La Ciudad

Germán Topete y Nahuel Borcano

Amigos hasta la médula

31|12|19 16:59 hs.

Por Valentina Pereyra


“Si querés una nota esperanzadora, la mía, el 21 de enero pasado casi me morí y ahora estoy acá”, dice Germán Topete al iniciar la charla con La Voz del Pueblo. El 11 de enero de 2019 se cumplirán 12 meses de que lo trasplantaron de médula ósea y, contra todos los pronósticos, la pelea la ganó para regresar sano a su ciudad tres meses después. 

Nahuel Borcano y Germán son amigos, comparten muchos momentos junto a sus familias, pero la donación de médula nunca fue parte de sus charlas. 

Hace cinco años, Natali, la esposa de Nahuel, le comentó el caso de la pequeña Alma, una niña de dos años que necesitaba un trasplante de médula. El interés nació porque la maternidad -ya había nacido Mateo, el hijo mayor- la conmovió especialmente. Conversaron sobre la donación, pero sin profundizar demasiado en la cuestión. Buscaron alguna información y concluyeron “que era una pavada” el procedimiento para ser donante, pero la charla quedó ahí. 

La pareja siguió con la inquietud que los condujo hasta un stand en la Fiesta del Trigo de “Doná Médula” -ONG de la que forma parte Guillermo Jaime y otro grupo de gente muy comprometida-. Llegaron hasta allí, consultaron y no dudaron en inscribirse como donantes de médula ósea. 

Después de nueve meses, Guillermo se comunicó con Natalí para avisarle que eran los próximos en el listado para la extracción de sangre. Pero sólo pudo acudir Nahuel porque ella estaba embarazada de Ciro, el menor de sus hijos. Un tiempo después, cuando dejó de amamantar, también la joven pasó por hemoterapia del Hospital Pirovano y dejó su muestra. 

“Después que lo hice le conté a Germán”, recuerda Nahuel. “Tope” -tal el apodo del amigo- no sabía nada del tema, no tenía ni idea de lo que iba a venir. Un año después de que Nahuel decidiera ser donante Germán comenzó a sentirse mal, “me habían hecho biopsias y punciones, pero no tenían el diagnóstico”. 

La fatiga y el cansancio fueron recurrentes, especialmente durante las clases de natación que compartía con Nahuel. “Veía a los otros nadadores que iban y venían por los andariveles a otro ritmo muy diferente al mío, todos me pasaban”. 

Germán cada vez mostraba más deterioro en su salud, palidez, dificultades para respirar, hematomas que se formaban sin explicación. Aun así aceptó ser el padrino del recién nacido bebé de los Borcano. Tan mal estaba que durante la ceremonia pensó: “Estoy a punto de morirme y voy a apadrinar a Ciro” y se respondió: “Si tenes ganas de vivir la vas a pelear”. 

La donación de médula seguía ausente de sus conversaciones a excepción de alguna referencia al pasar sobre la extracción de sangre que Nahuel se había hecho en el Hospital. 

Germán necesitaba saber qué tenía, en la búsqueda hubo análisis que revelaron parámetros muy bajos de hemoglobina. “Los patólogos de Bahía Blanca me dijeron que podía vivir con la médula como se veía en ese momento porque no había un problema de base y se podía resolver con un tratamiento y control durante un año”. 



Mientras tanto los estudios de su caso circularon por Congresos durante dos años, “Yo era el chico de las plaquetas grandes, de las macroplaquetas, aunque sin diagnóstico de la causa”, bromea Germán. 

En abril de 2018 empeoró por lo que su médico resolvió continuar con otros análisis. “El LDH se disparó mucho, las células se rompen y ese parámetro da muy alto”. Por lo que realizaron una nueva punción y revisaron el informe que habían hecho cuatro años atrás. “Ahí se dan cuenta que tengo mielodisplacia, que se ocasiona por la interrupción en la producción de células sanguíneas”. 

Su médico de cabecera le habló de la posibilidad de aplicar una medicación, pero lo derivó al Italiano de La Plata, un hospital de alta complejidad. “Me di cuenta que me la disfrazaba un poco, tenía las vacaciones planeadas y me fui. Cuando volví por Buenos Aires, decidí viajar al hospital al que me mandó el médico”. 

La noticia 
La jefa de trasplantes del Hospital Italiano de La Plata se sentó con Germán y su esposa Gabriela, miró todos los estudios y confirmó el diagnóstico de mielodisplacia. “Tu única salvación es un trasplante de médula ósea, es una enfermedad con un porcentaje altísimo de mortalidad porque sos alógeno, es decir, no se puede hacer tu autotrasplante”, le dijo la médica sin anestesia. 

Cruzar la puerta del hospital platense fue como iniciar el periplo de Ulises por el Mediterráneo en la Odisea. “Las lágrimas de mi señora saltaron perturbadas mientras yo decía: el trasplante me lo hago”. La mielodisplacia es un síndrome que puede convertirse en leucemia, por lo que los trasplantes de médula ósea pueden disminuir la necesidad de transfusiones y desacelerar o evitar la evolución hacia la leucemia. Por eso la urgencia y la necesidad de conseguir un donante. 

“En ese momento no me acordé que Nahuel era donante”, relata Germán y su amigo acota: “Cuando supe lo que tenía pensaba todo el tiempo: ‘ojalá le sirva mi médula’”. 

El caso de Germán animó a que haya otros donantes. “Andá a donar -les decimos a nuestros amigos o conocidos- porque le podes salvar la vida a un nene de dos años que tiene cáncer”, explican. 

Todos querían ser Nahuel, todos querían ser donantes cuando supieron de la enfermedad de “Tope”. 

Como Odiseo en la antigua Grecia, Germán pasó por experiencias calamitosas, en julio de 2018 tuvo que presentar un recurso de amparo contra la obra social, corría contra reloj porque el INCUCAI ya había iniciado la búsqueda del donante. 

En noviembre del año pasado lo llamaron del departamento de células del Hospital Italiano y le avisaron que había un donante alemán 100% compatible con él. “Si no salía bien pensaron hacerlo con mi hermana que tenía sólo el 40% de compatibilidad conmigo”. 

El 4 de enero tenía que internarse en el Hospital Italiano por eso alquiló un departamento en La Plata para su familia donde Gabriela, Máximo y Dulce -esposa e hijos de Germán- vivieron hasta el 4 de marzo. 

El acondicionamiento
“Es durísimo por lo que pasé, complicado en lo emocional, es muy traumático, ves cómo te vas muriendo. Te matan todas tus células, hoy no tengo ni mi ADN, ni mi sangre que era A+ y ahora es la del alemán, 0+, mis hijos no tienen mi ADN, ni yo el de mis padres, cambié todo, tengo el ADN y la sangre del alemán”. 

Rápidamente se inició el “acondicionamiento” en el Hospital Italiano, un período de quimios muy fuertes que le provocaba vómitos y otros trastornos, para evitarlo pidió que le inyecten morfina. “Comía, me sangraba todo por dentro, tomaba 15 pastillas por día que me las disolvían porque no las podía tragar”. Antes de la intervención los médicos mataron todas las células sanguíneas de Germán, las buenas y las malas, todas. 





Al pasar los días se enteró que en el Hospital Italiano hacía dos años que no realizaban ese procedimiento en alguien alógeno. Esto aumentó su ansiedad y preocupación.

Nahuel no estuvo ajeno al proceso, se interiorizó de la enfermedad y de las posibilidades de sobrevida que tendría su amigo. Unos meses después se enteraría que en Francia alguien pasaba por lo mismo y él sería su salvación. 

Como en las películas, un avión sanitario aterrizó en Ezeiza el 11 de enero de este año proveniente de Alemania. La médula ósea de un joven de 22 años oriundo de ese país llegó en un maletín que un médico transportó en ambulancia hacia el Hospital Italiano de La Plata. 

Su vida circulaba por la autopista Buenos Aires - La Plata. “Los médicos me avisaron: “Ya llega”, mientras yo pensaba: “Que no tenga un choque, que no pase nada”.   

Conscientes 
En abril -cinco años después de inscribirse en el registro de donantes de médula ósea en Tres Arroyos- Nahuel recibe un llamado del INCUCAI. Del otro lado de la línea Roció, otra tresarroyense que trabaja en el lugar le informó que su muestra estaba en el Banco Mundial de Donantes de Médula y le preguntó si seguía dispuesto a donar porque en Francia, un hombre de 44 años, era 100% compatible con él. 

Cuando recibió el llamado estaba en una gomería cambiando las cubiertas, confirmó su voluntad de ser donante, hizo algunas preguntas e inmediatamente después llamó a Germán que llevaba cuatro meses de trasplantado. Lo primero que hizo fue consultarle sobre qué método elegir para hacer la donación, algo que decidieron entre los dos.

Consiente de todo lo que su amigo soportó no dudó en aceptar, además de cuidarse mucho ni bien comenzó el proceso de donación.

El laboratorio de Francia solicitó una nueva muestra para hacer un estudio de alta definición y asegurar el grado de compatibilidad, así que Nahuel regresó a hemoterapia del Hospital Pirovano para otra extracción. 

Realizó los estudios prequirúrgicos en Buenos Aires en el Hospital Alemán. “Me dieron vacunas para generar más cantidad de células madres previo a la intervención, además de análisis de por lo menos 20 enfermedades diferentes. Te dan un libro en el que te informan de todo, podes llamar por teléfono por dudas, hay una gran contención del INCUCAI”, explica. 

La donación de médula ósea se concretó el 1° de octubre por aféresis. Lo conectaron a un aparato por vías que colocaron en cada uno de sus brazos y mediante esa técnica especial separaron los componentes de la sangre y seleccionaron los necesarios para su aplicación. 

A las 11.45 terminó el procedimiento de donación de médula que Germán registró en una selfie con su amigo. Ni bien finalizó, un médico pasó a buscar la extracción y a las 14 un avión esperaba en Ezeiza para viajar a Francia. 

Por la autopista La Plata-Buenos Aires circulaba su vida. 

La sangre de Nahuel viajaría hasta el hospital francés para trasplantar al hombre que esperaba en “acondicionamiento” la llegada de su salvación. 

El tema de la donación de médula ósea ya era parte de sus vidas. 

“No hay consciencia, cuando donas no esperas que te llamen y, en este caso más loco todavía que mi amigo necesitaba que alguien le donara también”, dice Nahuel y Germán agrega, “él lo hizo y fue el primer donante no europeo de Tres Arroyos, somos amigos, lo loco que nos pasó todo el mismo año”. Juntos apuntan: “Hay que ponerse en el lugar del que da vida y del que recibe vida”. 

El lazo invisible los conecta a ellos así como a las personas con las que comparten ADN, sangre y la vida. 

El trasplante 
Nahuel cuenta que Germán quedó aislado desde que ingresó al Hospital Italiano los primeros días de enero. “Es una soledad terrible la que pasas y necesitas el contacto de piel”. 

Después de siete días de “acondicionamiento” la hemoglobina de Germán cayó hasta que el parámetro fue de cuatro cuando una persona sana tiene 13 o 14 como mínimo, “todo a fuerzas de transfusiones, unas 50 en 30 días, pero vivía gracias a eso. Los médicos me decían lo increíble de mi actitud, te destruye, pero con fuerza de voluntad lo haces”. 

El 11 de enero la familia de Germán llegó para presenciar el trasplante a través del vidrio que separaba el aislamiento del resto de las personas. Las palabras no salían, el clima caluroso mezclaba las gotas de traspiración con las lágrimas. 

Todo pensamiento bueno o malo se evaporó cuando llegó el médico que trasportaba los certificados correspondientes de donación y el pequeño sachet con la sangre del chico alemán para Germán. Tan pequeño como el que llevaron meses después con la sangre de Nahuel para un francés. 

Los días que siguieron giraron en torno a una pregunta vital: “¿Ya arrancó mi médula?”. Alrededor de Germán otros pacientes -incluso un chico tresarroyense que se había autotrasplantado- tenían en marcha sus médulas, pero la suya todavía no.

“Pasas cosas horribles, si querés vivir tenés que hacerlo”, dice, y recuerda que en el pos operatorio, el 21 de enero -día de su cumpleaños- casi se muere porque tuvo una infección en el catéter y arritmia de 200 hasta 300 pulsaciones por minuto. “Tenía una cruz sobre la cama y le recé al ‘barba’ para que no me hiciera sufrir más de esto. Al día siguiente me estabilice, hubo 15 médicos alrededor mío, no podían sostenerme cuando convulsionaba por la fiebre”.

Detrás del vidrio la familia esperaba con una torta y una velita que no podría comer o soplar, pero era su cumpleaños, no iba a morir. “Le recé al ‘barba’ y me quedé”. 

El 31 de enero los médicos fueron a informarle a Gabriela que la médula de Germán “había arrancado” y ya tenía 200 glóbulos blancos. “¡Imagínate! ¡No existe!”. El doctor terminó de dar el informe, abrazó a Gabriela y lloró. 

Con 2000 o 3000 glóbulos blancos y las venas destruidas salió caminando del hospital casi un mes después de su ingreso. Volvió a quedar internado por un cuadro febril una semana más y el 4 de marzo le avisaron que podía volver a Tres Arroyos con controles semanales. 

Cinco meses después le sacaron toda la medicación y comenzaron con el plan de vacunación porque no tenía nada de defensas. “Los primeros tres meses me quedé mucho adentro, en agosto fui a control y tengo los valores que tiene Nahuel, sólo con sobrecarga de hierro en el hígado que tengo que eliminar, es lo único pos trasplante y algunos virus que superé”. 

Luego de 11 meses del trasplante volvió a pasar Navidad con sus hijos, “tuve miedo a que me pierdan, para mí la vida es un estado, es donde conoces el dolor”. 

Los amigos más unidos que nunca enfrentaron otro viaje. “Yo lo acompañé al Hospital Alemán porque quería estar con él. Vi la secuencia de los dos lados, cómo el alemán había vivido la donación para salvarme la vida, lo mismo que hacía Nahuel para salvársela al francés”. 

Germán quiere conocer a su donante que según le informó el INCUCAI preguntó por su evolución. Nahuel espera ansioso el mes de enero porque podrá saber el estado de la salud de su receptor. 

“Estoy vital gracias a mi donante, vi cómo me estaba muriendo. Es inexplicable pero tu vida depende de ese sachecito de sangre. Por ahí los donantes no entienden o no saben lo que significa, sin esa médula no iba a tener más de dos años de sobrevida. Lo que me ocurrió le puede pasar a todo el mundo, nunca tuve problemas de nada y me pasó”. 

Nahuel sabe que tiene un gemelo de células y ADN en Francia como Germán tiene el suyo en Alemania. ADN cruzados.