El galpón de 1882, utilizado para la esquila (Fotos: Marianela Hut)

Sociales

Por Valentina Pereyra

Brota el Manantial

11|06|22 19:33 hs.

Don Pedro Apphatie llegó desde los Bajos Pirineos a la Argentina en 1852. Ovejero y chacarero, pionero de la producción lanar de la zona. Su descendencia, los Gardey, honraron su nombre

La sección de “Avisos” del diario La Prensa del martes 20 de marzo de 1883 publicó: “Mensura. El agrimensor que suscribe autoriza al juez de 1° instancia, don Francisco Ramos Mejía, para medir el terreno de don Pedro Apphatie ubicado en el partido de Tres Arroyos, lindero al NE con el arroyo Cristiano Muerto, al SO con el campo de don Teófilo Gomila, al SO con Fermín Puyol y al NO con Estanislao, Gregorio y Jaime Gasalins”. 

Raúl y Teresa Gardey despliegan ese documento histórico sobre el escritorio de la oficina del campo. La belleza de ese papel amarillento está en la letra, en lo que allí se consigna con palabras, en los datos catastrales, en la firma de los vecinos que prestaron consentimiento. 

Al repasar la historia de manantiales y los relatos escritos y orales que la cimientan, cobran sentido nombres y apellidos que solemos ver escritos en carteles que nominan calles o ciudades. 


La casa Manantiales, inaugurada en 1920 (Fotos: Marianela Hut)


En noviembre de 1882, Dardo Rocha firmó la escritura de una fracción de campo a nombre de Pedro Apphatie. Unas quince mil hectáreas que fueran de Antonio Los Heros y luego de Carlos Casares. 

El nuevo propietario, nacido en Oloron Saint Marie, Bajos Pirineos, llegó a la Argentina en 1852 junto a otras familias amigas: Lanusse, Bioy, Camet, Casares, Luro, Duhau. 

Durante la fiebre ovina trabajó en Chascomús como peón ovejero, aparcero y cuidador de majadas “a tercio”. La importancia estratégica de la lana por esos años y el trabajo sacrificado le trajo grandes beneficios. 

Unos años después se casó con Elena Etchecopar, vasco-francesa como él. Compran el primer campo propio cerca de la laguna Esquivel, entre Pila y Chascomús. El matrimonio tiene cinco hijos, los varones nacen en el campo San Juan y las mujeres menores en Hotel Americano, edificio de su propiedad. 

De esa descendencia, María Apphatie se casó con Honorio Gardey y tuvieron una hija y un hijo. De los nietos de don Pedro, solo uno, Raúl Honorio Gardey, casado con Josefina Troncoso tuvo cinco hijos varones. 


(Fotos: Marianela Hut)


 De Chascomús a Cristiano Muerto 
Don Pedro trabajó desde los 15 años, primero como avezado ovejero y luego como productor ganadero. Es su búsqueda constante de nuevos horizontes, decidió comprarle a su amigo Carlos Casares un campo perdido en una región desolada de la pampa.

El paisaje era inhóspito, surcado por normes pajonales de la altura de “cruz de caballo”, según las medidas gauchas, sin lagunas ni arroyos permanentes, poca fauna silvestre, campos deshabitados y difíciles de desarrollar. 

Por esta razón es que la zona tardó en desarrollarse respecto a la de la costa y el este de Cristiano Muerto, llamadas “sierras del cristiano” -actualmente Gonzales Chaves-. Eran tierras que nadie quería, a pesar de la ley de Enfituisis, campos difíciles para la ganadería y para la vida.

La visión de don Pedro y su conocimiento del pastoreo signó para siempre el futuro de esta zona. Será por eso que le puso “Manantiales”, nombre al que el paso del tiempo le dio sentido. 


(Fotos: Marianela Hut)


Suelo reseco y árido, hectáreas y hectáreas de casi nada, pudieron ver su esplendor a través de las manos y la labranza de un pionero como Apphatie. 

Formó parte de la vida social de Tres Arroyos que acababa de fundarse en 1884 y que con la llegada del ferrocarril en 1886 se convirtió en el pueblo más importante de la zona. Además, don Pedro encontró buena acogida entre los vascos-franceses de la naciente ciudad, entre ellos Juan Bautista Istilart. Los libros bautismales de la Parroquia de Tres Arroyos registran a don Pedro y su esposa Elena como los padrinos de Pedro F. Arévalo, el primer niño en recibir los óleos bautismales en nuestra ciudad. 

Doña Elena murió en septiembre de 1916 y en los recordatorios decía: “No llores, pues voy a Dios y voy a esperaros en el cielo”. 

Luego de la muerte de don Pedro, ocurrida en Buenos Aires en 1919, sus hijas, Juana y María, heredaron el campo. Ellas estaban casadas con Bernardo y Honorio Gardey, respectivamente, que desde muy jóvenes eran socios en las tareas rurales. 

El camino de ingreso a Manantiales desemboca en un enorme parque en el que se destaca un galpón que luce orgulloso el nombre de la estancia y la fecha 1882. 

Don Pedro comenzó la construcción de diferentes edificios ni bien se hizo cargo del campo y se constituyó en la primera población estable cercana a Ochandio. Los caminos de las Postas y las pulperías cercanas llevaban y traían noticias de la estancia que se convertiría en un lugar de descanso para viajeros y de referencia para vecinos y pobladores. 

La estancia no tenía defensa, los años bélicos habían pasado. El coronel Benito Machado, juez de paz del Partido de Lobería y de la comandancia del regimiento N° 14 de Guardias Nacionales en “Sol de Mayo”, enfrentó a los indígenas y tiempo después estableció lazos de amistad con Calfucurá (Leonardo Canciani). 


(Fotos: Marianela Hut)


Manantiales, en 1884, se constituyó en uno de los primeros campos en alambrar sus tierras y en mensurarse. De este tiempo data la firma al pie del vecino don Teófilo Gomila que, según la legislación vigente, aprobaba el plano presentado a las autoridades provinciales. 

El paisaje conserva mojones de hierro y un chapón remachado a punzón con las iniciales P y A por Pedro Apphatie, tal vez la necesaria señalización a fines de los ‘80. La estancia estaba sobre la huella de la antigua línea de fortines, bordeando al oeste el arroyo Cristiano Muerto, nombrado por los indios Huincalanleuvú, aún se conservan vestigios del camino que nace en “La Libertad” de Gomila y sigue hacia el norte en dirección a “Manantiales”. 

 Los edificios 
 La construcción de los edificios se hizo con material traído de Tandil y de Juárez, incluso ladrillos de fabricación propia. 

Las edificaciones se adaptaban a la necesidad de la vida y el trabajo se relacionaba directamente con la posibilidad de comunicación. En la zona de “La Libertad” había Casas de Esquina que desarrollaban un comercio muy activo. Además, como se encontraba en la huella de Tres Arroyos a Lobería y Necochea, estaba en ventaja a pesar de la desolación de la época. 

Las dificultades de comunicación hicieron de Manantiales un lugar autosuficiente. Los edificios tenían gran cantidad de habitaciones para que residieran muchas personas, carnicería, horno de pan, gallineros, huerta, potreros, bañaderos de lanares, galpón de esquila, corral para vacunos, caballos, y un gran monte que está hermosamente conservado. 

En 1920 don Honorio Gardey posó orgulloso frente a la casa del casco que acababa de inaugurar. Antes se plantó el monte que orilla el camino de ingreso al campo. La serpentina terrosa que desembocaba en Manantiales, comenzaba en el Fortín “Sol de Mayo” (atrás del campo de Stornini y Baracco), pasaba por el corral redondo de “Palo a Pique” (al lado de la manga) y seguía hasta “La Libertad” estancia fortificada de Teófilo Gomila (camino a El Carretero), al lado del arroyo Cristiano Muerto. 


La escritura con la firma de Teofilo Gomila (Fotos: Marianela Hut)


Una vez que lograron dominar los pajonales y paja vizcachera y que florecieran los pastos “buenos” empezó a mejorar la capacidad productiva del lugar. 

Las primeras construcciones fueron: el corral “Palo a Pique”; el bañadero de ovejas y el galpón de esquila; la casa del personal, asentada en barro, con matera, el aljibe, el rancho del encargado que luego se reformó para casa familiar, el horno de pan, la carnicería, piezas atrás de la casa del personal con letrinas, casa en cruz para carros y aperos, la noria, el malacate y el jagüel atrás del bañadero (todavía no había molinos). 

El jagüel se usaba para extraer agua, se trataba de un pozo que llegaba hasta la napa y llenaba una represa que llenaba los bebederos y el bañadero de los lanares. El balde del jagüel se colgaba mediante una roldana de un trípode de palos largos y luego se elevaba con una soga gruesa atada a la asidera del recado que manejaba una persona montada a caballo. 

Algunos muebles que se conservan en Manantiales pertenecieron a las casas que Juana y Bernardo, María y Honorio tenían en calle Cangallo y Montevideo de Buenos Aires (hoy Hotel Cartdon). Otros mobiliarios de madera oscura llegaron al casco desde la casa de Mar del Plata, en avenida Luro y Falucho, a dos cuadras del mar, vivienda en la que murió Bernardo. 

Para llegar a Manantiales, la última estación era Juárez. Venían desde allí a caballo por el camino del Boliche de Chapar. 


(Fotos: Marianela Hut)


 La tía Juanita 
Juana Apphatie era una mujer alta y de contextura grande, carácter fuerte, pero piadosa, sencilla y muy generosa con sus empleados. 

Entre las anécdotas que se cuentan sobre ella, dicen que una vez corrió a bastonazos a un ladrón y que comía puchero con grasa hasta los 90 años. Fue a misa caminando hasta su muerte a los 94 años.

Juanita tenía un campo en “La Reja” que vendió y donó para la construcción de la iglesia de Ochandio y su mobiliario, poniendo parte también en la Casa Lanusse como reserva para su mantenimiento. El diseño y la construcción estuvieron a cargo de su sobrino, Raúl Honorio Gardey. 

 Ganadería 
Manantiales nació como una estancia de producción lanar, que creció por la capacidad que tuvo su mentor de controlar la sarna y por su trabajo capacitado. Para 1920 tenían 20 mil cabezas de lanares y 8 mil vacunos. 

La cría de caballos y vacunos creció con la instalación del alambrado y la destreza de los gauchos de la zona. 

La agricultura se desarrolló velozmente con la aparición de ferrocarril. Los productores a cargo fueron Bernardo y Honorio Gardey. 

La actividad tuvo protagonistas necesarios y de renombre como don José Errotaberea que se jubiló como mayordomo en 1955 a los 70 años. En sus años mozos había conocido a estos campos desnudos, campos que trabajó, dominó como ovejero y chacarero. Víctor Ávila y Alfredo Gutiérrez forman parte de los que no pueden faltar en la lista de trabajadores que dieron identidad al lugar. 


(Fotos: Marianela Hut)


La metodología de trabajo cambió luego de la muerte de Honorio Gardey en 1943. Se comenzaron a usar equipos propios y los primeros tractores a kerosene “El Triunfo” aunque se conservó el caballo para otras tareas agrícolas, como el movimiento de bolsas. Luego se reemplazó la trilladora estática por la cosechadora, lo que aumentó la capacidad de trabajo.

Nunca cambiaron las condiciones de trabajo de la gente, algo que es ley y valor inalterable para la familia Gardey. De ello dan cuenta los numerosos testimonios, tanto del personal de antaño como del actual. 

Los antiguos trabajadores ofrecieron su sabiduría a los jóvenes, muchos de ellos desarrollando sus primeras armas laborales en Manantiales. 

 Ochandio 
En 1900 nace “Villa Manantiales”, sobre uno de los bordes del campo, un caserío que con la aparición del ferrocarril se traslada frente a la estación. Entre los primeros pobladores se encuentran la familia Francois. Entre otros vecinos que se afincaron en el lugar se destaca el herrero Bautista Marlats. Hacia la mitad del siglo la localidad contaba con la infraestructura básica para su desarrollo: almacenes, talleres, acopio de cereales, hoteles y expendio de combustibles, entre otros, inaugurándose una escuela primaria y creando el Sportivo Ochandio Club. La posterior desaparición del FFCC asestó un duro golpe al desarrollo de la localidad. La Escuela N°11 Fray Luis Beltrán, el Jardín de Infantes y la Iglesia del Sagrado Corazón, se cuentan entre las entidades vigentes. 

Su nombre recuerda a Basilio Ochandio, que era propietario de las tierras donde se instaló el ferrocarril. 


Nota relacionada: Misionera de campo



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