La Ciudad

Un hijo de Copetonas en el Crucero Belgrano

“Subí a cubierta lleno de petróleo y vi todo lo que podés ver en una guerra”

14|05|22 22:08 hs.

Por Alejandro Vis 


 El sol domina el cielo en las primeras horas de la tarde. A las tres en punto, se produce el encuentro entre Blas Fernández y La Voz del Pueblo en Copetonas, donde nació uno de los sobrevivientes en el hundimiento del crucero ARA General Belgrano. Blas viajó desde Punta Alta, allí reside con su familia, y luego continuará hacia Reta, porque “la pesca es el mejor psicólogo”. 

Las islas Malvinas están presentes en su indumentaria. En la hebilla del cinto hay un mapa que las refleja con los colores de Argentina; lleva una cadenita con un detalle sobre el lugar; y también se observa a las islas en su camisa blanca, que además a la altura del corazón, en un bolsillo, tiene la inscripción última tripulación del crucero ARA General Belgrano. 

En la adolescencia 
Cuando terminó la escuela primaria, su padre -de quién heredó su nombre- le dijo que debía ir al secundario. “Yo no quería, entonces la opción fue trabajar. Tenía 13 o 14 años, fui molinero, peón de albañil, panadero, vendía revistas, verdura”, enumera. 

 Blas recuerda que “un día salió una publicidad sobre el ingreso a la Marina, un amigo de mi viejo me preguntó si tenía interés. Me gustó la idea, con 15 años y medio salí de Copetonas a la querida Escuela de Mecánica de la Armada. Integré la promoción 1974, la más grande de la historia, con 6446 aspirantes de todo el país”. 

Al describir su formación, explica que “en 1975 me destinaron al portaviones 25 de Mayo, amarrado a Puerto Belgrano. Empecé a navegar en el frente marítimo. En 1976 me tocó nuevamente en la Escuela de Mecánica, fui a especializarme porque soy mecánico motorista. En 1977 retorné a Puerto Belgrano, al buque ARA Piedrabuena, al año siguiente en el conflicto con Chile por el canal de Beagle navegué bastante en ese barco, luego se superó con la mediación papal” (intervino Juan Pablo II, a través del su enviado el cardenal Antonio Samoré). 


“Glorioso”. Así define Blas Fernández al crucero ARA General Belgrano. En la misión por la guerra tuvo 1093 tripulantes, de los cuales fallecieron 323



Realizó cursos en la ciudad de Buenos Aires para formarse en su profesión y en 1980 lo asignaron “al glorioso crucero ARA General Belgrano. Era cabo primero”. 

Por entonces, “estaba de novio con Mariel García, también de Copetonas. Pedí la venia para casarme. En ese tiempo había que cumplir con esta solicitud”. Un mes antes del desembarco argentino en las Malvinas, el matrimonio se hizo realidad y decidieron radicarse en Punta Alta. Blas tenía 24 años, Mariel 20 y se había recibido en forma reciente como docente en Tres Arroyos. 

 Su muelle
El crucero había sido desarmado para “un mantenimiento, puesta a punto y la preparación general”. El comandante era el capitán de navío Héctor Bonzo y días después de la recuperación de las islas, zarpó desde Puerto Belgrano. “El martes 13 de abril, día en que según nuestras madres ‘no te cases, ni te embarques’ -afirma-. Llegamos al canal de acceso y se rompió una bomba que envía agua a los enfriadores de las turbinas, junto a algún otro inconveniente. Entonces la comandancia dispuso el regreso”. 

 Finalmente, el viernes 16 el crucero se despidió para siempre de su muelle. Las informaciones sobre el conflicto llegaban “por teletipo” y a su vez, había datos que tenían carácter confidencial. 

A Blas le decían “Copetona”. El sobrenombre surgió el día en que fue a inscribirse en la Marina y mencionó que provenía de Copetonas. “¿Dónde queda?”, le preguntaron. 

Le otorga importancia al nivel de organización, porque “se hicieron zafarranchos de combate, prácticas de abandono a cualquier hora de la noche, del día. Gracias a eso hoy estamos vivos”. 

 En Ushuaia se llevó a cabo el reaprovisionamiento de combustible; “tenía 67 tanques interconectados entre sí, 1900 toneladas de fueloil. Habíamos gastado casi la totalidad”. 

Incorporaron más municiones y el crucero volvió a zarpar. Blas indica que “cuando llegamos al estrecho de Le Maire, los ingleses ya habían hecho el perímetro de las 200 millas. Fondeamos en la isla de los Estados”. 

 Tres días antes del hundimiento, volvieron a cargar combustible a través del buque tanque Rosales de YPF. Si bien no pudo ser detectado, en ese momento al submarino militar británico HMS Conqueror “lo teníamos pegado abajo. El sábado 1º de Mayo íbamos a entrar a las 200 millas, se esperaba un ataque de los aviones Sea Harrier, los estuvimos esperando hasta las 2 de la mañana”. 

Se registraba “un temporal inmenso. Nos pusimos pro al continente, ahí el submarino nos larga -relata Blas-, se va a un banco de piedras, a 180 metros. Teníamos dos escoltas, pero no lo pudieron detectar con el dispositivo sonar (técnica que envía pulsos de sonido a través del agua)”. 

El domingo 2, almorzaron tallarines con tuco, lo que señala con precisión. Luego de descansar un poco, Blas tomó la guardia en la sala de máquinas a las 15, una hora antes de la previsto. Debía hacer un trabajo con el sector del combustible, circunstancias en las cuales dos compañeros lo invitaron a tomar unos mates. “En principio, dije que no, pero luego fui a tomar cuatro mates”, puntualiza. Se produjo una fuerte explosión, por el impacto del primero de los dos torpedos que dañaron al buque, que se encontraba fuera de la zona de exclusión. Con énfasis, afirma: “Yo soy católico, si no me quedo a tomar esos cuatro mates hoy no estaríamos charlando”. 

Lo que siguió fue durísimo, “mucho fuego, griterío. Subí a cubierta lleno de petróleo, hasta el día de hoy no me explico cómo lo hice. Vi todo lo que podés ver en una guerra. Fui a popa totalmente loco, en esa situación no pensas en nada”. 

Lograron tirar al agua la balsa, que cayó al revés, pudieron acomodarla y se ubicaron 19 tripulantes, “todos mojados”. Expresa, como si estuviera nuevamente allí, que “el crucero estaba escorado. Un torpedo lo había cortado 15 o 16 metros, teníamos la proa para afuera, hubo balsas que pasaron y al tocar con los hierros, se hundieron. A mi balsa la sacó una ola y el viento”. 

Había una sola misión, sobrevivir. “Estuvimos 34 horas, por la noche nos encontramos ante olas de 14 metros. Mi balsa navegó hacia el lado de la Antártida poco menos de cien millas, un día más no aguantábamos”, considera. 


La entrevista se realizó en la plazoleta de Copetonas que lleva el nombre de José Andersen y Blas Fernández




En el mar, con un clima muy adverso, buscaron darse calor. Blas cuenta que “nos orinamos encima. Estábamos pegados. No hay que dormirse, evitar la muerte blanca del andinista, llega un momento en que no sentís frío, te da sueño. Pero ya no aguantábamos más”. Uno de sus compañeros en la balsa fue Ricardo “El Ruso” Wery, “un entrerriano que también se radicó en Punta Alta”. 

En medio del drama, pueden darse historias maravillosas. Así sucedió con el avión Neptune que localizó las balsas con sobrevivientes: entre sus tripulantes se encontraba Jorge Andersen, también nacido en Copetonas y amigo de la infancia de Blas. 

El avión tiró una boya y de esta manera, llegaron barcos para el rescate. “Nos trasladaron en el buque ARA Francisco de Gurruchaga a Ushuaia. Me dieron una bebida caliente en una taza de aluminio, hervía, la agarramos y no la sentíamos”, comenta. 

Desde Ushuaia, partieron en avión hacia el edificio Libertad, sede de la Armada Argentina, en la ciudad de Buenos Aires. Luego lo derivaron a Puerto Belgrano. 

Blas no figuraba en la lista de sobrevivientes, lo que prolongó la incertidumbre en su familia. “A mi señora le había dejado la cédula militar. Fue con este documento al Hospital Naval Puerto Belgrano, salió el cabo segundo Mario Vilares, que hacía una guardia. Miró la foto y dijo ‘es la Copetona’. Así se enteraron que estaba con vida, en una revisión médica”. Habían viajado su suegro y su madre, mientras que el padre de Blas “se quedó en Copetonas muy mal, él sabía que mi función era en la sala de máquinas, pensaba que me había muerto”. 

 Con emoción, valora que “el recibimiento de mi querido pueblo fue muy lindo. Vine a Copetonas, me hicieron una nota para La Voz del Pueblo. Salió en Para Ti, Gente, en muchos medios”. 

 Siguió navegando hasta que cumplió 50 años y se retiró de la Marina, si bien sigue perteneciendo a la reserva. Sufrió algunas secuelas en su salud, “después del hundimiento me extirparon medio pulmón de cada lado. Tuve cáncer de colon y después de recto. El gato tiene siete vidas, me quedan tres todavía, estamos bien”.


La memoria 
Hizo falta tiempo para empezar a compartir lo que sucedió. “Empecé a hablar tras 18 ó 20 años. Nos comenzamos a juntar para mantener viva la memoria de los 323 héroes que hoy en día se encuentran a más de 4000 metros de profundidad, haciendo la guardia del crucero”, sostiene. 

Durante seis años presidió la Asociación Ultima Tripulación del Crucero General Belgrano: “Recorremos el país dando charlas sobre lo que pasó. A nosotros nos hace bien contar y para la sociedad es bueno escuchar”. 

 En su casa 
Días después del 40º aniversario del hundimiento, volvió a Copetonas. Es una visita frecuente, que hace cada vez que puede. En forma previa y luego de la entrevista, se acercaron a saludarlo el delegado municipal Mariano Hernández, otros vecinos y amigos. 


Una invitación del plantel de Copetonas. El domingo pasado ingresó a la cancha de Cascallares con la bandera del crucero




El domingo pasado, el plantel de fútbol de Copetonas lo invitó a ingresar con la bandera del crucero ARA General Belgrano a la cancha de Cascallares, donde jugó y ganó el clásico por 3 a 1. “¡Qué lindo! Había muchísima gente, aplaudiendo desde los cuatro costados”, cuenta con satisfacción. 

Recibió afecto y reconocimiento. “Estoy agradecido a mi querido pueblo. Las raíces no se pierden nunca”, exclama y concluye: “Hay colimbas que me llaman todos los domingos, se ve que algunas cosas las hice bien”.   


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La familia

Su padre falleció y sobre su madre Dora Ferrari, Blas indica que "a mi viejita la tengo en Punta Alta". También su hermana Viviana reside en la misma ciudad. 


Blas Fernández, su esposa Mariel y los tres hijos de ambos: Gabriela, Martín y Marilina




Con Mariel tuvieron tres hijos. La mayor es Gabriela, licenciada en Comunicación y profesora universitaria, a quien él le planteó sobre la responsabilidad que implica su tarea: "un locutor con un micrófono, un periodista con un papel, te pueden tergiversar cualquier información". Después en edad sigue Martín, quien trabaja en Cablevisión en Bahía Blanca; y la menor es Marilina, licenciada en Recursos Humanos, integra una empresa multinacional en la capital federal.

La vida le dio la enorme alegría de contar con dos nietos, Timoteo y Oliver, hijos de Gabriela; mientras que Martín va a ser papá por primera vez. 



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La pesca, un legado

Blas Fernández padre fue un notable pescador. “Tiene el récord mundial de la corvina negra. Fue sacada en Dunamar y pesó a diez horas de haberla obtenido 48,100 kilos”, señala con orgullo su hijo. 

En Facebook 24 Horas de la Corvina Negra se indica que este pique tuvo lugar en la madrugada del 27 de marzo de 1971. El peso y diámetro “fue controlado por la autoridad policial de Copetonas, el doctor Kaiec y Carlos Larsen del Copetonas Reta Pesca Club”. 

En el tradicional concurso pesquero del Club Cazadores “participó siempre, nunca pudo ganar. Sacó cantidad de corvinas negras en Claromecó y en Reta. Esas cosas las mamé de muy chiquito”.  

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Hermanos de la vida

Jorge González acompañó a Blas Fernández en el acto que se concretó el lunes 2 en la base naval Puerto Belgrano, a 40 años del hundimiento del crucero. "Le agradezco un montón. Nos criamos juntos", valora Blas. 


Blas Fernández y Jorge González asistieron al acto que tuvo lugar el lunes 2 en la base naval Puerto Belgrano




Al ser consultado por este diario, Jorge señala que tuvieron "una infancia muy compartida", con un vínculo propio de "hermanos del corazón o de la vida". Son de la misma edad, se solían reunir en la casa de Blas a repasar para la escuela, mientras que "en una canchita de mi barrio, zona en la que vivía la abuela de él, jugábamos en aquellos tiempos con la pelota de trapo y si aparecía alguna de goma mejor". 



Observa que "con Cuqui Andersen, quien reside en Ushuaia, también tenemos muy buena relación. El es un par de años mayor que nosotros, iba a la escuela con mi hermano". 

El acto fue "muy emotivo. Va a quedar grabado en la memoria". 


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Un abrazo en el pueblo

La localización de los 770 sobrevivientes del crucero ARA General Belgrano fue un acto heroico. Se trata además de una historia con dos protagonistas de Copetonas: José Andersen cumplía la labor de oficial de control operativo en el avión Neptune 2 P-111, comandado por el entonces capitán de corbeta Hugo Pérez Roca, que halló las balsas. 


En octubre de 2012, durante la celebración del centenario de Copetonas


Andersen no sabía que entre los náufragos del buque se encontraba Blas Fernández, a quien conocía desde la infancia. Por distintos motivos y circunstancias, recién pudieron reencontrarse en el acto del centenario de Copetonas, en octubre de 2012, cuando ante los vecinos se unieron en un fuerte abrazo. Este momento tan especial tuvo lugar por iniciativa de Jorge González, también nacido en la localidad. 

En un artículo publicado por este diario el domingo 6 de junio de 2010, Andersen cuenta que tras finalizar los estudios secundarios viajó a Bahía Blanca con la intención de estudiar ingeniería electrónica en la Universidad Nacional del Sur. Era el año 1972, “tiempo muy complicado por el tema de la política”. Decidió no realizar la carrera y poco después, nació su interés por ingresar en la Armada, a partir del diálogo que mantuvo con otro joven de Copetonas, Blas Fernández: “Era el hijo de un señor que trabajaba con mi papá. Me entusiasmó, le pedí todos los papeles para hacer los trámites y finalmente entramos. Por carriles separados, él en la Escuela de Mecánica de la Armada y yo en la Escuela Naval Militar”. 

Sobre este vínculo de amistad, Blas describe el diálogo que mantuvieron en forma previa al ingreso a la Marina y habla del acto en que se volvieron a ver. “Con Cuqui como le decimos acá, la Vieja en la jerga aeronaval, nos estrechamos en un fuerte abrazo”, expresa. 

También Jorge González presentó el proyecto en el Concejo Deliberante para que la plazoleta de Copetonas lleve el nombre de ambos. De esta manera, se denomina “Héroes de Malvinas. José A. Andersen y Adalberto B. Fernández”.


José Andersen, en una entrevista realizada en 2010 en este diario




 Para destacar 
Hugo Pérez Roca tuvo una actitud noble y valiente en el operativo de búsqueda. En determinado momento, se comprobó que el avión Neptune estaba en estado de “lotería”, contaba con la cantidad de combustible justa para regresar sin inconvenientes en caso de que un motor presente fallas. 

Cuando Andersen lo notificó, la respuesta del capitán de corbeta fue clara: “Está bien, pero si usted estuviese en las balsas ¿no le gustaría que lo siguieran buscando?”. El vuelo se extendió nueve horas y media, afortunadamente pudieron retornar sin inconvenientes, con la alegría de haber logrado el avistamiento.     



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