Mario tuvo su zapatería 34 años en Belgrano, desde hace ocho está en Chacabuco al 500

La Ciudad

Mario Bianco, zapatero desde hace seis décadas

“Estar en la zapatería me da felicidad”

25|10|20 11:22 hs.

Ocurrió hace 61 años, pero Mario lo tiene fresco como si hubiera sido ayer. Su papa lo llevó a la zapatería que su ahijado, Pepe Callá, tenía en la calle Cangallo y le dijo: “Te lo traigo para que le enseñes el oficio”. 


A partir de ese día, Mario después de la escuela iba a lo de Pepe a aprender. A los tres años, el zapatero mandó llamar a su padrino y le dijo que su hijo ya estaba listo para trabajar con cualquier colega. La suerte ya estaba echada…

“Los días que no vengo a la zapatería la extraño. Yo me levanto temprano y significa una felicidad enorme venir acá. Primero empiezo a trabajar a puerta cerrada y a preparar algún pedido y las 8.30 abro. Y empiezan a llegar los clientes, a muchos de los cuales los conozco de años. Ya voy por la tercera generación, he atendido a los abuelos, a los hijos y ahora a los nietos”, cuenta con satisfacción.

“Cuando me tomo unos días o me voy de vacaciones, siempre le digo a mi señora que extraño el olor a zapatería. Y a mis hijos más de una vez les comenté que no sé cómo podría encarrilarme sin tener que trabajar”, agrega el zapatero. “No veo el retiro cerca todavía”, aclara rápidamente luego de contar que tiene 70 años. 

Italia 
Mario Bianco nació en Italia, en Episcopia, provincia de Potenza, cerca de Nápoles, el 15 de mayo de 1950. A los ochos años se embarcó junto a sus padres y sus tres hermanos rumbo a la Argentina. 

El hambre y la falta de “laburo” que acosaba a toda Europa como resaca de la Segunda Guerra Mundial no dejaban muchas alternativas. Sus abuelos y tíos por parte de madre, la familia Mársico, ya estaban radicados en Tres Arroyos y los mandaron llamar. “Yo estoy muy agradecido a la Argentina que cobijó a toda mi familia y nos dio trabajo”, dice. 

Empezó la escuela y en forma simultánea se fue haciendo zapatero. Una vez que terminó el aprendizaje con Pepe Callá, al que Mario define como su “maestro”, siguió con otros que terminaron de moldearlo. Uno fue su hermano Saverio, otro fue Colantonio, “que tenía la zapatería al lado de Casa Calbert”. 

Pero además de ir haciéndose en el oficio, Mario trabajaba en Anselmo. Como buen inmigrante, el “laburo” era una bendición. “De 4 a 13.30 horas estaba en el frigorífico, y de 15 a 20 trabajaba de peón en la zapatería”, recuerda. 

La independencia 
Hasta que le surgió la posibilidad de dedicarse de lleno al oficio que a esa altura ya lo apasionaba. “Me enteré que una zapatería de la avenida Belgrano, ‘Acá está Julio’ buscaba empleado, y fui a preguntar. El dueño era un hombre mayor y ya se quería retirar, entonces me alquiló el local y las máquinas. Así arranqué solo. Ahí estuve 34 años…” 


“Yo estoy muy agradecido a la Argentina que cobijó a toda mi familia y nos dio trabajo”, dice.


A fuerza de meterle horas y, sobre todo, hacer muy buenos trabajos, se fue haciendo una linda clientela que le permitió progresar y sostener a su familia. Mario conoció a Liliana hace 52 años, y tras cinco de novios se casaron. “Llevamos toda una vida juntos. Pasamos las buenas y también las malas. Pero siempre juntos”, dice. 

Tienen dos hijos: María Laura y Pablo, quienes les dieron cuatro nietos. “Yo soy feliz acá en la zapatería y también afuera, tengo una linda familia”, asegura. 

Desde 2012, Mario instaló la zapatería en la misma edificación de su casa. Tras más de tres décadas en la avenida Belgrano, no pudo volver a alquilar el salón y tuvo que mudarse. 

El cambio resultó positivo porque sumó nueva clientela (“esta es una ubicación más céntrica”), mientras que los clientes de siempre lo siguieron a su nueva locación en Chacabuco al 500. 

Mario trabajó toda la vida solo. Siempre de lunes a sábado, doble jornada, pero sin empleado. “Es muy difícil enseñarle a alguien como me enseñaron a mí. Son otras épocas. Y a eso se le suma que ya no hay tanto trabajo porque cada vez son menos los que usan zapatos”, explica. 

“Hoy te entran 20 zapatillas para remendar y sólo un par de zapatos. Antes era al revés. Yo soy zapatero de zapatos, pero tengo que ocuparme de las zapatillas porque es lo que hoy me da de comer”, dice. “Yo hago de todo, eso sí, todo trabajo que hago tiene que estar impecable. Desde que empecé tengo esa política. No voy a engañar a la gente, cuando un zapato o una zapatilla no va más, no va más”, agrega. 

Solidaridad 
La zapatería de Mario tiene varias pilas de zapatos, en las que también hay mezclada alguna cartera y alguna que otra mochila. “Todo eso que ves son trabajos que no han venido a retirar. Hay cosas que deben tener 20 años”, dice. 


El retiro por ahora no está en sus planes. “No lo he pensado, porque la verdad es que me da felicidad estar en la zapatería”.


Si bien desde hace tiempo pide seña cuando el que le deja algún trabajo para hacer y no es un cliente habitual, igual sigue sumando calzados. Sin embargo no es algo que le preocupe, Mario desde hace años ha decidido sacarle provecho a la mercadería. 

Si le encuentra el interesado, termina vendiendo alguno de los pares, si no los dona o los regala, y se mima el alma. “A veces entra gente mayor a hacer algún arreglo y le termino dando uno de estos pares, que por supuesto están todos remendados y en buen estado”, explica. “Eso me llena el alma. Ver que un hombre mayor se va contento con un calzado en buen estado, me da felicidad”. 

Antes de despedirse cuenta que ya tomó la decisión de no abrir los sábados en el verano “para disfrutar un poco más las otras cosas de la vida”. 

Aunque insiste que no está en sus planes el retiro. “No lo he pensado, porque la verdad es que me da felicidad estar en la zapatería”.