Sociales

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Heredar el viento

05|01|20 13:13 hs.

"El que causa perturbación en su casa, tendrá el viento por herencia; /..." 
(Proverbios 11.29)(1) 

Por Mario Alberto López  

Comenzábamos a transitar la década de los años ‘60. Aquel domingo, al finalizar la función ronda (2) del cine Tortoni, todavía quedaba algún resto de tiempo para gastar.

Como habitualmente solía suceder, el Gallego Diez -entrañable amigo- anunciaba que aún le quedaban algunas monedas en su bolsillo, las suficientes como para consumir un café en La Perla -confitería y cafetería otrora asentada en la calle Colón y, por aquellos años, sagrado reducto para los encuentros de nuestra barra (3).

Todos sabíamos que el dispendio anunciado nos permitiría instalarnos una vez más en una de sus mesas, la que quedaría desbordada en su capacidad, por cuanto no obstante el magro gasto a efectuarse -la mayoría de nosotros teníamos los bolsillos "flacos"- la consumición de tan sólo un café habilitaba nuestra estancia en el lugar contando, como siempre, con la bonhomía y complicidad de Mayito y Curia, aquellos cordiales y estimados mozos que no obstante ser ya mayores, los considerábamos partes integrantes del grupo. Y allí fuimos. 

Ya aposentados bajo su cobijo, el tema de conversación no podía ser otro. El argumento central de la cinta (4) que acabábamos de ver resultó por demás apasionante: el choque entre la razón y la fe (la fe y la razón), según los dictados de la Sagrada Biblia y del libro “El Origen de las Especies”, entremezclado en su deriva con el derecho de enseñar y aprender. 

Sucintamente dicho, la trama transcurría en un pequeño pueblo de los EE.UU. donde un joven profesor de biología de un colegio secundario fue arrestado y llevado a juicio por enseñar a sus alumnos la teoría de la evolución de Darwin, lo que estaba legalmente prohibido. 



Demás está decir que la discusión -como tantas otras- alcanzó ribetes memorables por lo apasionada, enriquecida, además, con fundamentos surgidos al calor de la improvisación y sin sustento en premisa mayor o menor alguna. 

Sabido es que la esgrima verbal en la "edad de oro" se nutre esencialmente de emociones y consecuentes sentimientos cuyo ardor y exaltación, dada su inmediatez, no deja tiempo ni lugar para serenas reflexiones. 

Agotado el tiempo que restaba y tal vez por ya menguados los improvisados argumentos "traídos de la mano", fuimos abandonando paulatinamente nuestro refugio. 

Es probable que durante la caminata de regreso a nuestros hogares cada uno lo hiciéramos repasando los términos de la controversia que habíamos mantenido recreando mentalmente los propios dichos, los vertidos por los amigos a quienes seguramente contradijimos -no obstante lo cual los incorporábamos a nuestro acervo- e imaginando además, aquellos omitidos, que en soledad y ya sereno el ánimo, suelen lucir como los que hubieran sido más aptos para sostener la propia postura. 

Habitualmente las discusiones continuaban en los días subsiguientes para ir difuminándose naturalmente o hasta que, prontamente, otra la desplazara.

Por aquellos tiempos decíamos lo que pensábamos o sentíamos sin soberbia alguna. Acaso, en el despertar de aquellos años ya intuíamos que la verdad es un concepto relativo, esquivo y escurridizo. No era común que nos la adjudicáramos. 

Fueron innumerables las discusiones que mantuvimos en aquel reducto y durante las cuales no era habitual, o al menos no lo recuerdo, que alguno alardeara de haber resultado vencedor en la contienda, como así tampoco que le fuera asignada la derrota. 

Una vez concluida la efervescencia discursiva tampoco visualicé, presentí o comprobé que quedaran odios, rencores o resentimientos insalvables, no obstando para ello que las preferencias políticas de "los unos y los otros" influenciadas -naturalmente al uso- por los respectivos entornos familiares, difirieran marcadamente. 

Del ayer al hoy, muchas cosas han cambiado. 

Nuestra antigua fortaleza ya no luce en la calle Colón. Un día cualquiera “Kairós” (5) se la llevó caminando y de la mano hasta su actual enclave, cerquita de aquél. 

Con ello y el inexorable e implacable paso del tiempo concluyeron aquellas discusiones y se silenciaron las voces de quienes las mantuviéramos, sostuviéramos y que, cada cual a su modo, ornamentáramos. 

También Cronos (5) continúo su marcha. Las sucesivas y distintas estaciones se fueron sucediendo hasta el amanecer de esta primavera que fuera precedida por un gris, borrascoso y lluvioso invierno cargado de expectativas electorales y desencuentros.

Desde aquel lejano domingo han pasado ya casi 60 años. 

Metafóricamente dicho, aquella Biblia -a cuestas con su Antiguo y Nuevo Testamento- y el libro “El Origen de las Especies” pudieron haberlos transcurrido en el mismo anaquel -aunque separados- sosteniéndose erguidos cada uno de ellos en su propia y férrea intransigencia, semejando haber hecho caso omiso del paso del tiempo aunque sí, también han envejecido.

Sus tapas se han ajado y sus hojas tornado amarillentas. No obstante, sus respectivos saberes continúan intactos, inmutables y encontrados entre sí. 

Hoy por hoy, no conozco que la razón de ser de aquella discusión hubiera quedado zanjada por el sobrevenir de una verdad universal e indiscutible por incontrastable. 

Desechando aquello de que "todo tiempo pasado fue mejor", en ocasiones he tratado de imaginar -sin lograrlo acabadamente- cómo serían en las actuales circunstancias aquellos encuentros. 

Un primer tropiezo es el hecho de que nuestra sociedad ha variado y, en muchos aspectos, es otra comunidad, por lo que no resulta fácil recrear, en paralelo, ambas épocas. 

Por aquellos años las cafeterías eran lugares donde intercambiábamos nuestras primeras experiencias vivenciales; eran los núcleos comunales de encuentro dónde nos anoticiábamos de lo acontecido en nuestro pequeño terruño. 

Eran los sitios en los que conocimos y fraguamos la amistad sin necesidad de haber leído a Aristóteles (6) y los lugares que proporcionaban una manera de compartir y abandonar la soledad. 

Fueron los recintos donde se entretejieron los cambios más directos que se produjeron y amalgamaron en nuestras vidas con nuestra propia rutina diaria. 

En suma, tengo para mí que las antiguas cafeterías fueron la puerta de entrada a nuestra segunda casa y la ventana por la cual comenzábamos a observar al universo entero. 

Hoy en día continúan siendo espacios urbanos de encuentros aunque también para ellos Cronos y “Kairós” -juntos esta vez- no se han detenido. 

Cada vez con mayor frecuencia es posible contemplar a personas solitarias que parecen ensimismadas y absortas ante el ordenador portátil que tienen por delante, al que de tanto en tanto dejan de observar para dirigir su mirada -que impresiona como vacía- a quién sabe dónde y pensando vaya uno a saber qué, estimulados, quizás, por el dictado de la pantalla que tienen ante sí y que implica la posibilidad de ingresar a un mundo imaginario y fantástico; a un espejismo inmenso que no conoce de límites -aunque sí evanescente- y que momentáneamente desplaza al entorno circundante en el que las mentes y los corazones vibran, palpitan e interactúan en nuestro mundo real, concreto y sin artificio alguno, quedando así desplazado poco a poco pero sin pausa "todo lo común" por "lo propio", lo que puede ser campo propicio para exacerbar un marcado individualismo que suele caracterizar, entre otras cosas, a los nuevos tiempos. 



No obstante los múltiples cambios acaecidos en nuestra comunidad y en nosotros mismos, por aquellos años también había fuertes desencuentros.

Sucede que a diferencia de lo que ocurre con el arrollador avance de la tecnología, la naturaleza humana no muta esencialmente en tan breve lapso.

Hoy, a tales desencuentros los mal llamamos "grieta", y si bien tal expresión simboliza una resquebrajadura que apareja la idea de separación, de alejamiento, de opuestas líneas ribereñas y que por su "sinuoso" paralelismo pareciera estarles prohibido el juntarse, unirse, en realidad tal vocablo esconde, oculta y disimula su verdadero sustrato que -en mi percepción- no es otro que la pasión negativa del odio. 

Tal odio no es nuevo entre nosotros; viene de lejos, desde muy lejos. Todos lo sabemos. No recuerdo tiempo alguno que transcurriera sin su presencia. 

Claro está que el odio como pasión es propio de nuestra naturaleza y siendo así, en este estadio evolutivo no seremos nosotros -al menos en lo que atañe a mi generación- quienes pudiéramos desterrarlo plenamente.

No obstante, cabe aquí alguna disquisición a fin de caracterizarlo debidamente en el actual contexto. 

No se trata aquí del odio pasión del universo Hobbesiano (7) o sea aquel en el cual su idea básica esconde la voluntad, o mejor, la posibilidad de destrucción del otro, sino de aquel odio que no se reconoce como tal, ocultando "civilizadamente" sus rasgos negativos y que solo actúa sobre determinadas cuestiones, dejando de lado al odio como pasión para transfigurarse entonces en hitos ideales como "posesión de la verdad", "ideal político" o de "justicia", y también en actitudes y acciones recalcitrantes donde se simulan aquellos rasgos que, incluso, hasta pueden llegar a aparentar su contrario. 

Cuántas veces nos vestimos de tolerantes o de justos cuando en realidad tenemos conductas extremadamente intolerantes e injustas. 

En tiempos de elecciones -como el que acaba de culminar- todo suele agravarse y al odio transfigurado, lo percibimos cotidianamente en todos los ámbitos, en posturas y conversaciones entre amigos, familiares y machacadamente en algunos medios de comunicación. 

Quienes convivimos en una pequeña comunidad deberíamos hacer el esfuerzo racional para tratar de atenuarlo, menguarlo, mitigarlo en tanto que los hombres no concuerdan cuando actúan por pasión y sí suelen hacerlo cuando interviene la razón (8). 

Retorno al título y su epígrafe. 

La cinta que vimos con los amigos en aquella lejana jornada del cine Tortoni, finaliza con una escena que tengo para mí cómo memorable: concluido el debate, el abogado defensor -de pié-, luego de haber mantenido un diálogo maravilloso con el periodista que cubría el juicio para un periódico de otra ciudad, tomó su saco -que reposaba en el respaldo de una silla- se lo puso y abotonó contemplando pensativo y taciturno el escritorio sobre el que se encontraban el libro “El Origen de las Especies” y la Sagrada Biblia. Con su mano izquierda tomó al primero de ellos y mientras así lo mantenía, con su mano derecha tomó al segundo. Los contempló y sopesó separada e individualmente para luego, por unos instantes, observarlos en silencio. Seguidamente y con un suave golpe colocó al que se encontraba en su mano derecha por encima del que sujetaba con su mano izquierda y, con gesto que me impresionó como una rara mezcla de tristeza y enfado -casi misericordioso-, los juntó y sostuvo con una sola de sus manos y, al unísono, flexionó su brazo derecho abrigándolos contra su pecho. Se puso su sombrero, tomó su valija y comenzó a caminar por el pasillo rumbo a la salida con ambos libros juntos y muy apretados cerca -muy cerca- de su corazón. 

Y así, con paso cansino, abandonó la sala de juicio. 

No sabría decir si el letrado tenía preferencia por alguno de ellos y, menos aún, si luego de la experiencia vivida en el juicio que acababa de concluir, pudo haberla variado. 

Rememorando a la distancia, hoy en día imagino -tan solo imagino- que al retirarse el letrado con ambos libros juntos pudo así retornarlos al añoso anaquel y, tal vez, al estar más cerca el uno del otro bien pudieron abandonar su propia intransigencia dejando un pequeño espacio entre ellos -que hoy presiento vacío- para que pudiera habitar en él esa esquiva y huidiza tolerancia que nos debemos. 

Para ir concluyendo, debo decir que además del recuerdo de aquella lejana tarde de domingo -que conlleva mucha añoranza, claro está- quedó en mí grabado un gesto. Solo un gesto que, a veces, suele decir mucho más que mil palabras o sesudas reflexiones y que se materializó cuando el abogado defensor unió ambos libros sin manifestar preferencia o distinción por alguno de ellos. 

Pero, claro está, eso ya depende de la subjetividad de cada quién. 

Reitero una vez más, si al menos en nuestro terruño hiciéramos el esfuerzo -tan solo el esfuerzo- de tratar de erradicar esa malhadada "grieta", esa pasión triste que en realidad es el odio -Hobbesiano o no-, las futuras generaciones podrían dejar de Heredar el Viento, para de tal suerte, vivir y convivir en una sociedad más igualitaria y equitativa alejada de toda discordia, es decir sin el corazón roto. 

Referencias:
(1) Sagrada Biblia (Ediciones Paulinas SA, Edic. 24º - México- Proverbios -11.29) (2), 3), (4) al uso de la época por: "sesión"/"turno"; "grupo de amigos"; "película".- (5) Marramao, Giácomo "Kairós" Apología del Tiempo Oportuno (Edit. Gedisa; Ed. 2008-Barcelona) (6) Aristóteles "Los Tres Tratados de la Ética - Moral a Nicómaco" Libro VIII (Edit. El Ateneo - Ed. 1950. Pág. 297). (7) Thomas Hobbes "Leviatán" (Ediciones Libertador; Cap. VI, pág. 37 y sstes. Edic. 2004) (8) "Spinoza Una cartografía de la Ética" - Diana Cohen Agrest - Edit Eudeba Prop. 29/37. Pág. 243 y sstes.) 

*Nota del autor. A quien pudiera interesarle, la película titulada "Heredarás el Viento", puede verse en versión completa por Youtube. Recomiendo la versión del Director Stanley Kramer; Con Spencer Tracy, Frederic March y Gene Kelly.