Opinión

Editorial

Bielsa en el último hogar de rosas

19|07|20 17:21 hs.

En “Lugar común la muerte” Tomás Eloy Martínez, relata los últimos días de personajes conocidos del mundo político y literario global. Entre ellos, las jornadas finales de Juan Manuel de Rosas en Inglaterra, en completa soledad, luego de veinticinco años de exilio, alejado de la pampa bonaerense, que dominó con mano firme. Despojado de poder y de gloria, al otro lado del mundo. La historiografía del siglo XX, entre debates académicos y políticos, le fue encontrando su lugar en la historia y fue apreciando, no sin fuertes discusiones, su rol en la construcción del Estado argentino. Polémico, contradictorio, sumido y protagonista del árido, violento y nebuloso siglo XIX argentino, Rosas, por el calibre de su impronta, ejemplifica, el desprecio que muchas veces exhibe la sociedad vernácula por sus hombres y mujeres destacados. Reconocidos luego, cuando el tiempo de sus vidas pasó o por la frescura de una mirada ajena, alejada del afán por la disputa que tenemos en el país. 


En Inglaterra otro argentino destaca. Lejos de la voracidad destructora que muchas veces, arropada de exitismo, muestra el periodismo deportivo, sobre todo el futbolístico. No son historias comparables, son vidas bien diferentes, pero con algún punto en común aunque con resultado inverso en ella: la geografía. Para Rosas Inglaterra fue la tierra del olvido, del ostracismo forzoso, de la lenta y triste soledad del hombre fuerte de Buenos Aires. Para Bielsa, es el relieve donde finalmente pudo demostrar que haciendo bien las cosas el triunfo llega. Grandes campañas sin éxito, del que se mide solo por la cantidad de torneos ganados, lo que para muchos lo convirtieron en un perdedor serial, un don nadie en un mundo que premia la banalidad del resultado, tuvieron para él, allí, su revancha definitiva. 

Criticado por las cuestiones más elementales que honran cualquier trabajo: responsabilidad, planificación, seriedad, compromiso, entrega y pasión absoluta; denostado por hablar el idioma de la coherencia que surge de la unión entre convicción personal y tarea cotidiana; evaluado por la cantidad de copas que hay en su vitrina personal y no por la materia de su profesionalismo, Marcelo Bielsa acaricia la gloria en una tierra lejana. El Leeds United, histórico club inglés, luego de dieciséis años, regresa a la Premier League, el torneo más competitivo, más vistoso futbolísticamente hablando y millonario, de la esfera planetaria. Y llega, con el temple de su conductor. Modesto, austero, tímido, ajeno al show, abrazado a su pasión, querido por sus dirigidos a lo largo y a lo ancho del planeta fútbol y respetado por sus colegas técnicos. 

Pero su gloria la consigue en la isla en donde otro polémico como él obtuvo la desdicha. Historias paralelas pero distintas. Argentina para uno fue el sumun, la cúspide de la gloria personal, para el otro, el desdén, la incomprensión y el reconocimiento parcial, en Rosario, en su hogar, que será siempre Newell’s Old Boys. Inglaterra, para el primero, será el lugar gris, oscuro, del triste y solitario final, parafraseando a Osvaldo Soriano. Para el santafecino está siendo la tierra de la redención, de la confirmación de sus puntos de vista, de la comprobación de sus hipótesis deportivas. 

Es cierto, no son comparables por la envergadura de su rol en la historia del país. Pero lo son, en tanto ejemplifican en áreas y ámbitos de acción disímiles, la intemperancia, el apuro, la injusticia con que calificamos y desdeñamos a personajes surgidos de nuestra cantera histórica. Esa ausencia de equilibrio que nos impide acordar, sin comprender que hacerlo, no significa siempre y necesariamente renunciar a nuestras diferencias. Una idiosincrasia que nos lleva y conduce al fracaso recurrente, embebidos solo de nuestras visiones parciales, despreciando a otros, sobre todo a los propios, por esa manía miope por contradecir. 

A la distancia, luego del océano, otro argentino hace historia, en el mundo más popular de todos. Una gloria fraguada en dos años de luchada y aguerrida campaña en la segunda división inglesa e iniciada, hace décadas, cuando por primera vez dirigió un equipo de estudiantes en la Universidad de Buenos Aires. Marcelo Bielsa, muestra, como siempre, todo lo bueno de lo que somos capaces. El escenario en donde lo logra, paradójicamente, nos recuerda uno de nuestros rasgos menos favorables como sociedad: el desprecio de los nuestros o su reconocimiento tardío, empujando sus vidas a brindar sus talentos en otros lugares, en otros territorios, a miles de kilómetros de casa. La cara y la cruz, de un país, empecinado, muchas veces, en arrinconarse en sus contradicciones.