Opinión

Perfiles

Owens: el atleta negro que ridiculizó a Hitler

28|06|20 19:08 hs.

Por Pablo Tano (*)

Oakville, Alabama, 1913. Tiempos de una sesgada segregación racial. Los afroamericanos marginados y olvidados en las zonas rurales. Postergados y usados. Generaciones enteras dedicadas a la esclavitud de trabajar la tierra de los feudos, para llevarse a casa una ración de comida luego de cosechar interminables horas y en condiciones inhóspitas. Parceros y arrendatarios. Un régimen postergado que extrapolado a la actualidad, parece que solo haya cambiado el color sepia de la fotografía. La involución propia de los gobiernos usando el poder blanco para seguir dominando a la raza negra. 

Todo a pesar de que el presidente de Estados Unidos, Abraham Lincoln, había determinado el fin de la esclavitud el 1º de enero de 1863. Tampoco era un abolicionista más allá de proclamar la Emancipación de Esclavos en algunos Estados. En los que ya estaba instaurada podía mantenerse. Los liberaba pero “invitaba” a los afroamericanos que emigraran a Liberia o Centroamérica donde, según él, serían mejor tratados. 

“Vosotros y nosotros somos razas diferentes. Tenemos entre nosotros la mayor diferencia que existe entre prácticamente de cualquier raza. No necesito discutir si es correcto o incorrecto, pero esta diferencia física es una gran desventaja para ambos. Creo que vuestra raza sufre mucho, en parte por vivir entre nosotros, mientras que la nuestra sufre con vuestra presencia”, pronunció ante cinco afroamericanos. 

Contexto adverso 
Imaginen. En ese marco nació James Cleveland Jesse Owens. El menor de 10 hijos y nieto de un esclavo. Su padre, Henry, trabajaba en la cosecha del algodón, el único medio de subsistencia para la raza negra por entonces en un pueblo donde no había fábricas ni industrias pujantes. Y menos por su condición. Por ser “humanamente” negro. Los resabios repugnantes de la debilidad de la especie. 

Con solo seis años, Jesse ayudaba a su padre aunque padecía problemas de salud como neumonía y bronquitis. Su madre, al no poder llevarlo al médico, debió cortarle con un cuchillo una protuberancia que le había aparecido en el pecho. Sobrevivir como se podía y con lo que se podía. Así era la vida de la numerosa familia Owens. Pero al pequeño ya le gustaba correr… 



El cambio radical de la familia Owens se produjo cuando Jesse tenía 9 años. Era la Época de la Gran Depresión o la Gran Migración hacia el norte: se calcula que al menos 1,5 millón de negros dejaron su tierra natal para buscar un mejor porvenir en Cleveland, Ohio. El padre del joven consiguió trabajo en una fábrica de acero y él se matriculó en la Escuela Primaria de Bolton. Corría en los recreos como un toro herido en rodeo. Alguien captó sus habilidades y lo convenció para que iniciara su nueva etapa en la Fairmount Junior High School. Allí apareció el entrenador Charles Riley, quien lo guió en sus prácticas antes de la escuela. Owens, además trabajaba como repartidor de víveres y reparando calzados. El menor de los 10 hermanos ya tenía 15 años… 

 Contra los prejuicios 
Los años pasaban y Jesse fue mejorando su técnica y sus registros. Era una superación constante y la alta competencia le fue dando un mayor crecimiento. Recibió innumerables propuestas universitarias, pero se inclinó por la Universidad de Ohio. Se codeó con los futuros atletas olímpicos y no hubo escollo que no superara. La discriminación fue uno de ellos más allá de lo deportivo. Había que curtirse en ese ambiente hostil. Y así se fue haciendo fuerte. 

Riley inculcó que corriera como si la pista estuviera en llamas. “Dejé que mis pies pasaran el menor tiempo posible en el aire. Desde al aire, baja rápido. Y desde el suelo, sube rápido”, comentó tiempo después sobre la técnica que fue perfeccionando. En Ohio se encontró con el entrenador Larry Snider, quien sería su mentor definitivo hacia esa soñada proeza en Berlín 1936. Es que el prestigioso formador era uno de los pocos que aceptaba en su equipo atletas negros. Owens trabajó en gasolineras y en una empresa de ascensores para pagar la matrícula de la Facultad. Sus registros en 100 metros y en salto en largo sorprendían. Los Juegos Olímpicos de Hitler se aproximaban. 

En 1935, a pesar de que se convirtió en el primer capitán negro de un equipo universitario, tenía restringido el ingreso a los campus, comer en los mismos restaurantes que sus compañeros blancos cuando viajaba u hospedarse en los mismos hoteles. Ese año significó el despegue absoluto: marcó tres récords mundiales en el meeting de Michigan, en el Big Ten de Ann Bor. Estableció una marca histórica de menos de 23 segundos en recorrer 220 yardas con vallas. Además, se impuso en las 220 yardas y en 100 metros llanos. ¡Todo en 45 minutos!! 



El amor pudo más que el odio 
El régimen nazi dominaba Alemania y Adolf Hitler era el centro de las miradas al ser el principal impulsor de los Juegos Olímpicos de Berlín. Su influyente director de propaganda, Joseph Goebbels, centraba su xenofobia hacia la raza negra, “inferior” y quería, al igual que su jefe, ratificar a toda costa la supremacía de la raza aria. Todo el aparato insurgente a disposición de una competencia de tal envergadura mundial que reflejaría el crecimiento de una nación en un evento que se televisaría por primera vez. Y la hostilidad del público en el Estadio Olímpico. No querían ver a un atleta negro subirse al podio. 

En la película Race (2016), dirigida por el británico Stephen Hopkins, que retrata con soberbia precisión y sin caer en los clichés propios hollywodenses la vida del gran héroe que sufrió atropellos por su color de piel desde su juventud, se convirtió en la estrella de Berlín 1936 y debió soportar constantes vejaciones adentro y fuera de la pista. Un film hecho con el alma. 

Una de sus hijas, Marlene Owens, describe que “el racismo en Estados Unidos es rampante y siempre está encubierto, para ascender a la superficie de vez en cuando". Y agrega: "Y lo ves con mi padre. Si hubiera sido blanco, hubiera tenido un trabajo y toda la gloria que le correspondía. Ahora, también digo que ser negro te hace más fuerte y te ayuda a sobrevivir". 

Owens pulverizó marcas ante un Estadio enmudecido para colgarse cuatro medallas doradas en 100 metros, 200 metros, salto en longitud y en la posta 4x100. Mientras tanto, Hitler, en el palco oficial, fruncía el ceño y miraba hacia el piso, incrédulo, sin poder ocultar su fastidio. Su candidato, el de todos, el alemán Carl Ludwig Luz Long, quien entabló una amistad sincera con Jesse durante la competencia, sucumbió ante el poder negro. 

Nadie hasta el momento había conseguido semejante proeza. El récord del joven de 23 años duró hasta que el velocista Carl Lewis, en Los Ángeles ’84, se bañó en oro la misma cantidad de veces y comenzó a marcar una nueva era en el atletismo. 

El mito de si Owens y Hitler se saludaron luego durante la competencia aún sigue siendo confuso. En una entrevista al diario The Pittsburg Press (1936), el atleta de Alabama confesó que “nos saludamos con la mano fuera de cámaras. Sucedió que él tenía que irse antes de la entrega de medallas de los 100 metros”. Asimismo, en su biografía The Jesse Owens Story (1970), el campeón narró que tanto Hitler como el Gobierno alemán enviaron una carta oficial de felicitación por su brillante actuación en la cita olímpica. 

El desprecio en tierra natal 
A pesar de haberse convertido en el hombre más famoso del mundo por unas semanas, Owens regresó a su país en un absoluto hermetismo y nunca fue reconocido por lo que hizo. El presidente de Estados Unidos, Franklin Roosevelt, no lo felicitó ni lo invitó a la Casa Blanca. Además, lo hicieron ingresar por la puerta de servicio del lujoso hotel Waldorf Astoria, en Nueva York, en la que era una fiesta en su honor y, con el tiempo, se vio obligado a correr exhibiciones contra caballos para ganarse la vida. Dicen que cobraba 50 dólares por competición. 

"Siempre estuvo mejor valorado en Europa que en EEUU, siendo entonces lo que era y lo que es todavía", reflexiona Marlene, y señala: "Para alguien como mi padre, que dejó el alma y el corazón en lo que hacía, es muy injusto. Pero mantuvo su cabeza alta y siguió con su vida, porque eso no iba a ser la totalidad de su existencia. Siempre digo que los Juegos Olímpicos es algo que hizo, no lo que él era en realidad". 

En 1976, cuatro años antes de morir de cáncer cuando tenía 66 años, finalmente el presidente Gerard Ford lo condecoró con The Medal of Freedom (La Medalla Presidencial de la Libertad), la distinción más importante que puede recibir un civil en ese país. Un gesto que llegó tarde. 

Owens era humanamente valioso, sin envidia, sin rencor y sin recelo hacia nadie. Aquel germano que lo aconsejó en plena competencia en Berlín para que realizara un mejor salto, sí, Luz Long, la figura local, murió en San Pietro, Sicilia, en la Segunda Guerra Mundial, en 1943. Ambos se escribieron cartas después de 1936 y cuando su rival falleció en batalla, Owens, a pedido de su amigo, habló con su hijo, le contó sobre su padre y ayudó económicamente a su familia. 

(*) El autor es periodista. Nació en Tres Arroyos y reside en Capital Federal 

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