, y una degradación de la cubierta de los suelos”, enumeró Maglioranza. 

Para mitigar estos resultados propuso hacer un uso responsable de los plaguicidas, incentivando los programas de manejo integrado de plagas y las buenas prácticas agrícolas, debatiendo políticas públicas, fomentando la educación y la información. Paco Bedmar describió los riesgos del carryover o la residualidad del glifosato en el cultivo subsiguiente y afirmó que la fitotoxicidad en el ambiente depende de los factores propios del herbicida, las condiciones del suelo y del ambiente.

“Pero es una probabilidad: se puede presentar o no”, atemperó. Las condiciones de que se presente pueden estar en el mismo herbicida, en las condiciones del suelo (baja materia orgánica, por ejemplo) o ambientales (estrés hídrico o baja temperatura). “Los efectos residuales dependen de las dosis, que son las que determinan la fitotoxicidad”, advirtió. 

En tanto recordó que “la actividad microbiana es la principal responsable de la degradación” y siendo que, a su vez la humedad del suelo, regula la actividad microbiana, “un año húmedo y de temperatura alta va a tener una mayor tasa de degradación del herbicida”, y al contrario en las condiciones opuestas. Entre las herramientas para atenuar el carryover, propuso tener en cuenta el mapa de lluvias acumuladas el año anterior; la siembra de cultivares tolerantes al mismo mecanismo de acción que el herbicida aplicado anteriormente; elaboración de mapas de distribución de propiedades del suelo mediante agricultura de precisión.


La mesa redonda estuvo moderada por Mario Vigna del INTA Bordenave


“Las dos herramientas más importantes son los bioensayos y los análisis químicos”, cerró. Finalmente, Diego Ferraro habló de las implicancias sociales, económicas y ambientales, medidas con indicadores ecotoxicológicos de fitosanitarios, especialmente el Ripest desarrollado en la FAUBA, que permite calcular el riesgo de ecotoxicidad del uso de productos fitosanitarios en un cultivo, lote o campaña. 

“Permite obtener una caracterización ambiental del riesgo del uso de los fitosanitarios y evaluar alternativas de manejo de protección vegetal que sean amigables con el medio ambiente, sin perder la eficiencia en el control de adversidades”, explicó, a la vez que aseguró que “ayuda en la reducción de las dosis, el reemplazo de fitosanitarios y la eliminación de algunos productos”. 

Ferraro propuso para el diseño de indicadores que “las herramientas tienen que ser simples, para ser fácilmente adoptadas”. 

La mesa redonda estuvo moderada por Mario Vigna del INTA Bordenave, quien aseguró en el cierre que “más allá de que es un tema conflictivo, estamos avanzando sustancialmente” en el cuidado ambiental.

"Ahora hay datos concretos y hemos evolucionado sustancialmente, porque empezamos a dialogar y podemos comenzar a dialogar y generar consensos, por ejemplo, en torno a las buenas prácticas agrícolas, que no son reglas fijas. El camino es no negar nada, y buscar la máxima información”. 

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