El presidente Alberto Fernández, junto a Horacio Rodríguez Larreta y Axel Kicillof

Opinión

Política Nacional

Sobran las preguntas; faltan respuestas

29|06|20 10:13 hs.

Por Roberto Barga


Si damos por buena la idea de que Alberto Fernández se jugaba mucho en el discurso que pronunció en la tarde del último viernes, podemos decir que desde el tono empleado y desde la resolución estética, el examen fue aprobado. 

No es fácil proponerle a la sociedad argentina un nuevo esfuerzo y mucho menos cuando en el horizonte sólo se ven malas noticias. 

Pero tratemos de hacer una génesis que permita explicar por qué la intervención presidencial y como correlato, también la de Rodríguez Larreta y la de Axel Kicillof, se antojaban como definiciones con mucho morbo y gran expectativa. Venimos insistiendo en estas columnas, que el deterioro económico sube con la misma intensidad que la curva de contagios del Covid-19. 

Para muestra, algunos botones: en los últimos 60 días rebotaron cheques por 58 mil millones de pesos, la construcción desde la cuarentena se desplomó a 75% y la industria en un 33%. Hace falta recordar que Argentina arrastraba los números del “macrivirus”, para darse cuenta de que tras llovido mojado. 

De los cuatro años de gestión macrista, tres arrojaron números descendentes en el PBI y muy probablemente, Argentina perfore los 10 puntos de caída y supere la performance terrible del 2001. 

Este es el escenario donde se está jugando el partido y ya pueden todos los estudios demoscópicos decir misa, con respecto a la aprobación de la continuidad de la cuarentena, pero la sensación extendida es que la temperatura social va en aumento y que la mecha es corta. Por eso es tanto lo que estaba en juego. 

Cualquier metida de pata o confrontación equivocada podía ser de no retorno. Sobre todo con los sectores medios, que ya estaban adobados con el tema Vicentín. 

Por cierto, la información de este cronista, es que el affaire dormirá el sueño de los justos y que la Rosada, prefiere que la cuestión se olvide. 

Regresemos al discurso presidencial, que fue grabado y por consiguiente, sin preguntas del periodismo. Originalmente los anuncios estaban previstos para el jueves 25, pero las persistentes diferencias con el alcalde de CABA y un espíritu derrotista, tal vez teñido de demasiados colores tanáticos, desaconsejaron a la mesa chica de Alberto enfrentar las cámaras, después de la larga reunión con Larreta y Kicillof.

En lo que ya parece un modus operandi, la exposición presidencial fue anunciada para la mañana del viernes y se consumó, por la tarde. 

El Presidente enfrentó la parada, con escenario cuidado, fondo verde y boscoso, banderas argentinas y Larreta y Kicillof guardando distanciamiento social. Bien ahí. El tono presidencial fue correcto, cálido dentro de lo que la ocasión permite y evitando en todo momento atribuir responsabilidades por la disparada de casos a los ciudadanos. 

Vale recordar que veníamos del desdichado “querían salir a correr, querían salir a pasear, ahí tienen las consecuencias”. Pero en el mayor acierto de la narrativa del Presidente, tal vez radique el huevo de su serpiente. No importa, hoy era tiempo de asumir riesgos. ¿Por qué? Hubiera sido un error imperdonable que Fernández le dijera a los Argentinos que este era el último esfuerzo que solicitaba a una sociedad diezmada. 

Todo el tiempo hizo hincapié en que la enfermedad no tiene cura, desde el primer minuto remarcó que la gente está cansada, que el esfuerzo tuvo sentido y comparó el número de muertos con muchos otros países. Y ahí puedo sacar pecho: Argentina tiene 25 muertos por millón de habitantes. Chile sin ir más lejos 250 por millón, 10 veces más. Perdón, pero en la era del dataísmo, todo se vuelve comparable. 

Tal vez el único desacierto fue la frase “la única cura hasta ahora es la cuarentena”. Y la verdad es que no, el abyecto bicho desgraciadamente no tiene cura, hasta que aparezca la vacuna. La cuarentena sólo nos aísla para no enfermar. 

Por último la alocución tuvo momentos aperturistas, “no soy un necio, sé escuchar”, “les pido que nos ayuden”, “no bajemos los brazos”, “somos un gran país”. Recordando tiempos duhaldistas, faltó “estamos condenados al éxito”. 

Diseccionando a los oradores de este trio tan mentado, Kicillof estuvo en su línea, pero a su favor jugó que fue breve y conciso. Y Larreta coló algunos ejes propios de un político de su tiempo, de este tiempo. 

Habló del “éxito del Plan Detectar en la Villa 31”, festejó que desde el domingo pasado ya no se registran casos en ese barrio y todo el tiempo desplegó sutilezas que hacían pensar en un camino venturoso contra el taimado virus. Ilusionismos del marketing, tan en boga en muchos dirigentes. 

Queda para el devenir de los acontecimientos un conjunto de interrogantes, que un servidor los escribe en forma aleatoria: ¿Esta nueva fase regresiva de la cuarentena, será de cumplimiento masivo, como lo fue, la del comienzo? ¿Está el horno para que las fuerzas de orden público secuestren coches, si sus conductores no circulan con el permiso correspondiente? Recordemos que en la primera cuarentena se secuestraron 10 mil unidades. ¿Si al finalizar este nuevo periodo, esto es el 17 de julio próximo, los resultados no son los esperados, hay espacio para una nueva prórroga? 

Sabiendo que el Covid no tiene cura y ante la experiencia empírica de que el virus tiene rebote en forma de focos, como pasa ahora en Europa, ¿no es momento de plantearle a la sociedad, que hay que convivir con el virus, por un buen tiempo? ¿Y si tenemos que convivir con el virus, no habría que aceptar que el sistema sanitario argentino, a pesar de todo lo hecho en estos cien días, no tiene la robustez de los sistemas del primer mundo y por lo tanto habrá más muertes? 

Se acentuó considerablemente que la causas de la circulación virósica estaban asociadas a la apertura comercial porteña. ¿Se toma conciencia de lo que pasa hoy en Gonzales Catán o en la ruta 197? ¿Y ese paisaje que muestra el rostro más tenaz de las necesidades, es cuarentenable? 

Sólo preguntas y pocas respuestas, porque en política dos más dos no es cuatro. 


Roberto Barga