Opinión

Por Roberto Barga

Coronavirus: la Argentina a dos velocidades

23|05|20 22:06 hs.

Mientras se cocina a fuego lento el regreso a la cuarentena del comienzo de la pandemia para el área AMBA, esto es capital y el Gran Buenos Aires, el resto de la Argentina muestra números envidiables a los ojos de los expertos infectólogos. Según los últimos registros, la velocidad de contagio en el interior indica que la duplicación es cada 38 días. Las recomendaciones que hacen los epidemiólogos para relajar los controles de movimientos, están en 25 días en la duplicación de los contagios. Es decir, que con la excepción de la ciudad de Córdoba y en menos medida Resistencia, Chaco, el Covid-19 en la Argentina profunda está controlado. 


Este simple pantallazo, muestra la vieja tensión que existe desde nuestros tiempos fundantes entre el interior y la metrópoli y que, episodios complejos como el coronavirus y sus derivados, no hacen más que potenciarlo. 

Convocados por Martín Llaryora, intendente de Córdoba, los colegas de Rosario, Pablo Javkin, de Paraná, Adan Bahl y de Santa Fe, Emilio Jaton, coincidieron en “la necesidad de lograr un esquema de subsidios nacionales más equitativo y federal”. Si bien el epicentro del cónclave de intendentes de ciudades importantes de la zona centro, tenía que ver con las dificultades que arrastran con el transporte de pasajeros (hoy parado por una huelga de colectiveros ante la falta de pago de subsidios que aporta la Nación), en el fondo se encierra el planteo del interior acerca del reparto de la “pelusa” de los supuestos fondos de reconstrucción, para “cuando todo esto pase”. 

Pero hay algo más detrás de esta movida federal. Córdoba ya lanzó bonos para pagar a proveedores, y la posibilidad de que Santa Fe, Entre Ríos y la propia Córdoba tuvieran una cuasi moneda, no sería descabellada. Las cuasi monedas funcionaron al final de la convertibilidad (Patacón, Lecop, Lecor y un largo etc.) y fueron el remedio ante el derrumbe del 1 a 1. Emitir una cuasi moneda requiere de la autorización del Ministerio de Economía nacional y Guzmán no está por la labor. Pero la presión existe. 

Quien no comprenda que sólo estamos viendo la punta del iceberg, se sorprenderá cuando pasen los derrumbes que van a pasar. Para muestra un botón: en los primeros 11 días de la cuarentena, esto es del 20 de marzo al 31, la actividad económica cayó 11,5%. No se veía algo así en Argentina desde el 2009, empujada entonces por la crisis financiera internacional y por la disputa con el campo. Lentamente, con las mediciones de abril y mayo en ejecución, nos aproximamos a la hoguera del 2001. 

La guerra del AMBA 
Hay otra escaramuza que se libra en el corazón mediático del país y que por su condición macrocefálica, lo que pasa en Buenos Aires y sus alrededores parece condicionarlo todo. 

Horacio Rodríguez Larreta es el destinatario de los dardos que le tiran intendentes del Conurbano, ministros del gobernador bonaerense y el propio Axel Kicillof. Los argumentos que le dedican tienen que ver con la apertura de negocios, lo que actúa, según los intendentes vecinos, como llamador para alentar los desplazamientos a la Capital, y por lo tanto, con la posibilidad de que la gente se contagie y traslade el virus al Gran Buenos Aires. El otro tema que le endilgan es la poca atención para atajar los contagios en las villas de emergencia de CABA. 

A juicio de un servidor esto delata dos planos de un mismo problema. Por un lado la supuesta apertura generalizada de negocios es relativa (al día de hoy se sumaron ópticas, librerías comerciales y concesionarias de coches), porque las salidas recreativas de los niños no traccionan tráfico humano desde el Gran Buenos Aires, ya que sólo es un esparcimiento para los porteños. 

Y por el otro, está el drama de las villas, que desde hace un tiempo a esta parte se ha dado por bueno el concepto de que hay que urbanizarlas. 

Pero la pregunta de fondo que subyace ante estos dilemas es otra. ¿Cuánta de la gente que vive en el Gran Buenos Aires, subsiste de lo que genera en la Capital? ¿Si se cerraran por completo los pasos fronterizos entre CABA y el Conurbano, cómo sería el sostén económico de los más de tres millones de personas que entran por día en tiempos “normales” a la Capital? 

Y en cuanto a las villas,¿llegará el día que se asuma un plan para descongestionar el hacinamiento? No es creíble ningún intento serio de controlar el virus en lugares donde viven 8 personas en 30 metros cuadrados. 

Ahora bien, la pregunta es qué hace Rodríguez Larreta frente a los cuestionamientos. De momento el “mayor” de la ciudad ejerce un rol pasivo. No contesta los embates y apenas sus segundas líneas argumentan alguna posición defensiva. 

Ejerce un liderazgo que se enmarca en lo que el filósofo Byung-Chul Han llama exceso de positividad. El exceso de positividad anula la negatividad y por tanto destierra lo diferente. En el exceso de positividad todo tiende a ser igual. Algunos liderazgos de época que intentan interpretar la estética dominante, tienen un sello distintivo: no confrontan, no pelean. El votante es un consumidor y en consecuencia se lo trata como tal. Este mundo encuentra su sueño húmedo en las redes sociales, donde los líderes “positivos” le consultan por caso, a los usuarios del subte, si les parece bien poder viajar con mascotas en los vagones. O traen a los telepredicadores a meditar a los bosques de Palermo, en otra demostración de que lo importante es satisfacer la apetencia individual del votante/consumidor. 

Pero si siguiera los consejos de Chul Han, debería responder dentro de los márgenes de la era postmoderna. El filósofo coreano señala que este es un tiempo dominado por el “dataísmo”, es la era de los datos. Ya no se narra; hoy lo que prevalece son los datos. 

Y en ese sentido, Rodriguez Larreta podría mostrar la cantidad de personas que se atienden en los hospitales de la capital y que viven en el gran Buenos Aires. O la cantidad de coches que entran a la ciudad o las personas que trabajan en la administración pública de la Ciudad y que viven en el Conurbano, y seguir así con datos hasta en el infinito, porque en la era del “dataísmo” todo es medible. 

Tal vez su crisis radique en que en la era del exceso de positividad, no pueda sostener el caladero propio y que mucho votante PRO se identifica con Patricia Bullrich. Esto recuerda aquella genial película “Aplile” de Nanni Moretti protagonizada por el propio Moretti. Hay una escena donde Nanni mira el debate entre Silvio Berlusconí y Mássimo D’Alema y, ante las tibias respuestas de D’Alema, Moretti exclama: “D’Alema parla de sinistra” (“D’Alema decí algo de izquierda”). Aquí, para sus votante más aguerridos, la secuencia sería, “Larreta decí algo de derecha”. 

En fin, dos datos finales en la era del dataísmo. El primero, local y contradictorio. Mientras el debate sobre el “impuesto patriótico” parece haber pasado a mejor vida, el intendente de Lanús, Nestor Grindetti, acaba de aplicar una tasa extraordinaria a las grandes rentas de su distrito, por ejemplo, a las cadenas de supermercados, con el argumento de que con la pandemia por delante, la gente gastó dinero casi únicamente en comida. Un dirigente político del espacio de centro derecha cobra impuesto a la riqueza. El mundo al revés. 

Y ya que hablamos del mundo, se conoció la noticia de que Lufthansa, la línea aérea alemana, negocia con el gobierno teutón un rescate de 9000 millones de euros, para poder seguir volando. Roguemos que los Estados aguanten, por favor.