Opinión

Por Oscar Rossi

Ton debió aprender a leer

19|01|20 10:40 hs.

Allá por 1998 un grupo de concejales, tras un concienzudo análisis de la situación (uno se imagina que así fue), y empleando un tiempo por el que el ciudadano paga no sin esfuerzo, conformaron la ordenanza 4563. Tras el debate -si es que lo hubo- y la posterior votación -si es que la hubo- el cuerpo elevó al Ejecutivo la norma. Lo que motivó que el intendente de entonces, el ingeniero Carlos Aprile, también utilizara su tiempo (por el que también paga el pueblo) para estudiar la tarea de los ediles y estampar su firma para convertir la norma en ley municipal. Porque una ordenanza no es otra cosa que eso, una ley municipal que se concreta ni más ni menos que para cumplir con ella, en beneficio de la ciudadanía en general. 


El introito viene a cuento porque esa ordenanza, la 4563 del año 98, como usted amigo lector y asiduo visitante de nuestra principal villa balnearia puede comprobar, aparece con mucho ostento en visibles carteles ubicados cada un puñado de metros en el paseo costanero, que hoy, gracias al criterio excelente de las autoridades se ha convertido en otro de los principales atractivos del lugar, dado que una caminata de 1000 metros frente al mar sobre una senda libre de arena, yuyos o piedras, regocija el alma, cualquiera sea el clima que toca en suerte. 



La ordenanza de marras, que adorna las distintas bajadas, ha de ser una de las de mayor promoción, pero también de la más ignorada entre todas sus pares. Es que está dedicada a limitar el disfrute de nuestras queridas mascotas (quien no tiene una) y en especial a los perros, seguramente la especie más querida de las mascotas, valga la reiteración y por ende genera el deseo quizás comprensible de ignorarlo. 

Seguramente no va a faltar quien tras leer estas líneas me tilde de desaprensivo con los pichichos y hasta se enoje alguna sociedad protectora de animales, o algo así, por entender que ellos -los pichichos- también tienen derecho a disfrutar de las bondades del mar y sus alrededores. Pero lo mío no apunta a atacar al chancho (en este caso al can) sino a quien le da de comer. Primero y principal, la falla es de la autoridad, ya que si hay una ley -o una ordenanza- hay que hacerla cumplir y sino tirémosla a la basura y saquemos los cartelitos -no tan cartelitos- y en lugar de ellos plantemos algún arbusto que falta hace allí para sombra de los humanos y hasta para baño de los animalitos, lo que por ahí hubiera evitado el finde que uno de ellos hiciera su necesidad liquida sobre el bolsito elegante de María, donde llevaba sus alimentos, mientras ella se asoleaba plácidamente sobre su reposera, a unos metros del agua. 

La cuestión es que hoy por hoy, cuando la playa es un mundo de gente, también lo es de perros, y Ton, Alelí, Bronco, Zule, Tomy, Homero, Pluto, Lula, Pericles, Panchi, entre muchos otros, muestran su gracia sacudiéndose la pelambre mojada sobre la gente, hociquean entre las pertenencias ajenas y hasta le meten algún susto a un desprevenido, sobre todo cuando su tamaño es respetable y saben mostrar la bien tupida dentadura. Lo que es más asqueroso, aunque por cierto muy natural, es que limpien sus intestinos por ahí, donde les caen en ganas y luego, mientras el amo mira para otro lado, el “vecino” comprueba la textura del producto con la piel de su pie descalzo. 

Perros callejeros se entremezclan con labradores, pastores alemanes, siberianos, rottweiler, bulldogs, dogos, salchichas, chihuahuas y hasta los simpáticos caniches, demuestran que entre ellos no existe el racismo (más allá de alguna “rosca” que tienen que destrabar los dueños), y disfrutan en grande en muchos casos a costillas de los simples humanos que van a la playa “sin compañía” y para quienes aún, aparentemente, no se creó ninguna organización que los proteja. Tendría que existir la sociedad protectora de gente a quien recurrir para obtener algún lugar libre de animales, para aquel que no comparta la pasión por ellos. Algo que podrá ser criticable para algunos, pero absolutamente justo para otros, si es que se pretende defender la libertad individual. 

Eso sí, antes habría que reemplazar los cartelitos de la ordenanza, por los arbolitos. O quizás sea más sencillo quitar del centro la carita del perro y colocar la de alguno de nosotros, los que sí tenemos mascota la tenemos en el lugar que tiene que estar, donde no moleste a los demás y nunca olvidamos la bolsita para levantar lo que el perro deja por naturaleza. Porque nunca hay que soslayar aquel principio de sociedad que dicta que mis derechos acaban donde comienzan los tuyos…. O viceversa.