Sociales

Por Raquel Poblet

Turismo con amigas

28|11|22 22:10 hs.

Aquí va una pequeña aventura de estas tres amigas tan singulares, las mujeres jirafa que hemos visto en otras entregas. Esta vez decidieron hacer un viaje a Brasil en una propuesta turística muy del gusto de ellas.

Los monstruos suelen ser seres macizos, voluptuosos, enormes. Son esos cuerpos que uno no termina de abarcar con la vista. Pienso en los elefantes, que son medio monstruosos, pero al final, cuando les mirás las caritas de bueno que tienen, los querés.

Mejor, pienso en el minotauro. Ese era grande, es decir, tenía un cuerpo de toro, o sea, era bajo, pero con volumen, con sustancia grasa; si se te caía encima, te mataba, o si se subía a un colectivo y se sentaba en un asiento de dos, no te dejaba lugar. Eso es un monstruo, siempre te hace algún daño, chico o grande. Pienso en el lobizón, que, en realidad parece un perro y uno sabe que es un vecino conocido y hasta te da un poco de lástima, pero cuando le mirás los colmillos, que no se los mirás, se ven solos, salís corriendo o te escondés, porque te puede despedazar. Hay muchísimos monstruos. Yo, acá al lado tuve unas vecinas que eran unas gemelas ancianas muy monstruosas por lo horrendas y malignas. Pero mejor, olvidarlas. 

El viernes a la noche nos juntamos las tres amigas en casa. Éramos Celia Casandra, Violeta Sebastiana y quien les habla, o sea, yo, Tatiana Isabel. Pensamos en hacernos unas vacaciones pero con actividad, como las del turismo aventura, o las giras etílicas o giras gastronómicas o de ver óperas por ciudades de Europa. 

Nos tomamos unos champancitos con unos grisines para mojar con pasta de palta con pasto de verdad, que, uy, la gatita de Celia Casandra se lo vino a comer. Ella vino a casa y se instaló en mi cuello. Es que va con Celia a todos lados. 

 Pero, bueno, prosigo con la historia. Nos tomamos el champancito para pensar mejor, hasta que Violeta tuvo la mejor idea: 

 -¡¿Chicas, y si hacemos turismo de lucha contra los monstruos?! 

-¿Qué es eso?-pregunté yo. 

-Es ir a lugares a donde hay monstruos y los turistas se entrenan para pelear contra ellos y derrotarlos. Es una actividad muy nueva. Se practica en el Uruguay, en Paquistán, en Hungría, en Italia, en Polonia. 

- ¡¿Vamos a Brasil ?! Gritó Celia Casandra escupiendo burbujas. Vayamos a Brasil a atrapar monstruos. Allá hay uno muy malo que está haciendo cortar las rutas usando a sus acólitos. Dicen que es feroz, que tiene seguidores malembrujados que hacen lo que él quiere. Son como esclavos obedientes. Podemos recorrer Brasil hasta atraparlo. 

- Dale-, intervine yo,-busquemos buenos hoteles. Vayamos a Buzios, a Florianópolis, a Río, a Sao Paulo, a Ilehus y quedémonos en Arraial D’Ajuda, porque si es un monstruo clandestino, seguro que se esconde ahí. 

-Además,-agregó Celia Casandra-, en Brasil hay mucha diversidad y nadie se sorprendería de nuestros cuerpos, de nuestras estaturas. Allá no tendremos que disimularnos ni emperifollarnos los cuellos, ni taparnos las orejas. 

- Sííí, -dije yo-. ¡Además, hasta podremos conseguir novio! 

Celia y Violeta miraron para abajo medio apesadumbradas y les serví más champagne. Las chicas se ocuparon de buscar hotel y pasaje. Todo por internet. Yo me abstuve de eso y dejé esa tarea en manos de ella, sobre todo de Violeta Sebastiana, que la tiene muy clara. Para mí, que no le tengo miedo a nada, internet es el verdadero monstruo, porque es tan invisible que no lo puedo entender. Pero bueno, este es un detalle que no importa. La cosa es que Celia Casandra y Violeta Sebastiana diseñaron una gira que fue inolvidable. Fuimos a Rio de Janeiro, nos instalamos en el hotel Río Othon Palace y fuimos con un guía a buscar al monstruo entre las rocas de una playa de Ipanema. No estaba. Fuimos al shopping de Leblón y tampoco estaba, pero sí había muchos acólitos a los que no atacamos porque, en el fondo, eran indefensos y nos dieron lástima, así que los dejamos. 

En Buzios nos quedamos en un hotel más chico y nos metimos adentro del mar, a ver si estaba escondido en algún submarino. Contra todo lo que dicen, aclaro que las mujeres jirafas nadamos y buceamos muy bien. Las tres estábamos tan entusiasmadas que casi llegamos a las costas de África, pero volvimos a seguir con nuestra gira, con lo cara que la pagamos… Además, ya la sentíamos como una acción de justicia. 

Fuimos a Sao Paulo y nos morimos de calor. Pensamos que estaría escondido por el área del estadio de Morumbí, pero no. No lo encontramos. Lo que sí encontramos fue a los paulistas bailando muy contentos. Fuimos zambando a lo loco, y, sin querer, llegamos a Guaruyá. Buscamos como locas y no lo encontramos. Además, había pocos acólitos.

Decidimos ir por tierra hasta el estado de Bahía, pero los guías nos advirtieron que no podríamos, que los acólitos habían cortado las rutas. Eso no era problema para nosotras, porque de un manotazo o con las bocas nuestras, los sacábamos en el primer intento, pero como somos jirafas pacifistas, preferimos abstenernos de tales diversiones. Así que fuimos en avión desde el aeropuerto de Guarulhos hasta el aeropuerto Magalaes de Bahía. Llegamos. Claro que fuimos a la casa de Jorge Amado, a deambular por esas callecitas tan pintorescas, pero sólo por un rato. A nuestro monstruo no le gustan los barrios populares y mucho menos las favelas, así que ahorramos tiempo y nos metimos en el shopping de Bahía. No estaba. Había sólo acólitos de diferentes tamaños y preferimos no molestarnos. 

Decidimos por fin ir a nuestro objetivo, al lugar a donde yo, Tatiana Isabel, imaginaba al monstruo escondido. 

 El guía nos advirtió que las rutas estarían cortadas por los acólitos muy enfervorizados. Y que sobrevolaban muchos helicópteros el cielo bahiano. Celia Casandra, con sus buenas artes, quiso convencerlo de que nosotras podíamos con ellos. Pero no hubo caso, así que nos tomamos las tres un avión de línea hasta Porto Seguro. Del aeropuerto nos fuimos a tomar la balsa que nos llevaría a Arraial D’Ajuda. Ahí nos encontramos a los balseros peleando contra un pequeño grupo de acólitos que no dejaban salir. Nos acercamos nosotras. Violeta levantó una mano y los acólitos salieron corriendo. ¿Quién dijo que en Brasil no se discrimina a la gente diversa? 

Los balseros nos invitaron a los mejores asientos, los demás pasajeros nos daban besitos y ¡hasta nos besaban los cuellos! Nos dieron cerveza y tuvimos que tomarla para no quedar mal. Es una bebida que a las mujeres jirafa no nos cae bien. 

Llegamos a la bella aldea de Arraial D’Ajuda. Violeta Sebastiana, con su sentido de la ubicación, nos condujo hasta un Casarao a donde nos hospedaron gratis por agradecimiento. Es que después de haber ahuyentado a los incordiosos acólitos, la aldea se llenó de turistas. 

Era de tardecita y bajamos el morro hasta la playa. Nos sacamos las mallas y las tres, de cuerpito gentil, nos metimos en el mar. 

La luna llena iluminaba bastante. Nos paramos de espaldas a las olas (unas olitas brasileras que nos hacían cosquillas) y vimos el morro rosado con su selva arriba. 

Yo dije casi solemnemente: 

 -Chicas, ahí arriba, en el mato, está escondido nuestro monstruo. Y por lo que intuyo, es un monstruito con forma y tamaño humanos. 

- Sí, -dijo Celia Casandra-. Y tiene una voz finita, chillona, aflautada que usa para gritar. A veces aúlla. 

- Y yo creo, realmente,-agregó Violeta Sebastiana-, que debe estar muy deprimido. 

 Al día siguiente, después de nuestro desayuno, que fue copioso, los dueños del Casarao nos trajeron diferentes tipos de pastitos y de grana bahiana para mezclar con el yogurt y salimos hacia la parte de arriba del morro. A nosotras nos encanta subir esas montañas bajas. 

Nos internamos en el mato, nos fuimos comiendo las hojas de los árboles, que eran yuyos indefinidos, muy densos y muy ricos. La seguimos a Violeta Sebastiana, ella huele y adivina derroteros. Nos metimos adentro de un túnel cueva hecho de hojas y barro. Era largo. Me tropecé con algo. Era un arma, una especie de fusil largo. 

 -Sí, es por acá-, afirmó Violeta. 

-¡Debe ser peligroso!-dijo Celia Casandra-. No sabemos manejar armas. 

-Vamos igual-. Insistió Violeta hablando en susurro. Los acólitos estaban armados y no nos pasó nada. 

-De pedo,-dije yo-. Podrían haber hecho una masacre.

 Seguimos caminando por el túnel-cueva siempre un poco agachadas, hasta que vimos algo insólito. El túnel-cueva se ensanchaba y tomaba la forma de un iglú. Un iglú un poco más grande que el de los esquimales, aunque igual, las tres juntas no cabíamos ahí dentro. Lo más singular de ese iglú era el material de construcción. No estaba hecho de hielo, por supuesto. Ni de adobe. Ni de piedra. Ni de ladrillos. No. 

Estaba todo edificado de armas apiladas. Fusiles, escopetas, pistolas y revólveres encajados unos sobre otros. También había ametralladoras. Como si fueran piedras o ladrillos, las armas constituían las paredes y el techo curvo. Era el lugar más horrible del mundo. Nos agachamos y nos metimos igual. Vimos adentro un cuerpito humano en posición fetal llorando bajito, como en un aullidito chico.

 -¡Es el monstruo!-gritó Violeta.

 Nos agachamos más y, como pudimos, lo sacamos del iglú. Atravesamos el otro túnel-cueva. El monstruito resistía y lloraba. Era como tener un gato grande sin uñas ni dientes. Tenía puesto un traje sin corbata muy arrugado. Ya en el aire libre se pudo parar, pero se derrumbó en un segundo como un castillo de naipes.

 - Metámoslo de incógnito en una valija y despachémosla,-resolvió Celia Casandra- con la depresión que tiene ni se va a dar cuenta. 

-¿Y qué hacemos con él?-pregunté.

 -Lo ingresamos en algún centro de reeducación. Lo bañamos, lo alimentamos con pescadito frito y lo emborrachamos, pero poco, para que no hiciera mucho pis. 

Lo vestimos con ropa nuestra. Apenas habló con esa voz finita que daba risa. Para que no se excitara y se pusiera a aullar, lo dopamos con bastante rivotril y lo plegamos a posición fetal. 

Nos entró perfectamente en una de las valijas y lo despachamos por la bodega del avión. Qué lindo fue emprender la vuelta. Celia Casandra extrañaba a su gatita Casandrita y, además, podríamos volver a nuestras reuniones con champancito, que en Brasil no había del bueno. 

Fuimos directo de Porto Seguro a Bahía, y de ahí a Guarulhos y de ahí a Aeroparque. 

Pasó las aduanas como si fuera jamón envasado al vacío. A nuestro paso habíamos visto acólitos convertidos en ancianitos tristes. Seguramente volverían a renacer pero sin tanta mala ínfula. 

Todo volvería a renacer sin el monstruo aullando.              




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