Sociales

Por Elina Amado

Esos locos bajitos

27|03|22 21:51 hs.

“Esos locos bajitos” cantó Joan Manuel Serrat en el Festival de Viña del Mar del lejano año 1993… y con esa canción el escritor, músico y poeta español se instaló en nuestros corazones y en un lugar de privilegio. 


Los niños son eso en verdad, locos bajitos. Y como reza el dicho popular, los borrachos, y los locos, (y más los bajitos), dicen la verdad. Sea esta fácil o difícil de oír, te dicen la verdad. 

 Finalizaba un almuerzo familiar en derredor de la mesa dominical, cuando mi pequeño ahijado con la curiosidad propia de sus seis añitos pregunta porque me había “separado” del padre de mis hijas. Hijas que él llama tías (por una cuestión de adopción y mucho afecto que a la postre pesan tanto o más que la tan mentada “sangre”). 

Por mi cabeza desfilaron distintas contestaciones más o menos asertivas. Acostumbra enarbolar en verdad absoluta lo que respondo a sus cuestiones, de modo que tal responsabilidad exige mucha prudencia. 

Tiempo atrás sus inquietudes pasaban por el derrotero de los alimentos que a duras penas, con el soborno de un postre por premio, engullía trabajosamente. La cuestión de que su comida le ayudaba a crecer y estar fuerte para jugar al fútbol que tanto le gusta no le incentivaba demasiado. Si en cambio que lo que no se aprovechaba iba a parar a la taza del inodoro. Ese descubrimiento escatológico le pareció genial. Ahora suele aclarar en medio del proceso masticatorio, en que se transformará y donde irá a terminar una parte de ese bocado. 

Desde su más tierna infancia me llamó “Mana” porque madrina le resultó seguramente complicado y largo, así es que de una y sin anestesia disparó certero “¿Mana porque te separaste?” 

Porque dejamos de querernos y no teníamos proyectos en común entendía era la respuesta más apropiada. Pero esto de “dejar de querernos” me pareció le resultaría espinoso y poco favorable, asique mi explicación se limitó a la segunda parte y le respondí escueta y simple que “ya no nos gustaba jugar a los mismo juegos”. Su rostro demostró total incredulidad y asombro. “Mana cuando con mis amigos no nos gusta el mismo juego, mis amigos juegan un rato conmigo al que yo quiero y luego yo con ellos un rato al que no me gusta”. Y en mi cabeza sonó un ¡¡¡chan!!! 

A afortunadamente sus intereses versaron a otras temáticas y el silencio de los adultos que pesaba más que las palabras se llenó de los cotorreos de la hermana menor. 

Hermana menor esta, que llegó, a su entender, para vivenciar lo que es una condena. Próxima la celebración de la Navidad señaló a su progenitor que era imperioso que se portara muy bien ya que si no lo hiciere Santa Claus, en lugar de juguetes, le traería una hermanita. 

“Esos locos bajitos” sorprenden con su simpleza e inocencia. Quiso la mala suerte que su segundo diente cayera en la pileta de natación del club al que concurre. Sin la pieza, dedujo el niño, no será posible el canje ventajoso que pudo hacer con el ratón Pérez en la casa de su abuela. Allí el insignificante dientecito fue tan precioso como para que el agradecido roedor lo cambiara por un emblemático billete estadounidense. Ahora sin el objeto de cambio fracasaría el negocio. El ingenio infantil concluyó en que una esquela de puño y letra explicando los motivos del faltante, valdría, asique expresó a Pérez que por favor le entendiera y dejara el peculio hasta tanto fuera posible vaciar la pileta y disponerlo para la entrega. La transacción se concretó y Pérez dejó la paga, en su casa y bajo la almohada. 

Ellos no necesitan más que amor y jugar. Y nos cuesta entenderlo con nuestras cabezas contaminadas. Se avecinaba el cumpleaños de la causa del infortunio de mi ahijado. La causante cumpliría sus tres años. Parlanchina e histriónica como suele suceder con los nacidos después del primogénito. El mayor es una suerte de cobayo con el que hacemos experiencia como padres. El o la segunda hace lo que quiere y cuando quiere. La senté sobre la mesa para mirarla a los ojos, y pregunté qué quería como regalo de cumpleaños. Me mantuve en completo silencio expectante. Ella, mientras, levantaba las cejas y fruncía tiernamente los labios en un hociquito de conejo. Mira Mana, mesa ya tengo, tengo un casco y la bici que está afuera. (Aludía a que no estaba en el cuarto de juegos). Su enumeración concluía con un gesto que expresaba no necesitar nada. La esperé unos segundos más y ella entonces pidió como regalo “un helado de palito y de frutilla”. 

Esos locos bajitos nos recuerdan lo que fuimos y cuál es nuestra impronta. Y también que quizás hayamos venido al mundo a jugar más y preocuparnos menos. 






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