Brandon junto a su papá Alejandro, su mamá Natalia y su hermana Berenice

Sociales

Brandon Henríquez

Otra oportunidad

04|06|22 20:36 hs.

Por Valentina Pereyra

Brandon Henríquez tiene 17 años y el 23 de marzo su cabeza impactó contra un acoplado. Permaneció varios días en coma farmacológico en el Hospital Penna de Bahía Blanca. Nueve días después del siniestro, volvió a su casa para contarla

- Tendría que haber usado casco. 
Fue la primera frase que dijo Brandon Henríquez el día que se despertó del coma inducido. 

- ¡Mamá, no me dijiste que estaba en Bahía Blanca!
Fue el siguiente descubrimiento, ya en terapia intermedia y con la asistencia de un equipo de profesionales médicos del Hospital Penna. 


Brandon, de 17 años, sufrió un accidente el 23 de marzo, pero tuvo consciencia del hecho varios días después. 

No recuerda nada de lo que ocurrió, lo que sabe es lo que le relató su familia y lo que leyó en la información periodística. 

Natalia y Alejandro, sus padres, pasaron horas, días, esperando que se despierte. Un domingo, después de retirarse del hospital, recibieron una llamada. Los profesionales que lo operaron le habían sacado el respirador: Brandon despertó y cuando le preguntamos qué quería, dijo: “Ver a mi mamá”. 

Natalia entró a la sala para abrazar a su hijo y él la recibió con una certeza: “Tendría que haber usado casco”. 

El 23 de marzo de este año Brandon regresó a su casa después de colaborar con un amigo en la atención de sus caballos. “Los ensillo para los chicos que van a tomar clases”. De camino, se encontró con un amigo que le preguntó: “¿Qué haces hoy? Vení a cenar a casa que es mi cumple”. 

Y así fue. Llegó a su casa, se bañó y a las 22.15 horas salió en la moto hacia el barrio Olimpo para pasar un momento con amigos en la previa al feriado. 

 - Ma, en un rato vuelvo. 

 El tiempo entre ese momento y su regreso a casa es una incógnita para Brandon y su familia, un agujero oscuro que a duras penas completó la crónica periodística. 

 Natalia ponía ropa a lavar cuando lo escuchó llegar. Su hijo estaba de pie frente a la puerta. Como había pasado media hora de su partida, bromeó: 

 - ¡Fa que te largaron rápido! 
Brandon atravesó el patio delantero y entró a la casa. Caminó en círculos por el comedor, las habitaciones y sin mediar palabra lanzó un vómito de sangre. 

 - ¿Qué pasó? 
 Sin responder, Brandon comenzó a girar por la casa, se fue al baño, no podía contar qué había pasado y no dejaba de vomitar.


Brandon hoy. “Me tengo que cuidar, pero va bien en la escuela” aseguró


 La desesperación hizo lo suyo. El joven no explicaba cómo había llegado a su casa, dónde estaba la moto o qué le pasaba. Entonces, su madre movilizó a toda la familia, les pidió ayuda con la intuición de que lo perdía, de que su vida corría peligro. Rápidamente decidió trasladarlo al Hospital Pirovano.

 El desconcierto los hizo pensar que podría haber sufrido un robo. “La ropa la tenía sana, no tenía raspones, nada, pero no podía contar por qué estaba en esas condiciones”.

 Cuando le preguntaron por la moto, dijo: “En lo de la abuela”. “Él me decía que no lo tocara que lo deje solo”. Tenía síntomas de una lesión cerebral como la confusión o los vómitos, pero no lo supieron hasta la internación. 

De camino al nosocomio no dejó de vomitar, pero sus pares desconocían los motivos de ese estado. “En la guardia lo atendieron y nos pidieron que averigüemos qué había pasado”. 

Luego de realizarle una tomografía, la médica de la guardia les explicó que tenían que llevarlo a Bahía Blanca porque se observaba una lesión en la cabeza y sangrado interno. Unos minutos después llegó la policía que traía una foto. En la imagen se veía la moto de Brandon incrustada contra un acoplado. “Pensamos que subió la Ruta 3 y cuando giró hacia San Lorenzo se tragó el acoplado”. 

La impresión, la desesperación, la desazón conmovieron a los padres del joven que escuchaban el diagnóstico y, al mismo tiempo, una revelación: el traslado se iba a retrasar porque no había un médico para acompañar al chico en la ambulancia. 

“Quedé muda, no entendía nada, se me vino todo lo que pasé con Alejandro y no me podía ni mover”, dijo la mamá en alusión a un accidente en moto que tuvo su esposo y lo dejó con serias secuelas físicas. 

 El temporal de esa noche desató toda su furia y el dolor se cubrió de tormenta. “A las 23.30 no conseguíamos hacer el traslado, así que luego de que la doctora de la guardia se moviera y la doctora Claudia Cittadino interviniera, nos avisaron que podíamos llevarlo”. Desde el pasillo el papá de Brandon había escuchado que también buscaban un avión sanitario, así que sabían de la gravedad del caso.

Llovía a cántaros, la ruta estaba inundada, las líneas desdibujadas debajo del aguacero, la ambulancia se sacudía y luchaba para no ponerse de lado. En el viaje coincidieron la furia del clima y la lucha de Brandon por sobrevivir. 

Una vez en el Hospital Penna de Bahía Blanca lo llevaron a realizar una tomografía computada. Lo que vieron los profesionales los dejó con pocas esperanzas. 

 - No reacciona, pasen a despedirse de él. 
A la mañana siguiente, lo operaron. “Vamos a hacer lo que esté a nuestro alcance porque es una intervención riesgosa, así que prepárense para lo que sea”, dijeron Nicolás Albarracín y Gabriel Boneto, neurocirujano y cirujano de 25 y 26 años. Natalia recuerda cómo movían sus manos para explicar las características de la intervención y las mostraban como herramientas para lograr que Brandon saliera del trauma. “Ellos hablaban y yo seguí con la mirada sus movimientos y pensé en el milagro que podía hacer y salvar la vida de mi hijo”. 

La sala del quirófano se abrió, Brandon ingresó inconsciente, los profesionales entraron y ¡a esperar!. 

“La operación podía salir bien, todo dependía de cómo Brandon fuera reaccionando. Empezaron a las 8 de la mañana y terminaron a las 13 más o menos. En ese tiempo recibimos mensajes y apoyo de la gente que nos contuvo, familiares, amigos, la comunidad, personas de la zona, de la Agrupación Tradicionalista Jinetes del Ballet Folclórico Municipal, la directora de la escuela, los compañeros, gente de Chile, increíble la cantidad de personas que se unieron también en cadena de oración”. 


Con un gorrito que protege sus cicatrices. “Me siento bien, como siempre” dijo


Natalia y Alejandro clavaron la mirada en la puerta del quirófano y no se movieron. “Cuando salieron los médicos nos dijeron que había perdido mucha sangre, pero que estaba bien, lo iban a dejar en coma farmacológico hasta que se desinflamara el cerebro. Solo había que esperar su reacción”. 

En la intervención lograron parar el sangrado, le sacaron un hueso y lo reemplazaron por una placa de platino, y controlaron la lesión del hueso frontal “está molido, pero va acomodándose, regenerándose con el tiempo”. 

Pasados los días, el joven seguía inmóvil en su cama de terapia. Los padres lo veían en los horarios pautados y luego volvían a su alojamiento para esperar a la siguiente jornada y rezar. Fue cuando recibieron otra llamada crucial, el día de la pelea de Tito Lemos, así lo recuerdan: “¿Habla el papá de Brandon Henríquez? Vengan, se despertó y no lo podemos tener”. 

Llevaba tres días en coma farmacológico. “Fuimos corriendo, dimos un pique esas dos cuadras y llegamos sin aliento. Entramos y estaba enloquecido porque se quería levantar, tenía un sensor en la cabeza que avisaba sobre posibles sangrados y él intentaba sacárselo. No sabíamos si llorar porque lo veíamos despierto y a la vez nos dábamos cuenta que era él, renegado, solitario, no quería que lo toque cuando intenté abrazarlo. Pero ante la situación lo sedaron”. 

Unos días después le sacaron el respirador, la familia pudo entrar a verlo y lo escucharon preguntar: “¿Cómo quedó la moto? Estos pavotes dicen que me choqué algo”. 

 Todavía no sabía por qué estaba a 200 kilómetros de su ciudad e internado. Entonces evaluaron que al encontrarse estable y con el control profesional correspondiente, podían contarle lo sucedido. “Se quería ir, renegaba y entonces pensé: ¡Este es mi Brandon!” 

Natalia y Alejandro vieron a su hijo vomitar sangre, con un golpe en la cabeza, conectado al respirador, en coma farmacológico, tuvieron que ingresar a despedirse de su hijo, esperar días hasta que reaccionara. Pero llegó la noticia que esperaban, por la que la comunidad de Tres Arroyos y los alrededores rezó. Entonces lo escucharon hablar, lo vieron ponerse de pie, comer y recuperarse, tanto que nueve días después pudo volver a casa en auto. 

Hace un mes que retomó las clases en la Escuela de Educación Secundaria N°6 con la ayuda de su directora Flavia Ricci y del equipo docente y de orientación que colaboraron activamente para que la vuelta a la escuela fuera lo menos traumática posible. “Me tengo que cuidar, pero me va bien en la escuela”, dice Brandon que espera finalizar los estudios para dedicarse a tiempo completo a los caballos. 

Los amigos de la Agrupación Tradicionalista de Jinetes del Ballet Folclórico Municipal lo acompañaron durante su convalecencia visitándolo asiduamente. “Me siento bien, como siempre. Voy una vez al mes a revisación. Lo primero que quisiera hacer es salir a andar a caballo”. 

El pelo de Brandon cubre parte de las cicatrices, el gorro lo protege. Sabe lo que debería haber hecho para evitar el golpe, pero más claro tiene que el milagro de su renacer es el camino para vivir con esperanza.  



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