La Jueza Verónica Vidal durante una de las audiencias del debate celebrado días atrás

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Opinión

La razón más triste “del horror”

21|06|20 09:47 hs.

Por Quique Mendiberri


Muchas veces los hombres solemos bromear en el seno de nuestras familias comentando que el día del Padre es “el día más importante del año”. Los más afortunados cuentan con un coro de seres queridos que los avala, otros debatirán con afines a la madre lo valioso que es también el tercer domingo de octubre o hasta la misma Navidad, si se instala ese saludable debate familiar. 

Sin embargo, hay muchos que hace años no reciben un saludo fraternal de parte de esos hijos que, ante el surgimiento de una enfermedad o los inconvenientes de una convivencia difícil, optan por mudarlos a una residencia para adultos mayores. 

Con el tiempo, la “tranquilidad” de tener a los viejos en un lugar supuestamente protegido de las inclemencias de la vida, va librando su suerte al azar. Al punto tal, de aceptar el manejo total de su cuidado por parte de manos improvisadas o ingresadas al servicio, impulsadas principalmente por el afán económico del negocio que se presenta en la previa a la obtención de la anhelada licencia de geriátrico. Un escalón “superior” que exige más inversión para el cumplimiento de normas que, en muchos casos, hasta principios de 2018, en Tres Arroyos se había elegido no cumplir. 

El fallo en primera instancia no fue solamente un castigo a la actuación de las dos imputadas, sino también un llamado de atención a los responsables de los más de treinta sitios que aún brindan ese servicio en nuestra ciudad, para recordarles que, si hay desidia en los controles del Estado, puede que no haya contemplaciones en las acciones de la Justicia


La semana que acaba de terminar, comenzó sus días hábiles con un hecho sin precedentes. La Justicia condenó a ocho años de prisión a las dos encargadas de una residencia para adultos mayores, a las que también se les prohibió ejercer el cuidado de personas por otros diez. 

El fallo en primera instancia no fue solamente un castigo a la actuación de las dos imputadas, sino también un llamado de atención a los responsables de los más de treinta sitios que aún brindan ese servicio en nuestra ciudad, para recordarles que, si hay desidia en los controles del Estado, puede que no haya contemplaciones en las acciones de la Justicia. Conformarse con la posibilidad de seguir operando a pesar de la nula respuesta a los llamados de atención que el Municipio efectúe en sus controles (cómo ocurrió en este caso), puede derivar en el inicio de una causa con impensadas consecuencias, como lo fue el fallo de la doctora Verónica Vidal el pasado martes.

La pena de ocho años de prisión es casi el máximo (10) previsto por el Código Penal para el delito de “abandono de persona agravado”, cuando a consecuencia del abandono, la víctima sufre un “grave daño” en el cuerpo o en su salud. 

La jueza Verónica Vidal es la responsable de que todo lo descubierto por distintas autoridades en aquella tarde del 31 de enero de 2018, se haya ventilado en un debate. La magistrada había rechazado un acuerdo de juicio abreviado en 2019, cuando la defensa de las imputadas y el fiscal Lemble habían acordado la firma de una pena de tres años de prisión en suspenso, e impulsó el debate. 

Este juicio sirvió también para entender que el abandono no es llevar a nuestros padres a un geriátrico para hacer nuestra vida más útil o llevadera. El abandono es desentenderse de ellos completamente, al punto tal de otorgar un poder a un desconocido para que cobre sus haberes, los administre y se encargue de su bienestar mientras está en ese lugar


Durante el juicio pudo saberse que la denuncia de Aldana Zalasar no fue la única que se había radicado sobre la manera en que vivían los habitantes de la casa de la avenida Güemes 1336, que incluso fue inspeccionada y se le hicieron observaciones que no cumplieron y sobrevivieron a la clausura cuando, en enero de 2018, su última denuncia en contra conoció la luz a través de la prensa. La exposición y su bautismo mediático de “geriátrico del horror” fueron clave para visualizar el camino que tomaría la Justicia dos años después. 

Lo triste 
Sin embargo, el detalle más triste surge de lo implícito. Los seis adultos mayores y el joven que padecía un “retraso mental moderado”, según lo descripto por la profesional que lo atendió, vivían en las condiciones que motivaron la condena como consecuencia del abandono sufrido, no solamente por Liliana Sánchez y su hija Carla Barroca, sino a manos de sus propias familias. Factores sociales, económicos y hasta de salud pudieron escucharse entre las justificaciones que trataron de lavar las razones por las que, en algunos casos, varios viejitos pasaron sus últimos días de vida “en el horror”. 

Este juicio sirvió también para entender que el abandono no es llevar a nuestros padres a un geriátrico para hacer nuestra vida más útil o llevadera. El abandono es desentenderse de ellos completamente, al punto tal de otorgar un poder a un desconocido para que cobre sus haberes, los administre y se encargue de su bienestar mientras está en ese lugar. 

Si no cuidamos a nuestros viejos, nuestros hijos lo ven y lo toman con tanta naturalidad como conveniencia cuando sean ellos los que tengan que decidir sobre nuestras propias vidas. 

Si, por lo menos, no empezamos a naturalizar que, no sólo el día del Padre, sino todos los días que sirvan para unir a la familia son “los más importantes del año”, desaparecen los lazos que naturalmente nos llevan a hacernos cargo de nuestros mayores y todos, en la medida de las posibilidades, corremos el riesgo de que el “geriátrico del horror” se transforme en nuestra residencia del futuro. 

No debe entenderse como inadmisible la opción de buscar una residencia como alternativa cuando, por ejemplo, estar solos puede ser un peligro para la propia vida de los ancianos. Lo más triste “del horror” es la indiferencia que muchas veces termina matándolos, no sin antes propagarse culturalmente de una generación a otra, hasta alcanzarnos a nosotros mismos.