María Inés Da Rosa, "Marine" para todos, en su peluquería ubicada en Lucio V. López, frente a la pla

Sociales

Día del Peluquero

“Estoy muy enamorada de lo que hago”

25|08|20 09:21 hs.

Se crío entre ruleros, toca y secadores, y cientos de días vio a su mamá trabajar con las tijeras, el peine y las tinturas. Pero recién se decidió a abrazar el oficio a los 36 años, luego de una separación y con la necesidad de llevar adelante una casa con cuatro hijos. 


Entonces, no se puede hablar de amor a primera vista para definir la relación entre Marine y la peluquería. Pero sí de un profundo enamoramiento. Porque una vez que arrancó, ya no paró. “Amo lo que hago. Para mí es un placer venir a trabajar”, dice. 

María Inés Da Rosa es Marine para todos. Marine también es el nombre que le puso a su peluquería desde que arrancó. Y arrancó desde bien abajo y haciendo un sacrificio que hace que de sólo recordar los inicios se le humedezcan los ojos. 

Es hija de peluquera, está dicho, pero la decisión de casarse a los 18 años y la llegada de sus cuatro hijos, hicieron que no tuviera espacio en esa etapa de su vida para escubrir la pasión por las tijeras. 

Durante casi dos décadas se dedicó a criar a sus hijos y cuando pudo empezar a trabajar lo hizo en un comercio atendiendo al público. Hasta que llegaron los quiebres. 

Se separó y un par de años después se quedó sin empleo. Casi todo a la vez. Un sacudón profundo que la obligó a una decisión jugada. “Me decidí a estudiar peluquería y dedicarme a esta profesión maravillosa y me fui un año a Mar del Plata a hacer un curso intensivo”, cuenta. “Tuve la ayuda de los abuelos -maternos y paternos- de mis hijos, a quienes se los dejé al cuidado. Fue un gran sacrificio porque nunca me había separado de ellos. Me acuerdo que lloraba todas las noches por lo que los extrañaba”, comenta sobre aquellos días. 

A eso se le sumaba que en la academia trabajaban con cabezas de muñeca y eso le resultaba aburrido. Entonces empezó a plantearse abandonar. “Mi supervisora se dio cuenta, habló conmigo y al otro día pasé al salón a atender a clientas, y ahí se vino lo bueno. Ahí comencé de a poco a darme cuenta que esto iba a ser mi vida”. 

En Mar del Plata también comenzó a trabajar de aprendiz ayudanta en un salón de mucho prestigio y de un conocido estilista en la calle Güemes. “Pude dar los primeros pasos de la mano de un grande. Eso fue importantísimo”. 

Si bien le ofrecieron trabajar durante la temporada en el local, Marine ya había pasado tiempo lejos de sus hijos y regresó a Tres Arroyos. “Y empecé de abajo, como corresponde. Haciendo domicilios y atendiendo en el living de mi casa”, recuerda. 

Luego pudo remodelar la cochera de la casa que alquilaba con la ayuda de su papá carpintero y la peluquería quedó a la vista. “La gente me adoptó como la peluquera del barrio. Aún conservo esos primeros clientes y familias enteras”. 


Marine, como la llaman todos y como le puso a su peluquería, empezó en su casa, luego se mudó a un salón en Isabel La Católica al 100 y más tarde a su actual ubicación, en Lucio V. López, frente a la plaza San Martín



“No fue fácil, debía mantener a mis cuatro hijos sola. En ese entonces en cada oración de la mañana le pedía a Dios -mis oraciones diarias las sigo haciendo- que entrara un cliente para poder hacerles el almuerzo a mis hijos, que eran chicos y los cuatro iban al colegio. Vivía el día a día”, asegura. 

La posibilidad de ir a Claromecó a trabajar con un colega de más trayectoria la ayudó a estar en contacto con colegas y con más gente. También comenzó a realizar cursos. Y así fue agrandando la clientela. Tiempo después el colega Alejandro Duhalde estaba por dejar el oficio para dedicarse a otra actividad, le ofreció su salón. “Como conocía mi manera de trabajar, que se parecía mucho a la de él, me ofrece su pequeño local con su clientela para no dejarla en banda. Para mí era una gran oportunidad, era subir un escaloncito mas, me ayudaba”. 

Así fue que se trasladó de la calle Paso al 500 a Isabel La Católica en la primera cuadra. “Me siguieron mis clientes más lo que tenía Alejandro… Mi pequeña empresa creció un poco”. 

Tras casi seis años decidió dar otro paso. “El local era muy pequeño y yo necesitaba más espacio para mi clientela. Terminé alquilando el salón donde estoy ahora, en Lucio V. López, frente a la plaza San Martín. Me asustó un poco la idea de dejar de trabajar en barrios para venir al centro. Además, mis clientes debían pagar estacionamiento medido… Algunos me renegaron un poco, tal vez algunos perdí, pero gané muchos. Este lugar es muy lindo, tiene una vista hermosa, es cómodo. Y puedo ofrecer un mejor servicio a mis clientes”, cuenta Marine con satisfacción. “Mi lugar en el mundo es éste, mi salón. Mi trabajo es el amor de mi vida… Amo tanto esto que hago”, confiesa.

Y si de revelaciones se trata, cuenta que nunca se tomó más de 10 días de vacaciones, que trabajó con fiebre, recién operada, en plena Noche Buena o Fin de Año, y hasta que llegó “dos horas tarde” al egreso de sus hijos. “La pandemia nos obligó a parar, estuve 50 días sin trabajar, no fue fácil porque yo vivo de esto. Pero primero está la salud”, dice. 

En la despedida le agradece a su fiel clientela, y saluda a sus colegas. “Tenemos un grupo de WhatSapp y estamos siempre en contacto. Yo tengo una linda relación con todos”, asegura. “¿Si hay algo que no me gusta de mi trabajo? No, nada. De la peluquería me gusta todo. Esto es lo que me hace feliz”, dice en el cierre por si había quedado alguna duda…