En el escritorio de su casa Jorge Magariños tiene una pequeña muestra de los modelos náuticos armado

Sociales

Jorge Magariños, capitán de ultramar

Vivir el mar en tierra firme

16|01|21 23:42 hs.

Jorge Magariños es capitán de ultramar, ya retirado de la profesión sus días transcurren despuntando su amor incondicional con el agua a través del modelismo náutico. Comenzó en 2001 y hasta ahora lleva armados 25 de grandes tamaños, de los cuales quince tienen control remoto. Recuerda que un vendedor de materiales le dijo: “vos el día que le pongas control remoto al barco, perdés como en la guerra” y no se equivocó.

Jorge Magariños no sólo es apasionado de los modelos náuticos sino que tiene “más que pasado” con el mar. Es que desde que terminó la escuela secundaria –en su Buenos Aires natal- y por su pasión por la náutica ingresó a los 17 años en la Escuela de Náutica, a los 20 se recibió hasta que en 1976 comenzó como capitán de cubierta de ultramar a navegar en diferentes compañías. 

Comenzó en Canumar (Compañía Argentina de Navegación de Ultramar) una empresa privada subsidiaria de la rusa Vlasov que estaba en Montecarlo. De ahí pasó a ELMA y de ahí a YPF rotando con otras compañías, “dejé de navegar cuando murieron mis padres para hacerme cargo de una empresa familiar pero me pasó de todo: Alfonsín, Menem, un divorcio… -y no para de reírse- agarré un hermoso combo. En 2002 volví a navegar, no tenía ni un peso y así pude ahorrar algo, me volví a casar, a comprarme esta casa en Gesell, un auto, y nada más”. Hoy transcurre sus días fuera del agua en Villa Gesell, con su mujer Verónica, sin los avatares de la marejada pero luchando con las “tempestades” que a veces le ocasionan sus tres grandes perros, Lobo, Nerón (un Kubasz) y la dama París. 


En el parque de su casa con Nerón, el Kubasz que lo “custodia”


La plástica y los barcos 
Pero esto de los hobby comenzó desde chico en principio con la pintura “en verano era costumbre en aquella época de mandar a los chicos a hacer algo. Como mi hermana iba a matemática o a dibujo, yo tenía que ir –dice sonriendo-. Una profesora de plástica me hacía pintar unos cuadritos con óleo, con pasteles me entusiasmé con el primero hasta pintar uno grande pero después dejé”. 

Años más tarde volvió a pintar en su casa. “hice unas porquerías horrible, dejé, volví, dejé y un día empecé a pintar cada vez más hasta expuse”. Su entusiasmo fue tan grande que se relacionó con artista plástico Aníbal Cedrón, un bohemio que se dedicaba a la pintura y fue quien le dio algunas clases, “fui cuatro veces pero lo que aprendí con él fue tremendo”. 

Hay “rincones” de la casa que muestran su pasado como capitán de ultramar al punto que muchos de los barcos armados fueron navegados por él


Pero su permanencia en la pintura duró poco porque sintió que viendo lo que ocurría alrededor no le gustaba pretendió más “porque pintar dos manchitas y decir obra de arte me parecía una hipocresía. Entonces comencé a hacer maquetas de barcos que eso era realmente para mí todo un desafío y no cualquiera los podía armar. Al principio con planos pero después no los conseguía o no te los querían vender”. 

Fue que por sus conocimientos de náutica y capacidad de hacer planos “empecé a dibujarlos. Uno me salió bastante bien, no existe ese barco pero quien te dice que no puede ser de esa forma”.

“Lo tengo allá arriba, sin los mástiles porque acá no lo puedo navegar” cuenta mientras lo muestra al Austral un velero con mucha historia


Amor eterno 
Así se largó en esto del modelismo náutico por dos cosas, “el hobby y los barcos. Yo disfrutaba cuando navegaba, hice una carrera en la náutica porque lo que hacía me gustaba, cuando estaba viviendo en el barco estaba feliz. De chiquito me gustaban, recuerdo que mi abuelo me llevó al primero que estaba amarrado en Dársena Norte. Hasta me armé la Kon Tiki con una tabla vieja de lavar la ropa, cuando la descartaron no me acuerdo lo que hice pero era mi balsa”. 

Así fue pasando el tiempo y en 2001 ya con mucha experiencia en maquetas rememora que en una casa que vendía materiales para armar “había un vendedor que le decían El Japo -porque era medio parecido de aspecto- que me dijo: ‘vos el día que le pongas control remoto al barco c…., perdés como en la guerra’ y tenía razón”. Esto era porque lo había visto comprar materiales para hacer modelos estáticos así que ese cambio “tenía razón. 

Hoy tengo veinticinco en total y quince a control remoto. A uno le puse PL25 por el total y tengo un proyecto para hacer otro pero no tengo más lugar acá en mi casa. Tengo hasta un helicóptero para ponerle pero el tamaño del barco superaría los dos metros. En Buenos Aires quedaron muchos en casa de mi tía. Aparte en Villa Gesell no tengo lugar para llevarlos a navegar, en capital están las piletas para hacerlo. Allá estaba en un tiempo la de ATC (en avenida Libertador) pero después se puso picante porque venía gente ‘brava’ que te robaba el barco”. Recordando otros tiempos y citando que muchos de los barcos que ha armado son los mismos que el ha navegado 



Diferencias 
Tiene innumerables anécdotas con sus barcos porque en la mayoría de los casos quienes arman estos modelos son simples aficionados y no auténticos marinos como su caso “yo le llamo terrícolas. Le gustó el modelismo y lo empezó a hacer, como si yo mañana me pongo a hacer aviones, no sé volar pero de a poco aprenderé. Los barcos que armé tienen muchos detalles que otros desconocen, hay cientos de cosas en cubierta que marcan diferencias entre quien sabe mucho de náutica y quién no. Los de ellos están medio ‘pelados’, sin gracia”.

En una oportunidad tuvo un cruce con quien era el presidente del CAMNE (Club Argentino de Modelismo Naval en Escala) en los Lagos de Palermo, donde está el Golf porque argumentaba que sus barcos estaban mal lastrados. “Ellos le ponen una varilla de aluminio y en el fondo un lastre tipo torpedito como los de las goletas de la Copa América de regata. Así no se lastra un barco, depende de la característica del mismo” nos explica. Y agrega que este hombre cuando vio navegar a las dos goletas que tenía le dijo “que no sabía lastrarlos; hasta que vio la gorra que tenía puesta y cuando le conté que era capitán de ultramar ahí se terminó la historia”, cuenta riendo. 

Los materiales que ha usado en todos los casos es madera balsa pintados con epoxi por dentro y fuera para sellarlos en todas las uniones. Además de esto le da rigidez al punto tal que hasta alguno lo recubrió con masilla carrocera de auto para simular casco de chapa. Hasta ha comprado placas de cobre para simular los viejos cascos de remolcadores antiguos. En definitiva recorrer en parte su casa es como estar dentro del mar pero en tierra firme. 

Surge en el final de cuál fue el barco que más le gustó de todos hacer y para Jorge “fueron varios. Porque cada vez me fui perfeccionando, al último que hice soldé con bronce, le puse iluminación… pero Austral me encantó hacerlo. Es muy lindo ese velero, yo me imagino tenerlo para hacer excursiones en el sur con pasaje… flor de velero”. Mostrando una vez más su orgullo no solo por haberlo replicado sino de haberlo conocido personalmente demostrando que a pesar que en Villa Gesell no haya piletas para verlo navegar en su imaginación siempre está con velas al viento. 

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“Su” barco orgullo
El Austral es uno de los modelos que tiene armados pero cuando cuenta su historia uno se da cuenta de lo que significa este.

Cuando se iban a reinaugurar las piletas de Libertador (2005), en la época de Aníbal Ibarra, Jorge Magariños había conseguido los planos del Austral a través de gente de Bahía Blanca, “modelismo Browniano, todos de Marina de Guerra. Los consigo, los amplío y empiezo a hacerlo, estuve cuatro meses para terminarlo, con ese gasté una buena plata pero era un momento que se podía. Armé dos veleros, uno de dos palos y otro de tres, pero yo ya no pertenecía más al CAMNE. En la ceremonia de inauguración estaban las cámaras de la televisión y todo cercado así que nos pusimos con otro amigo a navegarlos fuera de ese circuito”. Pero grande fue su sorpresa cuando las cámaras empezaron a tomarlos en primeros planos y no a los del CAMNE, “porque aparte de las velas el Austral tenía máquina. Así que imagínate lo que fue ese momento” cuenta con mucho orgullo porque a la vez conoce ciertamente mucho de la historia del Austral.



Una nave con pasado e historia
Se trata de un motovelero construido en Dinamarca para el Woods Hole Oceanographic Institucion de Estados Unidos con el nombre de Atlantis que el presidente del Conicet y Premio Nobel -Bernardo Houssay- adquiriese en 1967 por la simbólica cifra de 3000 dólares con fines de hacerlo buque de investigación oceanográfica. Si bien el barco prestó durante 40 años algunos servicios para el Conicet por diferentes cuestiones de los tiempos y cuestiones burocráticas entre esta institución y la Marina hicieron que la nave cayese en desgracia. Luego fue pasado a Prefectura y de este barco luego surgió otro llamado Dr. Bernardo Houssay que actualmente presta servicios. 

De este modelo Magariños tiene las dos versiones, tanto el “viejo” El Austral como el que fuera modernizado y de ellos habla con gran conocimiento y orgullo “durante mucho tiempo fue el velero más grande del mundo; no había barcos oceánicos que tuviesen 43 metros de eslora. Un barco precioso, unas líneas, yo estuve a bordo de ese barco en Madryn”. 

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