Opinión

Por Juan Francisco Risso

Balance

20|06|20 23:44 hs.

En algún momento -ya lejano- la Asociación de Abogados de Tres Arroyos cumplió no sé cuántos años. Algún aniversario redondo; nadie festeja cifras quebradas. Y como parte del festejo se decidió una publicación gráfica. Un librito o revista. Alguno de los organizadores me pidió que escribiera “algo” para la publicación. Le advertí que podría estropear la edición. Sonrió, me palmeó e insistió. Entonces lo amenacé con estropear la publicación. Volvió a sonreir y a palmearme. Pero mi conciencia ya estaba tranquila. Si deseaban mezclar las memorias de ancianos ex magistrados con mis cosillas, allá ellos. Por fortuna el librito fue una suerte de fracaso editorial: no se regalaba, se vendía. Y todos lo miraban con simpatía, pero se abstenían de adquirirlo. Por fortuna. Va tal como se escribió en aquel lejano momento.



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El tiempo… ¿qué es? 
Jorge Luis Borges se lo preguntaba diariamente, y murió sin una respuesta. Por su lado, Albert Einstein reconocía así su ignorancia: “Es eso que miden los relojes”. Tiempo. 

Jóvenes abogados: bien se ha dicho que la juventud es la época de la siembra. Escuché esa frase en una película de Luis Sandrini, donde un ridículo joven estudioso la repetía sin parar. Sandrini –humano al fin- procuraba morigerar esa severidad, instándolo sutilmente a que se divirtiese, saliese con chicas, etcétera. No recuerdo si el joven estudio-so finalmente se liberó, o si siguió en su rol de chauchón de película. Pero dejemos aquel cine en blanco y negro, y vamos a lo nuestro. 

A fuerza de concurrir a la universidad, un buen día me avisaron que me había graduado y que debía retornar a mi pueblo, en calidad de abogado. Nada menos. 

Me negué rotundamente a vestir saco y corbata, pero monté una oficina, en cuya puerta de cristal lucía mi nombre, y debajo la palabra “abogado”. También estaba el nombre de otro colega, con quien com-partía oficina y gastos. 

Mi compañero era un muchacho serio, que a esa altura tenía ya cuatro o cinco hijos -también esposa, por supuesto- y un trabajo fijo, amén del estudio que compartíamos. Creo incluso que concurría a misa los do-mingos.

Por obra del destino, tenía yo lo necesario para vivir: un departamento, una rural azul metalizado y hasta una casa frente al mar. Tal vez por eso mismo tenía un talante despreocupado. 

Por el contrario, mi compañero de oficina era hombre dinámico, capaz y -aún- absorbente. Evidentemente cansado de explicarme cosas elementales, se sentaba ante la Lexikon 80, y en contados minutos despachaba el trabajo. Mi vida tomó por entonces un sesgo aburrido. 

Así las cosas, mi vista se posó una tarde en la secretaria, muchachita de dieciocho o veinte años, bastante agraciada. Aprovechando aquellos momentos en que mi compañero estaba en su trabajo fijo, inicié con ella un discreto “flirt”. Huelga decir que la seriedad de mi compañero me producía pánico, y mantuve la cosa en el secreto más absoluto. Así discurría mi vida de joven abogado, entre el placer y la clandestinidad. Agréguese una pizca de culpa. 

Dicen las normas de ética que el abogado debe tener un estudio decoroso. De esa época recuerdo las mullidas alfombras, que bien disfrutaba en ausencia de mi severo compañero. 

Quiso la mala suerte que un día éste llegara antes de hora. Entraba a la oficina como un torbellino, tomaba papeles y comenzaba a hacer esto y aquello. En ese momento yo estaba de pie, correctamente ataviado. Y la secretaria se hallaba en el baño. Al punto regresó ella y saludó correctamente a su jefe (mi autoridad estaba menguada, a la sazón). De modo que allí estábamos los tres, listos para una jornada de trabajo. Pero ella me lanzó una mirada de advertencia, y comprendí que mis zapatos estaban a un metro y medio de mi persona, sobre la mullida alfombra, muy juntitos. Huérfanos. 

Después de ponerme blanco, pergeñé rápidamente un plan, donde yo le señalaba un libro a mi compañero, a la vez que caminaba distraídamente -sin dejar de hablar- rumbo a mis mocasines color suela. Doy por sentado que mi compañero de oficina pensó -una vez más- que yo era tarado, pero a esa altura ya estaba felizmente calzado. Y tuvimos nuestra jornada de trabajo sin novedad. 

A fin de evitar otro susto, y de no menoscabar el decoro del estudio, al día siguiente -con mucho trabajo- saqué la llave de mi departamento del llavero. Luego, en un aparte, se la entregué a la secretaria y la instruí: debía pedir permiso para ir a lo de su tía -siempre lo pedía- y luego debía aguardarme en mi departamento. Incluso la instruí en algunos agradables detalles superfluos. Así lo hizo, le concedieron el permiso, y marchó la muchacha. Quince minutos después yo miré el reloj, inventé alguna tonta excusa y me ausenté del estudio. Todo salió de perlas. Incluso también se ausentó mi compañero, redondeando la orfandad del estudio jurídico. 

Al día siguiente, el jefe me llamó aparte: 
-¿Viste que ayer pidió permiso para ir a lo de su tía? 
-Sí –contesté cerrando los ojos. 
-Pues la ví que iba revoleando el culo por Chacabuco, para aquel la-do… (Huelga decir que mi departamento estaba en Chacabuco, para aquel lado. Pero al parecer el jefe no sospechaba de mí). 
-¡No! –contesté afectando sorpresa. El jefe me reiteró que así era, y acordamos -indignados- un régimen laboral más severo. No recuerdo si llegó a implementarse. 

Pero quizá nos estamos desviando. Hablo de las desventuras del abogado joven, que -pobrecillo- debe afectar madurez, ponderación, seriedad, discreción. “La abogacía no es para un joven”, me espetó cierto día el colegiado Alberto Chalde (hijo), tomo cuarto folio ciento y pico, muy aficionado él a la equitación y a las aventuras galantes. Lo dijo con verdadero pesar. 

Esa misma noche tenía mi sesión de psicoanálisis, y allí fui con la frasecita. Mi psicoanalista, Dr. Zabalza, la juzgó novedosa e interesante, ya que -dijo- nadie se había ocupado de las profesiones a tenor de las distintas franjas etarias. Y al parecer, la cosa merecía una reflexión. Eso creí entender desde el diván, mirando el cielorraso de madera oscura. 

Por cierto, pienso que las ocupaciones de un joven debieran pa-recerse más a las de Indiana Jones que a las del bibliotecario de El Nombre de la Rosa. Intimamente, aún no he logrado concebir al joven abogado, ni al joven escribano ni al joven contador. En cambio, poco me cuesta imaginar a un joven bombero, con su casco, hacha en mano, señalando una alta ventana donde una mujer grita histéricamente. Quizá al rescatarla compruebe que se trata de una señora ya mayorcita, con ruleros y kilos de crema facial. No importa, el joven marchó por el humo de los pasillos, esquivó vigas que caían a su lado, derribó la puerta y regresó con la señora en brazos. A veces regresan para salvar a un perrito, cosas así. 

Pero yo no tenía casco ni hacha, ni tampoco era invitado a los incendios. De modo que me limité a rescatar señoras en vías de divorcio. Y esas -queridos amigos- fueron las únicas aventuras que corrí como joven abogado del foro tresarroyense, redondeando así el balance de mi pobre desempeño en la vida. 

Señores miembros del Colegio de Bahía Blanca, autoridades de ADATA, amigos colegas, amigos magistrados, amigos funcionarios judiciales, personal de maestranza: la vida ya no nos propone aventuras dignas de ser corridas, y debemos contentarnos con las alternativas de la vida tribunalicia. Por lo menos -diría Guillermo Nimo- así lo veo yo. Desde la chatura de mi historia de vida, va mi gran abrazo a todos.