Sociales

El testimonio de Maria Vieigas Domínguez

Con 96 años de vida relucientes

04|09|19 09:09 hs.

Por Marina S. Andreasen


María Vieigas Domínguez tiene 96 años recién cumpidos. Nació el 21 de Agosto de 1923 en Portugal. Vivió, se casó y atravesó las dificultades económicas y sociales de la Segunda Guerra Mundial. Luego llegó a la Argentina, ya casada y con un hijo, para reencontrarse con su padre que vino a este país cuando ella era apenas una niña. 

Hace 27 años que reside en Claromecó. Vino con su marido cuando los dos estaban jubilados, y encontraron en estas costas un paisaje y un modo de vida que los cautivó y los llenó de ganas de quedarse. 

Hoy es la persona más grande de la comunidad. Vive sola y cuenta que se las arregla bastante bien para cocinar y hacer las cosas de la casa. Dedica mucho tiempo a tejer y todavía se anima a meter las manos en la tierra, una pasión que perdura desde sus años mozos. Siembra, cosecha, come, y guarda las semillas para el año próximo. 


Fotos Carolina Mulder


Por la tarde, si está acompañada, sale a caminar o dar un paseo corto. También va al kinesiólogo, y desde que enviudó, asiste a un taller de pintura. Aunque no le gusta pintar, teje, toma mate y comparte conversaciones. Así se le pasa la tristeza. 

El año pasado, cuenta, festejó su cumpleaños tres veces: una en su casa, otra en lo de una amiga, y también en el taller. Para este año, la celebración de los 96 pensaba ser más sencilla, pero tuvo la enorme sorpresa de recibir la visita de su hijo desde Buenos Aires. 

Su vida está llena de marcas, de historias. “Tengo una vida tan larga…¡y he pasado tanto! que podría escribir una novela”, dice María, esbozando una sonrisa. 

Tantas historias no pueden incluirse en las idas y vueltas de dos pavas de mate. Sólo algunas quisieron salir desde Portugal, llegar a la Argentina, y ser contadas desde su casita de Claromecó, con el tejido en la mano y un gato en la falda. 

En Portugal 
“Cuando me casé, no tenía todavía 21 años. Mi marido se encontraba en el servicio militar, y le tocó estar en la guerra en el año 44. En ese entonces muchos de sus compañeros se enfermaron y murieron de lepra. Entonces a mi marido le dijeron que pase el parte de enfermo, que vuelva a Portugal y se case, que así no iba a tener que volver a la guerra. Entonces vino de licencia, y todo apurado para que nos casáramos. Pero resulta que yo no tenía edad, y necesitaba la firma de mi madre y mi padre. Pero mi padre estaba en Argentina…”, recuerda María. 


“Aunque me quebré y me quedé viuda de a poco sigo. El año pasado nos cansamos de comer lechuga”, dice Marta sobre su huerta


Y continúa: “Teníamos un hombre relojero, muy buen hombre, que aunque no era mi padrino todos le llamábamos padrino. Él fue y arregló todo. Dijo que mi padre estaba en Argentina y que había dejado de escribir, que no sabíamos nada de él. Mentira. Porque sí escribía. Y me dieron el permiso, hicimos todo el papelerío y me casé. Pero mi marido no se salvó nada. Al poco tiempo lo llamaron de vuelta para irse a las colonias igual. Tuvo que volver a la guerra. Y recién casados se fue no más y por tres años no lo vi. Así que fíjate la luna de miel que tuve”

Tiempos difíciles 
María cuenta que por aquellos años se pasaba hambre. Había poco dinero y no alcanzaba para comer. 

Desde muy chica aprendió a trabajar la tierra y a sembrar para comer. “La tierra allá es difícil, no es como esta. Cuando fui a Córdoba me hizo acordar mucho a Portugal, porque nosotros plantábamos así, en medio de los cerros, buscando pedacitos de tierra para sembrar entre las piedras. No siempre podíamos poner el arado, todo lo hacíamos de a pedacitos”, describe. 



Para siempre 
Llegó a Argentina porque acá estaban su padre, que se mudó cuando ella tenía apenas 7 años, su madre y su hermano, que habían viajado para quedarse luego de que María se casó.

A los 26 años, con su marido y su hijo, María Vieigas Domínguez de Pereyra arribó a este país para nunca más volver. 

Por mucho tiempo vivió en Buenos Aires. Primero, recuerda, en las calles San Juan y Cevallos, “en una casita arriba de una escalera rota de un conventillo”. Por aquel entonces María lavaba ropa. Más tarde, el capataz del marido, que trabajaba en una fábrica, los llevó a una casa quinta, cerca de la ciudad, donde tuvieron una mejor vida, no pagaban alquiler ni luz, y podían trabajar la tierra. 

Cuando su hijo, que era mecánico, la invitó a viajar a Portugal ella no se animó a volver. Entonces hicieron un viaje solos el padre y el hijo, y luego volvieron con fotos y videos que María miró con dificultad. Por aquel entonces le costó reconocer las casas, las calles, los paisajes. “Portugal es muy hermoso y me daría mucha tristeza volver” dijo. “Pero no me olvido que allá la pasamos muy mal, y que acá, en Argentina, fue otra cosa”. 

Una gran idea 
María relata que, por mucho tiempo, venían a pasar algunos días con su marido a Claromecó, y alquilaban unos departamentos. Después de que su marido se jubiló tempranamente, por invalidez, surgió la idea de mudarse definitivamente. La propuesta fue de él, pero María señala que “se quedó enamorada con esa idea”. 

Los recuerdos descubre en su rostro alegría: “Y mi marido un año vino y me dijo nunca me entusiasmé en ningún lugar como acá. Este lugar me encantó. Señamos y nos quedamos. ¡Qué cosa linda! ¡Íbamos a la playa a ver llegar los barcos y tiraban los pescados en la arena! ¡Y nos volvíamos a casa a comer pescado!” 



Tejer y trabajar la tierra 
De todas las cosas que sabe y le gustan hacer, hay dos que sobresalen: tejer y trabajar la tierra. 

Hace dos años, por idea de una amiga, tejió dos mantas para el Hospital Garrahan, en Buenos Aires. Luego se quebró la cadera, y cuando estuvo internada en el Hospital de Tres Arroyos, una enfermera le dijo: “¡Teja para nosotros!” Y así lo hizo. El año pasado tejió y entregó al Hospital Pirovano de Tres Arroyos dos mantas de una plaza rayadas de colores tejidas al crochet, una con lana fina y otra más abrigada. 

Además, desde chica le ha gustado trabajar la tierra. Suspira al referirse a esta práctica, y sonríe para comentar en qué consiste: “¡Hay! ¡La quinta! ¡Sembrar! Aunque me quebré y me quedé viuda de a poco sigo. El año pasado nos cansamos de comer lechuga. Ahora tengo cebolla de verdeo, cilantro…Con una mano agarro el sapín (una especie de pala) y con la otra mano agarro el bastón. Punteo y saco todos los yuyos. Cuando el yuyo está cortado, agarro un viejo tenedor que tenía mi marido y me pongo a puntear la tierra…”, explica con sus 96 años de vida relucientes.