Teresita Pascuet Leymarie junto a su marido Raúl Gardey

Sociales

Misionera de campo

28|05|22 21:12 hs.

Teresita Pascuet Leymarie es una mujer de campo. Casada con Raúl Gardey, madre de Bernardo, María de la Paz y Lucía, hizo del campo un lugar para vivir y para misionar. Basta escucharla para entender la verdadera dimensión del amor

Por Valentina Pereyra 
Fotos: Marianela Hut 

Las manos hacedoras de Teresita y su buen humor deslumbran. La palabra justa, la anécdota a flor de piel, el esfuerzo, el trabajo, el servicio y la fe, la definen.

Llegamos a Manantiales después de las dos de la tarde. Las imágenes soñadas que enmarcarían un día perfecto se ensamblaron con las expresiones de asombro. Teresita salió a recibirnos y los perros revolcaron su alegría por el pasto. 

-¿Qué van a hablar de mí? Me da vergüenza. 

Iniciamos el recorrido por el parque, entramos en las casas y galpones, escuchamos lo que cada ladrillo, plano, reliquia, árbol o pedazo de camino tuvo para contarnos. 

Teresita se zambulló en la historia familiar. Raúl Bernardo Gardey, su esposo, colaboró con datos precisos y documentos invaluables que dan cuenta de la importancia del lugar. Nos acompañaron los perros y el canto de los pájaros recién levantados de su siesta. Las palabras que hilvanó Teresita abrazaron a todos los que le dieron identidad a estas tierras en cercanías de Ochandio. 

 Es la menor de seis hermanos, nació en Henderson, el 31 de agosto de 1949, en la farmacia de su tía Leontinas. Cuatro días después recibió los óleos bautismales en la iglesia Santa Teresita de Henderson. “Mi mamá le pidió a papá que me bautizaran, me mandó con él porque ella no podía levantarse. Mis hermanos son mis padrinos. ¡Mirá, me puso María Teresita, el nombre en diminutivo! ¡Y yo tan grandota!”. 


Teresita relató anécdotas de su infancia y recordó a los miembros de su familia


El abuelo catalán de Teresita, don Jaime Pascuet, era sastre. A su hijo Luis le gustaba la arquitectura, sin embargo se dedicó a trabajar como dibujante de planos en el estudio de don Pablo Hary, fundador del grupo CREA. 

A Luis Pascuet, padre de Teresita, le gustaba el campo, por esa razón don Pablo Hary lo llevó a la estancia Bersée, cercana a Henderson, para trabajar como escribiente, “se llamaba mayordomo en esa época”. Juanita Leymarie de Pascuet, su madre, vivió toda la vida en el campo. 

La abuela materna, Bonifacia Uriarte de Leymarie, llegó a los 17 años a Argentina desde de Bermeo. “Todavía conservo los baúles que trajeron cuando llegaron”. 

Bonifacia conoció al abuelo francés de Teresita, Enrique Leymarie que trabajó como traductor en el círculo de armas donde se hizo amigo de Pedro Luro que los contrató para cuidar sus majadas a tercios en el sur. Cuando los abuelos se casaron en Mones Cazón, recibieron un regalo de Pedro Luro, el campo 17 de abril entre Henderson y Pahuajó. “Soy muy parecida a la abuela Bonifacia, gorda, de boca caída, bien vasca y también de carácter. Dicen que hasta que no llegaba con su coche al cine de Henderson, no empezaba la película”. 

 Crecer a campo 
Alicia, la hermana soltera, era la maestra de la escuela rural a la que llegaban en un carro americano. Teresita asistía de oyente hasta que empezó a tomar clases en su casa. “Tuvimos maestras en la estancia que daban clases para todos los chicos del campo y vivían ahí. A fin de año dábamos exámenes delante de los otros chicos del pueblo. Me quería matar, leíamos en voz alta, teníamos que levantar la vista en el punto, dar vuelta la hoja, un horror”. 

La familia de Teresita se trasladó a la estancia Chopitaló de los Murature, “papá administraba las 5000 hectáreas en el límite con La Pampa y otras 5000 de la estancia La Pala. Cuando se vendió el campo fue muy triste irse, salimos en la ‘americana’ y en el jeep; mi hermana y yo nos quedamos hasta terminar la escuela. Después mis hermanos fueron pupilos al colegio Marine en Buenos Aires y las mujeres con las hermanas azules de Lomas de Zamora. Mi padre decía que la mejor herencia era dejarnos una buena educación. Le fue más o menos conmigo”. 

El periplo no terminó ahí, quedaba un largo viaje hasta llegar al terruño en el que pasarían la mayor parte de sus vidas. 

 Luis Pascuet supo que necesitaban un encargado en la estancia de los Gardey, a pocos kilómetros de la estación Ochandio. Así que se puso en campaña para revisar las posibilidades, evaluar la situación y finalmente aceptar el trabajo. 


La estancia Manantiales pertenecía a la viuda de Raúl Honorio Gardey, quien se convertiría en la suegra de Teresita


Se trataba de Manantiales, la estancia de la viuda de Raúl Honorio Gardey, que años más tarde sería la suegra de Teresita. La enorme extensión de territorio a su cargo necesitaba atención urgente. La mujer tenía cinco hijos y solo iba al campo a veranear. “Mi mamá contaba que el mayor temor de mi padre era estar al mando de una mujer que no sabía nada o casi nada de campo”. 

El camión de mudanzas llegó a Manantiales desde Murature en 1961. Trajo el piano, estatuas, ruibarbos, los perros, amados amigos de Teresita que terminó sexto grado en Ochandio y fue abanderada. “Mis padres venían a conocer a mi suegra, pensaban que iban a encontrarse con alguien que tendría otro cielo, otro infierno, pero no fue así. Si bien mantenía la distancia, mi suegra fue muy buena con su personal. Cuando volvía del pueblo en estanciera, pellizcaba galleta de la bolsa y eso resultaba sorprenderte para la época. Por el trato que mis padres tuvieron con sus patrones y conocer a tanta gente me ayudó a no tener distancias con las personas. Antes se hacían muchas diferencias, por eso teníamos mucho miedo cuando llegamos a la estancia”. 

La inmensidad de los campos linderos al mar, los arroyos, llenaron el ojo y el alma de Teresita. “La sorpresa de esta zona. ¡Fue tan distinto! Venía en el colectivo pasando por Bahía Blanca y empecé a ver los arroyos, el río y al llegar a destino, el mar. Era una zona muy distinta a Murature”. 



 La familia Gardey 
“Los Gardey venían a Manantiales solo en verano, jugábamos con Pablo y Carlos, teníamos casitas en el monte que todavía existen. Raúl, José y Miguel pasaban mucho tiempo con mi suegra en el escritorio. Ella era maestra de ciegos en Lanús y la verdad es que no sabía nada de campo. Por eso, mi papá les enseñaba todo, incluso a los chicos, aquello que un padre puede transmitir”. 

Teresita llenó su nueva vida de luz, canciones, verde, huerta compartida con su madre, conocimiento de las plantas y libertad. “Terminé sexto grado y fui pupila con las hermanas de Azul. Volvía a casa una vez al mes y acompañaba a papá al campo, tocaba la guitarra, dibujaba en el monte, no me aburrí jamás, iba con el Wincofon al monte y me sentía el payador perseguido”. 

El parque, los galpones, la inmensidad se inundó de notas musicales que con maestría ejecutaba la mamá de Teresita. Los empleados del campo y la familia se regocijaban con sus pastelitos de los domingos. Después de misa, volvían de Ochandio a festejar la vida al son de los pasos dobles. 

 Raúl trabajaba en la cosecha, mientras Teresita, acompañada por Pablo Gardey, llevaba el mate cocido y bolsas de ciruelas o buñuelos para compartir con los trabajadores. 

Para Teresita las personas no tienen distinción alguna. “Todos somos hijos de Dios, el desafío en el campo en guiar a la gente, sin perder de vista que somos hijos del mismo padre”. 

El aire puro de la pampa más bella se llenó de aroma a familia. “En el verano venían todos los Gardey, mis papás se jubilaron y se fueron del campo, pero después los traje de vuelta igual que a mi suegra, murieron acá”. En la habitación que fuera de doña Josefina Troncoso hay una cama y un reclinatorio para rezar. El ventanal descubre la galería de árboles cuyas ramas saludan al sol en cálido abrazo y señalan el camino hacia Ochandio. 

Teresita atesora una carta que dejó su padre antes de morir, “Nos pidió que lo enterrásemos en el lugar más cercano al campo y de la manera más sencilla. Le hice una cruz de quebracho y un cantero de flores. Además, escribió una recomendación: Aprendan de los hermanos Gardey que nunca se pelearon por una hectárea”. 


Manantiales se ubica en cercanías de Ochandio, en el partido de San Cayetano, y los Gardey iban en época de verano al campo


 Las misiones 
El amor de Dios maravilloso y sabio, tuvo en su sierva Tina, mamá de Teresita, una gran misionera que pasó parte de su vida organizando reuniones de fe, enseñando catecismo. “Me grabé a fuego que no importa el cargo que cada uno tenga, siempre lo tengo en cuenta en el trato con los empleados, nunca pensé que me iba a tocar manejar el campo, pero lo hice bajo la mirada de Dios”. 

 Raúl Gardey desarrolló una enorme vocación de diácono, y desde esa mirada piadosa trató con todos los que estuvieron a su cargo. 

 Teresita y Raúl iniciaron su noviazgo en Buenos Aires. “Los dos teníamos los mismos ideales” y se casaron en la Iglesia María Magdalena de Betania en Corrientes y Medrano, una construcción realizada por el papá del novio. “Era ingeniero, se dedicaba a construir iglesias, como la que hizo en Ochandio”. 

Después de un tiempo, Raúl regresó a tomar posesión del casco del campo con una misión clara: “Cuando producís tenes que saber que es para dar trabajo, no para ponértela encima”. 

El matrimonio organizó charlas, retiros de jóvenes, misiones en el campo y hasta obras de teatro. “Me parezco tanto a mi mamá, ella me enseñó del amor de Dios. Los papás de Raúl también eran muy cristianos y estaban al servicio de los demás, gente muy piadosa, cristianos muy comprometidos, mi suegra fue la responsable nacional de la acción católica de mujeres rurales”. 


La habitación que fuera de doña María Elena Gardey, con el ventanal apuntando hacia el maravilloso paisaje



 La carrera universitaria 
Teresita quiso ser arquitecta, pero desistió por su poco afecto a las matemáticas. En cambio, su amor por el prójimo la acercó a hacer la carrera de Servicio Social en la UCA. Las prácticas las hizo en varias villas de Buenos Aires y completó los estudios en el Instituto de Cultura Religiosa Superior, donde funcionaba la UCA. 

Se adaptó a Buenos Aires, al principio con miedo, “Como dice Landriscina, me pasó como a los paisanos, por ejemplo en el subte, donde si te queda media res afuera, vas aplaudiendo ladrillos hasta la otra estación”. 

Trabajó en el Hospital Gutiérrez, en la sala 17 de clínicas, en el hospital Cruce Varela, también hacía servicio social de grupo y comunidad en el barrio Argentina. “Estudié para poder hacer algo por los demás y solucionarle la vida a los que necesitaban, no sé si pude. Conocí familias que tenían todos los problemas en su casa”. 

La temática de su tesis fue promover una zona rural. Eligió Ochandio. “Hice el trabajo desde el Club que es el lugar que la gente armó y participó, el lugar que hicimos entre todos, algo bien propio del pueblo. Me saqué nueve en la tesis, iba cada quince días a supervisión. Después me di cuenta que nunca terminé de arreglarle el problema social a nadie, pero sí ayudé a muchos y les enseñé el catecismo que era lo que los iba a ayudar”. 



Tomar las riendas del campo 
Raúl hizo la primaria en la Escuela Argentina Modelo y la secundaria en el Colegio El Salvador de los Jesuitas. Estudió psicología y agronomía aunque no finalizó las carreras. Trabajó fuertemente en su comunidad y comenzó atendiendo a la gente de Ochandio, visitando a los enfermos. “El obispo le dio permiso para atender la parroquia ante la enfermedad del padre Jacobo, entonces empezó a estudiar diaconía en Bahía Blanca. Siguió por ese camino que lo hace feliz. Entonces hicimos el trato: Yo me ocuparía del campo y él seguiría con la tarea de diácono”. 

El matrimonio tuvo tres hijos: Bernardo se dedicó a la mecánica, María de la Paz es psicóloga y psicopedagoga, Lucía estudió bioquímica y farmacéutica en la UBA. “Siempre quisimos que los chicos hicieran lo que más les gustaba. Tranquito a tranquito me ocupé del campo en común acuerdo con Raúl”. 

 Teresita cree que el mundo se cambia desde adentro, en la cocina de la casa. “Con mi esposo estamos de acuerdo en lo esencial, eso no significa que no tengamos diferencias. Raúl tiene carácter callado y yo soy una metralleta, pero hay que amoldarse respetando los caracteres de cada uno. Sé que Dios me ayuda en los despelotes más grandes, siempre me ha dado una fuerza que no es mía y una inteligencia que no es mía, tengo el amor que lo suple todo. Doy gracias a Dios por mi vida”. 

Llegó al mundo con la misión de dar. 


Galería de imágenes:



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