Opinión

La infancia y los 75 años del Colegio Holandés

Con un corazón inmensamente agradecido

11|04|21 13:28 hs.

Por Federico Slebos


“Lo que uno ama en la infancia se queda en el corazón para siempre” (Jean-Jacques Rousseau) 

Cuando algo me remite a los recuerdos de la infancia me invade invariablemente una sensación de plenitud y felicidad recordando instantes de nuestro paso por el Colegio Holandés y más precisamente por el internado que funciono hasta la década del 80. 

¿Por qué la mayoría de los pupilos lograba convertir una situación desfavorable, lejos de sus padres y en un espacio donde la individualidad se desdibujaba constantemente convirtiéndose en un torbellino de actividades colectivas ordenadas cronológicamente con fines ritualmente prácticos en un lugar de protección mutua, amistad, desarrollo personal y creatividad? No lo sé. Intuyo que dadas las condiciones desfavorables, sobre todo respecto de los “externos” íbamos encontrando entre todos una especie de estrategia de supervivencia para ir pasándola lo mejor posible pese a la nostalgia y la distancia que nos separaban de nuestros padres. (En mi caso, muy cercanos en distancia pero alejados por cuestiones formales).  

“El niño que no juega no es niño, pero el hombre que no juega perdió para siempre al niño que vivía en él y que le hará mucha falta” (Pablo Neruda)

¿Qué orden natural o sobrenatural determinaba qué juego o competencia era la que a partir de ese momento y hasta agotarla, se iba a desarrollar y que invariablemente volvería el próximo año? 

Payana, futbol, carrera de autos, volley, carros de bolillero, futbol, cowboys, escondida, softbol, bolitas, casas sobre árboles, futbol, básquet, hockey, elástico, futbol, figuritas, cazar arañas con paja de escoba, carrera de bicicletas en el barro, futbol siempre futbol. 

Sé que siempre contábamos con el compromiso tácito de todos los involucrados de que los juegos eran una cosa a tomar muy en serio. En mi caso, más que cualquier programa pedagógico. Cuando uno abatía circunstancialmente a un cowboy antagonista en alguna disputa por tierras, ganado o recompensa, éste caía y moría lentamente “en serio” dando rienda suelta a sus dotes actorales y a su protagonismo individual de un par de minutos, donde todos escuchábamos el graznido de los buitres ,el crescendo de la música de Enio Morricone y el sonido de las balas sobre nuestras cabezas, dándonos por un rato una experiencia intensa de pequeños John Waynes, Yul Brinners, Clint Eastwoods o Giuliano Gemmas.(Nunca supe quien determinaba el que moría o sobrevivía, pero el guion improvisado era siempre impecable). Los Westerns de los viernes por la noche en el Cine Americano fueron parte de nuestra educación durante los 70s.

Los primeros días para los “nuevos” solían ser difíciles gastronómicamente hablando. Allí aparecían los ávidos “traders” que canjeaban figuritas o bolitas a cambio de comerse el yogurt o alguna comida a la que simplemente no estaban habituados. Luego se convertirían en verdaderos ingenieros en alimentos para testear la calidad y la encontrarían deliciosa unas semanas mas tarde. 

“Una de las cosas más afortunadas que te pueden suceder en la vida es tener una infancia feliz” (Agatha Christie)



Un recuerdo especial merecen las rondas de lectura en torno a la estufa y al cuento que todas las noches escuchábamos, en ocasiones traducido del holandés en directo por Tante Lidia quien tenía un don especial para establecer el “continuará” que nos dejaba en suspenso por 24 horas, sin saber quién era el asesino o si nuestro héroe había logrado zafar del ataque enfurecido de una manada de elefantes. 

-“Otro capítulo, Tante Lidia, por favor!!!! “ 

No había tele, teléfonos, play station, juegos on line. Todo era puro protagonismo aun en los actores secundarios y todos recelábamos de los “externos” protegiendo a los nuestros ante cualquier escaramuza a la manera de una hermandad de pupilos. 

Los primeros días de clase eran también los adecuados para ir resolviendo nuestra vida sentimental lo cual suponía comenzar a elaborar “la cartita” que enviaríamos a nuestra enamorada de esa temporada y con la que en los momentos más apasionados solo intercambiaríamos alguna mirada un poco más prolongada que lo habitual o algún beso en la mejilla colorada, robado como al pasar. 

Los domingos al atardecer, comenzaban a regresar de sus hogares los que habían pasado el fin de semana en el campo con sus padres. La tristeza dibujada en sus rostros sombríos y distantes daba cuenta de la profunda pena que debería ser acarreada hasta el día siguiente, como sus valijas, cuando la rutina lograra apagar el dolor de la ausencia. 

Muchas veces, con cierto orgullo, fui el último recurso de mi padre “Meister Slebos” para entregar una carta para el Ministerio de Educación en La Plata, en el viejo correo de Colon y Rivadavia al que solo llegaría a tiempo si corría sin parar las 12 cuadras que mediaban desde el colegio. Llegaba exhausto con la cortina metálica en descenso y con una mueca de desaprobación del empleado de turno. 

Una vez despachada la carta para la institución que controlaba la educación privada, me permitía un paseo solitario por la calle Colon ya desierta, hasta las vidrieras de la juguetería “La Tentación”, donde estaba el próximo modelo “Matchbox” by Lesney en escala, que me compraría cuando alcanzara con mis ahorros la suma requerida. Una medalla olímpica no me hubiera hecho más feliz que el reconocimiento de mi padre con un prolongado abrazo y una generosa propina. Misión cumplida. Esa noche iba a soñar con todos los héroes de Emilio Salgari, los once de River campeón, Los hermanos Emiliozzi mis ídolos del TC, mi abuelo de Holanda, el héroe a quien no conocí y a quien siempre quise parecerme y conmigo haciendo el gol que iba a definir el campeonato en el que el Colegio Holandés iba a coronarse campeón interescolar del mundo. 

“La infancia es la etapa en que todo se construye. De ahí la importancia de una educación personalizada y de calidad” (Paulo Freire)

Hacia el final del año escolar y con la anuencia de la directora y el personal del internado, organizábamos nuestra propia fiesta de fin de curso. Un día especial por la responsabilidad que conllevaba la organización. Unos días antes nos convertíamos en guionistas, dramaturgos, escenógrafos, vestuaristas, iluminadores, músicos, clowns. Nadie sabía como iba a ser el espectáculo, solo los organizadores, los pupilos. Veladas de gala que culminaban con una comida especial después de desarmar el improvisado teatro. Con el dinero que recaudábamos durante el año le hacíamos un regalo al personal empleado en el internado. Lo habíamos hecho nosotros para nosotros.

Déjate llevar por el niño que has sido. (José Saramago)

¿Cómo recuperar la potencia creadora, la capacidad lúdica, la confianza en que todo va a estar bien, sin volver el tiempo atrás? 

¿Cómo zafar del brete de la desesperanza, la fatiga por la búsqueda de objetivos innecesarios, de sueños superfluos y energías despilfarradas en mandatos sociales vacíos, para volver a ser los que fuimos, felices con poco, creadores de futuros fantásticos y generosos? 

No lo sé. Solo cuento con mis recuerdos felices y un corazón inmensamente agradecido a quienes me dieron una infancia feliz, a mis padres amorosos, a mis maestros, al Colegio Holandés, a los obreros que todos los años venían a construir un aula nueva y me enseñaron el oficio que amo, a Tres Arroyos mi lugar de ensueño y a mis compañeros del colegio que no sabían que estábamos construyendo recuerdos.  


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