Sociales

Javier Rodríguez

Padre esperanza

21|06|20 09:14 hs.

Texto y fotos Juan Berretta


En el doloroso relato de Javier Rodríguez no hay siquiera un amague de queja. Recorre lo que ha vivido en los últimos cinco años sin rabia, sin bronca y sin resentimiento. Su voz en algunos tramos se tiñe de emoción. Pero como un boxeador que se quiere escapar de los puños de un rival que lo tiene contra las cuerdas, Javier sale rápido de ahí. La mirada le queda brillosa pero su intención es que no se confunda el mensaje que quiere transmitir. Para él lo más importante es contar “que siempre hay una luz al final del túnel. ¿Que es difícil llegar hasta ahí? Sí, es dificilísimo, pero no imposible. Siempre hay que tener esperanza”.

Javier desanda su vida con frases cortas y palabras simples. “Soy de madera para hablar”, aclara como si su sencilla forma de hacerlo le fuera a quitar dramatismo y potencia a su historia de vida. A su historia de padre. 

La adopción de sus hijas, la lucha diaria para que la más chica evolucione con su retraso madurativo; un infarto, un ACV como consecuencia de ese infarto; el fallecimiento de su esposa; la sorpresiva muerte de su madre; la paralización del frigorífico Anselmo, su fuente de trabajo… “Me pasó de todo, es verdad, pero no soy de mirar para atrás. Soy muy creyente y pienso que por algo pasan las cosas. Y siempre voy para adelante”. 

Amores a primera vista 
Javier se crió en el Barrio Fonavi Terminal y el primer golpe la vida se lo dio temprano: su padre falleció cuando tenía siete años. Así fue que mientras su mamá trabajaba para mantenerlos a él y a su hermana, la abuela se hacía cargo de cuidarlos. 

Ni bien terminó el secundario entró a trabajar en la fábrica de termotanques y calefactores Salmo (hoy Trezzo), y un año después, con 17, ingresó al frigorífico Anselmo, de donde le gustaría estar hasta la jubilación. Para eso falta, recién tiene 42 años. 

De la casa materna se fue a los 20, cuando decidió mudarse con Ivana, la que hasta hace dos años fue su compañera de vida, a una casa del Barrio Canadiense. “Nos conocimos y a los meses ya nos fuimos a vivir juntos”, cuenta. Poco tiempo después la pareja tuvo que superar una prueba difícil. Como consecuencia de una fiebre reumática que padeció de chica, contrajo una afección cardíaca y debió ser intervenida en Buenos Aires. 

“Le hicieron el trasplante de la válvula del corazón y salió todo bien. Aunque el cardiólogo antes de darle el alta nos advirtió que era muy riesgoso que quedara embarazada”, recuerda Javier. La pareja asimiló rápido la noticia y fue en busca de concretar el sueño de formar una familia. Realizaron todos los pasos legales para lograr adoptar un bebé. A los 10 meses los llamaron de la Asociación del Menor y la Familia para que conocieran a dos hermanitas. Allá fueron Javier e Ivana a pasar un rato con Rocío y Nicole, por ese entonces de cuatro y dos años.

“Fue amor a primera vista con ellas, y es así hasta el día de hoy”, dice con una sonrisa. En el tercer encuentro Rocío les dijo que se quería ir a vivir con ellos.

Pese a que no tenían nada preparado en su casa para sumar a las nuevas integrantes, pese a que ninguna de las dos era un bebé como habían soñado, y a que Nicole padecía un retraso madurativo, lo que implicaba una crianza compleja, el matrimonio no dudó en dar el sí. Y el 23 de diciembre de 2012 durmieron todos juntos por primera vez en la casa de Sarratea al 1300. 

“Nosotros teníamos una habitación disponible, pero sin nada. Y ellas además venían con lo puesto…”, cuenta. Los primeros días la pareja los utilizó para vestir y armarle su habitación a las hermanas. Un par de meses después empezaron con la complicada misión de ayudar a que Nicole transite mejor sus días. “Además del retraso madurativo no podía caminar porque tenía los pies bot (hace el gesto de que los apoyaba de canto). Durante varios meses estuvimos yendo a Bahía Blanca todas las semanas para tratarla, hasta que la pudimos operar, y gracias a Dios hoy camina bien”, dice.

También comenzaron con el tratamiento psicológico, y con los trabajos con una fonoaudióloga y una psicopedagoga, que continúan en la actualidad “y que gracias a Dios hace que venga evolucionando muy bien”. 

Doble golpe 
La familia ya se había acomodado, Nicole mejoraba y Rocío se había adaptado también a tener límites y contención, cuando un infarto primero y un ACV después pusieron contra las cuerdas a Javier. “Yo tenía 37 años, era joven, pero estaba el antecedente de mi viejo, que se había infartado a los 43”, explica. 

Después de estar un par de semanas internado en el Hospital Pirovano regresó a su casa a continuar con la recuperación, pero 15 días después un coágulo que había quedado tras el infarto le llegó al cerebro y le produjo el ACV. Luego de una semana internado en Bahía Blanca y 45 días en la Clínica Hispano, Javier volvió a su casa con la mitad derecha de su cuerpo paralizada. 

“Arranqué la rehabilitación con una kinesióloga y una fonoaudióloga, y me recuperé en poco tiempo. Y no tengo secuelas, sólo que cuando me pongo nervioso tartamudeo un poco”, explica. 

Aunque lo que se lee como un proceso sencillo y rápido, en realidad en total le demandó casi un año, lapso en el que durante seis meses no pudo salir de su casa, por ejemplo. “La pasamos jodida, es cierto”, dice sin quejarse. 

Madre y padre 
Mientras la salud de Javier se normalizaba la de Ivana empeoraba. Sus problemas cardíacos se hacían cada vez más evidentes y era imperiosa una nueva intervención quirúrgica. Se decidió realizarle un nuevo trasplante de válvula en Mar del Plata, pero no resistió la operación y Javier volvió solo a Tres Arroyos. 

“A los poquitos meses de que falleció mi señora recién pudimos cambiarle el apellido a las nenas. Pasaron a ser Rodríguez Fersen, porque les quisimos poner mi apellido y el de ella”, cuenta Javier en el único momento de la charla que evidencia malestar por lo que le tocó vivir. “Eso fue por toda la burocracia que hay acá”, soltó. Está claro que para Ivana era muy importante que Rocío y Nicole llevaran los apellidos de ellos.

Para los tres fue empezar de cero. Para ayudar a las nenas a transitar el duelo, Javier se apoyó en los psicólogos. Fiel a su máxima, él fue para adelante intentando asimilar el golpe en el andar. “Para mí fue fundamental el apoyo que tuve de mi familia, de la familia de mi señora y de mis amigos. Ellos hicieron que mi duelo fuera más llevadero”, reconoce.


Nicole, Javier y Rocío, por la cuarentena, disfrutan de estar todo el día juntos


El cambio más profundo que debieron hacer tuvo que ver con los horarios que Javier tenía en el frigorífico. “Yo entraba a las 5 de la mañana y salía a las 3 de la tarde, así que se iban a dormir a la casa de mi hermana. Les compré camas, colchones, ropero, les armé una habitación allá. Entonces ella las despertaba les daba el desayuno y las mandaba a la escuela y yo las pasaba a buscar a la tarde. Estábamos juntos hasta que se hiciera la hora de acostarse y las volvía a llevar”, cuenta. 

“Para mí era tremendo tenerme que venir a dormir solo. Eso lo sufrí. Pero no quedaba otra”, agrega. 

A Javier le costó hacerse cargo de las tareas del hogar, tuvo que empezar a limpiar, a cocinar, a hacer los mandados, y de apoco se fue amigando con su función de “amo” de casa. 

A eso hay que sumarle que las hijas fueron creciendo y también empezaron a colaborar. “Fue difícil al principio el tema de la casa, pero ahora la llevo de taquito. Y ellas me dan una mano grande”, dice. 

Triste diciembre 
Un pilar fundamental para que Javier pudiera rehacer su vida tras enviudar y lograr encaminar la crianza de las nenas fue su mamá. Convertida en una abuela todoterreno, hacía que todo fuera más fácil para ellos. Pero el 13 de diciembre se descompuso, la internaron en el Hospital y falleció. “Tenía 67 años, no nos explicamos qué pasó. Se nos fue de un día para el otro”, se lamenta. 

La posta en la atención de las nenas la tomó la hermana de Javier. Diciembre también fue un mes durísimo desde lo laboral. 

Después de varias semanas casi sin actividad, Anselmo oficializó su parálisis. El ingreso más importante en la billetera de Javier quedó en veremos.

“Yo la vengo piloteando con algunas changas y con el trabajo que hago con José Sabatini -otro de los que me ayudó mucho- desde hace más de 20 años. Pero sería muy importante que se solucione de una vez lo del frigorífico”, dice. 

Las dos caras de la pandemia 
El coronavirus y la emergencia sanitaria fue otro sacudón para Javier, Rocío y Nicole. Aunque ellos le encuentran más cosas buenas que malas a la situación. 

“Desde fines de marzo estamos todo el tiempo juntos los tres y la verdad es que yo lo disfruto mucho. Cuando volvamos a la normalidad las voy a extrañar un montón”, asume. 

Optimista empedernido, Javier mira el futuro con todas las ganas y ningún temor. “Lo único que me preocupa es que no vamos a poder pasar tanto tiempo juntos. Y que algún día van a tener novio”, explica con una sonrisa. 

“¿Sabés lo que más me cuesta? Los temas que serían para hablar con la mamá. Porque Rocío ya es casi una adolescente, y si bien siempre me cuenta todo, hay cosas que le pasan que son para hablar ‘entre mujeres’. A mí me cuesta, y la voy piloteando como puedo. Pero es complicado”, reconoce. 

Y aprovecha para contar que “desde hace un tiempo tengo una pareja que es muy buena compañera y se lleva muy bien con ellas”. Entonces repite que ha logrado salir adelante gracias a que siempre estuvo acompañado y apoyado por la familia y los amigos. “Más allá de que he llorado varias veces, nunca me entregué. Todo lo contrario. Las nenas son un amor. No tenés una idea la fuerza que me dan”. 

Y cuenta que quiere educarlas como lo educaron a él, “con los valores del sacrificio, el trabajo y la humildad”. Y que hará todo “para que nunca les falte nada”.

Llega el momento de las fotos, las nenas se ríen, posan felices junto al papá. Rocía asegura que es un muy buen padre, Nicole se ríe con ganas. “La verdad es que yo no me puedo quejar de nada”, asegura mientras las mira embelesado. 

“¿Qué mensaje le dejaría a los que están atravesando un momento difícil? Que le den para adelante, que tenga esperanza. Es difícil, pero se puede”, dice.