En el galpón de las herramientas, donde las riendas decoran el espacio aquí y allá (Fotos: Marianela

La Ciudad

Juan Pedro Suárez

Prendido a la magia de su camino

18|04|21 10:41 hs.

Por Valentina Pereyra


Juan Pedro Suárez, resero, amansador, soguero, devoto de Ceferino, capataz, esposo, padre. 

Cerca del Cementerio de Tres Arroyos, en una quinta de la calle Mar del Plata vivió la familia Suárez. Sin luz, apenas agua, sólo la que sacaban de un pozo a balde hasta que pusieron una bomba. Sin gas, nada, leña para la cocina y un calentador a querosene. Cinco hermanos, un papá del que aprendió a ser resero y una mamá que lo sobreprotegió. 

“Fuimos muy pobres, no nos faltó para comer, pero mucha pobreza. La educación era otra, bastaba sólo un gesto de mi padre para que entendiera que tenía que retirarme. No sabía si mi papá era radical, peronista o de qué hablaban con las visitas”. 


Junto a Ana, su compañera de vida. El 24 de abril cumplirán 54 años de casados (Fotos: Marianela Hut)


El barrio, descampado, casas desparramadas, pocas, pero muchos chicos ávidos de jugar a la mancha o la pelota en cualquier baldío. En San Pedro y San Pablo la fogata ardía para todos.

 A los once años lo contrataron en un taller de la calle Castelli a unos metros de la avenida del Trabajador. Cebó mate, barrió, limpió los ladrillos de la pared del frente con una espátula. Pronto no hubo tanto trabajo y lo despidieron. “De ahí no me precisaban más y no me querían pagar. Mi hermano mayor era bravo, boxeador, más que un padre para mí, por eso fue al taller a defenderme”. 

A los 15 años entró a trabajar en la fábrica Istilart. A los 19 lo llamaron para cumplir con el servicio militar que hizo en la Remonta, cerca de Pringles. Pronto supieron que Juan sabía de caballos así que se ocupó de la tropa. Aprendió a sacar cría de machos y a cuidar a las 500 yeguas y padrillos de clase. “Sacábamos 450 potrillos machos, para eso se echaba a un padrillo de retajo, después, cuando la yegua estaba bien alzada se echaba el padrillo bueno, antes se hacía un proceso de alimentación especial para la yegua”. 


Con la mirada puesta en el recuerdo de aquellos años (Fotos: Marianela Hut)




Los caballos ya eran parte de su vida. La cosa iba por ahí. Estaba familiarizado con ellos por acompañar a su papá que hacía el reparto de leche o querosene con un carro. “Ando a caballo desde los cuatro años, en mi casa había en cantidad. Yo me arrimaba a uno que nadie lo podía montar y desde una planta me tiraba, le acercaba una soguita y lo amansaba. Después amansé para ganarme la vida”. 

Cuando volvió del servicio militar retomó su trabajo de amansador de potros y después de casado, alambró un terreno cerca de su casa, en Castelli al 1400 donde ponía a los caballos. Ana, su esposa, les daba agua y comida, Juan los amansaba. 

Amansar 
“Se empieza despacito, se enlaza, se palenquea, que no pegue un tirón y no se lastime, solo para que afloje el cuello”. Juan ama a los caballos, los cuida y los trata muy bien, nunca se le ocurrió amansarlos sin tener en cuenta esos sentimientos. 

“De a poquito les vas pasando sogas por arriba del lomo, los vas tocando hasta que se pueda manear, primero las manos, después atrás. La manea tiene dos ojales y ahí queda inmóvil, van aprendiendo a no moverse”. 

Juan no llegaba a los 65 kilos así que los podía saltar de un lado a otro sin molestarlos. “Le tiraba un liencito, o una bolsa arriba del lomo, se van amansando sin pegarles, sin lastimarlos. Después les ponía el recado, lo dejaba, lo sacaba, cuando estaba manso lo paseaba atado a la sidera junto a otro caballo, lo manejábamos del bozal para no estropearle la boca”. 

El mismo proceso en el campo es más práctico. “Lo mejor es que se amansen con las vacas. En uno de los campos en los que trabajé había ocho leguas para andar a caballo, dos mil vacunos para cuidar, así que ensillaba al más manso, al que ya estaba hecho y, a la tarde que hay que cerrar molino, revisar si hay vaquillonas para parir o a las lecheras, montaba al más nuevito”. 

El caballo aprendía el trabajo, salía a buscar a las vacas que se habían separado -algunas veces por ser las más viejas y lentas- y las seguía por atrás, las tocaba, y las vacas se ponían primero a la par y después, caballo y vaca enfilaban a destino al trotecito. “Cuando querés acordar el caballo hace cualquier cosa con la hacienda, pero lleva su tiempo”. 

Crecer de golpe 
Ana Iturbide vivía a una cuadra de la casa de una hermana de Juan. Era amiga de su hija, así que la visitaba seguido porque hacían las tareas de la escuela juntas. Conoció a Juan en esa casa cuando tenía 15 años. 

La familia de Ana creía que su novio era un vago. Lo veían siempre a caballo, un paisanito que no laburaba. Sin embargo Juan se formaba en la escuela de su padre como amansador y resero. No era un trabajo conocido en la barriada, pero era el suyo. 

“Empezamos de la nada, para podernos casar vendí una moto chiquita, una Puma que compré en lo de Florez”. 

Juan nunca había entrado a una iglesia, el día de su boda fue el primero. Ana tuvo que enseñarle a persignarse para que todo saliera bien. 

La mujer quería una boda sencilla, pero su mamá tenía la ilusión de ver a su hija de blanco. Así que el vestido y los gastos corrieron por orden y compra de su madre. El 24 de abril van a cumplir 56 años de casados. 

No dejaron de ser pobres, sólo se mudaron. Fueron a vivir a una prefabricada de Castelli al 1420 y Juan Pedro comenzó a trabajar en la jabonería de los Hid. Repartía, cebaba mate caliente, agarraba los caballos y los amansaba. “El hijo del dueño es abogado. Tiene muy buenos recuerdos míos, cuando Horaco tenía seis años y todavía estaba el abuelo, andaba mucho conmigo”. 

Ana salía a trabajar, volvía a su casa al mediodía en colectivo y preparaba el almuerzo. A su hijo mayor lo cuidaba la abuela hasta esa hora. Después venía Juan a comer y a la una y media el hombre salía de nuevo a repartir con los Hid. “Luchamos mucho para tener una casita”. 


Con la mirada puesta en el recuerdo de aquellos años (Fotos: Marianela Hut)




En la jabonería ganaba treinta pesos por mes, así que cuando le ofrecieron trabajo en un campo y ganar lo mismo libre de gastos, aceptó. Pasó los siguientes seis años trabajando para la familia de Tom Verkuyl hasta que lo contrataron como capataz en la estancia San Lorenzo. 

Juan tenía carácter para el cargo, genio que no siempre jugó a su favor. “En mi casa eran muy rectos, derechos, no se necesitaban papeles para nada, yo si me tenía que hacer conocer quién era no tenía problema, por eso siempre tuve discusiones con los empleados que no querían hacer nada” 

Los chicos siempre fueron la prioridad. Alfredo, 54 y Javier, 48 asistieron a las escuelas rurales cercanas a los campos en los que trabajaron sus padres. Iban a caballo, el mayor en una peticita que traía a tiro del auto de los vecinos cuando llovía. “Siempre buscaba un colegio cerca porque yo no me quería separar de ellos”, afirma Ana. 


A caballo, en un desfile. Una de sus pasiones (Fotos: Marianela Hut)




“Estuvimos en La Colorada en la Tigra, como doce años con Stramburgen al que conocía de la escuela de las señoritas Beldarraín, en el campo de Barrera, con Christense. Ganamos muy bien todos esos años e invertimos la plata en la casa”. 

Una cosecha les dejó 17 millones de pesos, era tanta, pero tanta plata que no se animaron a cobrarla toda junta. “Con semejante cantidad me podía comprar un auto cero, y más, pero sacamos primero cinco millones y después resolvimos comprar materiales para agrandar la casita de Matheu al 1300, donde seguimos viviendo”. 

A los 65 años Juan se jubiló, no de su amor por cabalgar. Volvieron al pueblo y ni bien llegados Ana recibió un ofrecimiento para trabajar, mientras que Juan empezó a colaborar con veterinarios. Aprendió a inseminar con Diego Brea y colaboró con Ticho Groenenberg en todo los que pudo, así que siguió en carrera. 

Caballos y Ceferino son su devoción. Empezó a venerar al santo cuando murió trágicamente su hermano Mario, cuando su padre se enfermó y Ana quedó embarazada. Tenía mucho que pedir y muchos miedos. Fueron a Pedro Luro, donde estaban los restos de Ceferino Namuncurá y ahí mismo, el hombre que sólo había entrado a la iglesia para casarse hizo una petición, o varias. “Como me respondió me hice devoto”. 

“Ceferino me cumplió y voy todos los domingos a la mañana a llevar flores a la capillita del Parque Cabañas, también le pongo flores en casa, y como soy soguero hago llaveros con la imagen de Ceferino”. El santo es parte de la casa, del living, del taller, del galpón, de su día a día. 

Juan busca la taza chacarera, sirve café y entrelaza historias de campo y destreza.

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La huella del resero
Cuando salió de la fábrica Istilart, lo contrataron para llevar hacienda de un campo a otro. Su padre hacía este trabajo y Juan Pedro tenía afinidad con los caballos. Con 19 años no tuvo inconveniente para aceptar el arreo de los animales que duró 21 días. 

El viaje comenzó en Tres Arroyos, llegaron al campo de Kaare, cerca del Paraje San Juan, atrás de Indio Rico, dejaron una hacienda negra y salieron con vacas pampas. El camino se inició al tranquito, había que llevar mil cabezas hasta el Campamento de Ambrosius en Reta. 

Los once reseros y la hacienda hacían noche donde se podía, movían a los animales por calles anchas, esquivando a algún auto y buscando cortadas para echar la hacienda. 

“Íbamos con reseros viejos, mi papá uno de ellos, cinco o seis hacían de capataces. En lo de Kaare nos habíamos podido bañar y descansar, el resto del camino nos arreglábamos como podíamos”. Los reseros buscaban los arroyos y alcantarillas para que la hacienda y los hombres tuvieran agua. 

A Juan y a otro joven los mandaron a tantear el terreno. Iban llegando al campamento Ambrosius cuando vieron, arriba de un médano, al cuidador del lugar que hacía señas como loco. “Nosotros cortamos derecho y en una de esas los caballos se sentaron para atrás y se enterraron, quedamos hasta la cabeza. Logramos sacarlos, nos habíamos metido en cangrejales”. 

A los gritos el cuidador les pidió salir de ahí y les dijo que siguieran la huella porque las vacas no iban a ir por el cangrejal, “el animal sabe”. 

Una vez que entregaron la hacienda siguieron para Copetonas donde hicieron noche y de ahí a Tres Arroyos de vuelta. 


Juan busca entre recuerdos como lo hace entre riendas (Fotos: Marianela Hut)




La villalonga 
Juan Pedro no comía carne, no tomaba vino ni fumaba. Era un resero singular y un viaje de las características descriptas lo complicaba. 

Una villalonga, que conducía el cuñado de Juan Pedro, se adelantaba para hacer las compras y los asados. “Todo era carne y carne y yo no comía. El papá de mi sobrina compraba el vino, la caña, la comida, la sal y todo por cantidad. Los reseros sin alcohol no andaban”. 

Cada bocado se condimentaba con arena y tierra que volaba en cantidad, Juan no comía casi nada hasta que el villalonguero se apiadó y le compró queso, dulce y café. El conflicto entre los reseros no tardó en llegar. Todos tiraron la bronca y a regañadientes aceptaron que Juan pagaba por la carne que no comía, lo mismo con el alcohol, así que el flacuchento resero pudo meter algo más que carne en su dieta y tomar todo el café que quiso. La taza chacarera lo acompaña desde entonces. “Medio litro de leche y de sopa. En el camino no tenía cómo colar el café, así que agarré una media, la lavé bien, y la usé para eso”. 

Durante el trayecto Juan aprovechó a amansar otros caballos que en esa circunstancia aprendían mucho, iban a buscar a las vacas que se rezagaban, las podían hacer subir por las barrancas. “Los reseros tienen perros que los mandan a cuidar el alambre sin torear, solo cuidar que los animales no se pasaran los alambres viejos. El de mi padre se llamaba ‘Cabeza’, y hacía ese trabajo”.

 Viento y lluvia pa’ mí eso no es nada… 
La lluvia complicó el viaje. Aunque llevaban ponchos encerados para no mojarse, al desmontar, tenían que acomodarse en los pocos lugares que quedaban sin barro. “Se duerme en el recado, el mandil y el cuero se usan para acostarse y los bastos hacen de almohada, uno lo hace de joven, mi papá, a pesar de su edad, lo hacía y parecía que estaba acostumbrado, era más curtido, y así nos hicieron a los hijos, también curtidos”.

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Aprender con las vascas Beldarraín
Juan Pedro hizo el primer grado de primaria en la Escuela N°5, pero como dice “repetí todo”. 

“Era bien pobrecito y solo tenía una muda para ir al colegio que se lavaba todos los días para que vuelva a ir, mi mamá siempre fue muy limpia, la ropa estaba bien remendada y lavada, pero era la única”. 

Las maestras y los alumnos llegaban a la escuela con sus delantales bien almidonados, todos menos Juan. “Siempre me sentí menos que nadie, mi amigo me dice que siempre me estoy tirando abajo, mi mamá me lo decía también”. El resero cree que le viene de lejos el asunto, es que cuando era niño y sus amiguitos lo invitaban a un cumpleaños su mamá le explicaba que no tenía ropa para ir y eso le bajaba la autoestima, “por eso siempre me sentí menos que otros”. 

Juan no tiene problema de desfilar montando en su caballo, tiene 78 y desfiló hasta hace poco tiempo en la Agrupación “El Zorro”. Pero si hay una fiesta, se queda en el último lugar, arrinconado. 

Cuando repitió el primer grado su familia lo envió a lo de las maestras Martina, Josefa y Manuela Beldarraín. Estudió en una casa de la calle Sarmiento, unos metros después de las vías. “Aprendí en lo de las señoritas Beldarraín, eran unas vascas bravas, pero ahí íbamos los más burros”. 


Con la Agrupación “El Zorro”, con quienes desfiló hasta hace poco tiempo (Fotos: Marianela Hut)




En la casa de las maestras había una mesa y un banco en los que se sentaban los alumnos de sexto y primero, enfrente, quinto con segundo y en el altillo, tercero y cuarto. “Nos daban clases mañana y tarde, íbamos todos los que repetíamos. Otros chicos que asistían a clase normales a la tarde reforzaban con ellas. Los padres sabían que si ahí te retaban era porque lo merecías”. 

Juan Pedro rindió libre en la Escuela N°16 tercero y cuarto grados, después quinto y sexto. “En este último me quedé en una materia, lloré porque no quería ir más a la escuela, fue la única vez que la maestra, una vasca dura, fuerte, me abrazó y me dijo: ‘No llore niño, no llore’, el trato era otro”. 

A los 15 años empezó a trabajar en Istilart donde le tocó hacer una tarea administrativa, atender el teléfono del ingeniero y a los empleados por la ventanita. “Tenía que anotar, necesitaba escribir y nunca más había vuelto a la escuela desde los 11 años así que fui a ver a la señorita Martina y le pedí ayuda. No me cobró, fui un mes y pico que me hacía escribir ligero y practicar cálculos”.

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