Opinión

Por Roberto Barga

El Diego, Kirchner y el Covid

29|11|20 10:27 hs.

Es difícil no caer en el mal gusto cuando se quiere hacer lecturas políticas de un hecho doloroso, que es transversal a la toda la sociedad argentina. Por supuesto que hablamos de la muerte de Diego Armando Maradona, esa suerte de dios imperfecto. Sin ánimo de provocar, cuando hablamos de las imperfecciones de dios, basta ver ese notable film de Scorsese “La última tentación de Cristo”, para constatar todas las debilidades que atravesaba Jesús en su camino a la resurrección. Como para no ir con el dedo admonitorio, reclamándole al Diego sus inconductas sociales, siempre juzgadas desde los cánones de la cultura burguesa a la que casi todos pertenecemos. 


Hay pequeños detalles que fungen explicativos para dimensionar al personaje. 

Maradona, sin haber alcanzado el cenit de su carrera estelar, -coincidiendo, qué duda cabe, que esta fue con el gol a los ingleses, y por lo tanto, con la conquista del título mundial-, ya hablaba en tercera persona de él mismo. Las frases eran “Maradona piensa que fue penal” o “Maradona cree que hoy no se jugó bien” y así por el estilo. Sólo los humanos que se acercan a cierta deidad pueden separar a la persona del personaje, para tratar de que la dimensión de la celebridad no se coma al individuo. 

En la figura del “Pelusa” se condensa uno de los retratos más complejos de conseguir, que es el maridaje de lo popular con la belleza. Hay pocos artistas que logran retratar la esencia de lo simple y a la vez hermoso, sin caer en el mal gusto o en lo chabacano. Sin dudas, uno de esos artistas que pudo hacerlo fue Leonardo Favio, que capturó en “Gatica” a otro emergente de los de “abajo” con extraordinaria luminosidad. ¿Qué que no hubiera hecho Favio con Maradona si la vida le hubiera alcanzado para retratar al Diego? Pero Maradona en ese recorrido de deidad, tenía el carisma y el talento para hacer de la escena un imán irresistible. Cantaba y lo hacía bien, bailaba y animaba las fiestas como ninguno, condujo programas de televisión y la atención no decaía. 

 Irreverente por naturaleza, contestatario con el poder, era capaz de proponer frases, que por certeras, hacían pica en Flandes sin tener que agregar nada. 

 Pero lo que tal vez explique esa corriente de amor que generó con tantas gentes, sea la única coherencia que lo caracterizó, siendo él contradictorio e incoherente por naturaleza: nunca se desclasó. En él lo aspiracional fue efímero, más allá del ropaje estético. Sus relojes costosos, sus ropas chillonas, sus autos, sus locos peinados, nunca pudieron esconder su condición de clase. Tampoco le interesaba. Fue sindicalista sin sindicato. Cuando dirigió en México, hace poco de esto, le preguntaron por la presión de un partido, contestó: “presión es levantarse a las cuatro de la mañana para llevar comida a la casa, no un partido de futbol”. 

Nació con los de “abajo”, no le molestaba su condición humilde, no la escondía, al contrario la sacaba a relucir como seña de identidad. 

En Maradona todo se antojaba emocional, con tonalidades que iban del paso de comedia al llanto sin solución de continuidad. En un mundo dominado por las emociones, como traccionador determinante de rechazos y adhesiones, es difícil encontrar a otra estrella capaz de generar amores e incluso odios, pero nunca indiferencia. Las redes sociales pueden dar cuenta de ello, con un tráfico inusitado en estos días. En ellas se vieron de todo: homenajes, poesía y también los comentarios más safios y abyectos. Ya lo dice el mejor descriptor de la postmodernidad, Byung -Chul Han: en las redes no habita prácticamente la razón, sólo hay lugar para las emociones y Maradona era eso. 

A ojo de buen cubero, viendo el desfile de tristeza y congoja en el homenaje póstumo, es fácil determinar que nació el mito. En las largas colas de la despedida, había pibes que por su edad no lo vieron jugar, sin embargo lo sentían como propio. Es evidente que la construcción de la leyenda requiere de la trasmisión del relato, esa que se da de abuelos a padres, y de estos a hijos. Diego lo tiene garantizado. 

Coincidencias 
Volviendo a lo de las interpretaciones políticas, se ha intentado un paralelismo en algunos analistas entre el velorio de Maradona y el de Néstor Kirchner, por el hecho de que los dos se llevaron a cabo en la Casa Rosada, y ahí hay un dato curioso y también coincidente. La muerte de Kirchner coexistió con un momento todavía imperceptible para la mayoría de los medios y para buena parte de la opinión pública: el peronismo gobernante en ese momento en cabeza de Cristina Fernández ya mostraba signos de recuperación. 

Hoy hay estudios demoscópicos que de mínima registran un frenazo en la caída de la valoración que hacen los ciudadanos del actual Gobierno y otras encuestas ven una tímida recuperación, probablemente ligada a la quietud del dólar y curiosamente a la aprobación mayoritaria al tratamiento que le da el Gobierno a la pandemia. 

Un servidor además de constatar el eclipse maradoniano que tuvo en los medios españoles la muerte del 10, pudo ver en primera persona que los ciudadanos de a pie no le facturan al gobierno español casi ninguna responsabilidad por las consecuencias del Covid-19. Este cronista se entrevistó con un ministro de cartera importante que le mostró encuestas con valoraciones que suman más del 30% de apoyo a la alianza social comunista que gobierna la península. Con más de 45.000 muertos y 1.700.000 contagiados, el gobierno de Pedro Sánchez demuestra una fortaleza sorprendente, a punto de aprobar los presupuestos generales del estado y por consiguiente de afianzar el Gobierno hasta agotar la legislatura dentro de tres años. 

Para tomar nota: si los gobiernos muestran empatía con la crisis de la Covid, cosa que no hizo Trump, es probable que no paguen costos políticos , por lo menos que no pongan en jaque su continuidad. 

Otra cuestión que constató in situ este columnista, es que la vacuna y sus derivadas en cuestión de tiempos y disponibilidad, es materia de metedura de pata no sólo en España, sino también en Europa. Un funcionario cualquiera por la mañana dice que la vacuna podría estar en diciembre y, otro del mismo gobierno, por la tarde, habla de enero o de febrero, y no pasa nada. Da la impresión de que el público parte de la base de que la pandemia es nueva y por tanto todavía desconocida. Los yerros parecen no tener costos de gobernanza. 

Dicho esto, no sería descabellado observar que el gobierno argentino, tras haber devaluado la moneda y esperando la vacuna que nos salve de la segunda ola, quede a la espera del famoso rebote que lo afiance en los próximos tres años de mandato.