Anfitrionas. Célica y Teresa conversaron con La Voz del Pueblo

La Ciudad

Por Alejandro Vis

“Cuando nació Célica yo tenía miedo, no sabía qué hacer, pero todo se puede”

27|03|22 01:13 hs.

Célica Sode cocina, teje, dibuja, hace las compras, le gusta desfilar, disfruta de una salida, pero también se siente muy bien cuando está en su casa haciendo actividades o simplemente tomando mate. Es una mujer de 41 años, en todo lo que puede se desenvuelve sola, quiere ser independiente. 


Célica muestra una cartera que tejió y está prolijamente colgada en su habitación. Cuenta que alguna vez practicó zumba y habla de sus compañeros de El Club de la Cocina. Es fan de Soledad, queda en claro al observar una gran imagen ubicada en una de las paredes. 

Célica se sienta junta a su madre Teresa Vives para las fotografías que Marianela les va a tomar para el diario. Es amable y muestra muy buena predisposición. Teresa repite una frase que escribió y que vale la pena tener grabada en la memoria: “Nuestros hijos tienen derecho a todos los derechos”. 

 La convivencia 
Cuando Célica nació el 3 de febrero de 1981, a Teresa la inquietaron una serie de dudas y temores. Preguntas que avanzaron en su pensamiento, a la par del sentimiento único y la alegría indescriptible de ser mamá. ¿Cómo iba a resolver los desafíos que implica criar a una pequeña con síndrome de Down?. 

Comparte unas palabras destinadas a otras mamás y recuerda que “yo también tenía mucho miedo cuando nació Célica. Es muy razonable tenerlo porque te pesca de improviso, no estás preparado. Pero todo se puede, la estimulación es lo más importante”. 

Para Teresa es valioso ayudar con una palabra y a la vez, mediante un pedido: “que no se hagan ese control y lo aborten. Es una vida, puede ser una compañía para siempre, como es Célica”. 

Con una sonrisa, destaca que “estás al lado de una persona que sabés no te va a jugar una mala pasada. No es difícil convivir”. 

Por el contrario, expresa que “mejoran tu vida. Cuando empezás a trabajar con un propósito, que sabes que ella sola no lo puede lograr sino que hay que apoyarla hasta que aprenda y se desenvuelva sola, entonces eso da más utilidad a cada uno de tus días. Son experiencias que no sé si otros las pueden tener”. 

Sobre la llegada de su hija a la familia, reitera que “debo confesar que yo estaba asustada, no sabía ni qué tenía que hacer, cómo actuar. Hasta que después por suerte nos encontramos con profesionales, con un muy buen instituto en Buenos Aires y fue avanzando”. 

 Un lugar 
Lo que Teresa siempre intentó es que integren a las personas con síndrome de Down, “que les hagan un lugar y sobre todo, que no les teman”.

Se pone en la piel de los demás, en un ejercicio de empatía: “A mí me parece, y se los justifico, que a veces la gente no sabe cómo tratarlos. Por eso creen que tienen que levantar la voz o mirarlos medio a la distancia a ver qué pasa. No es así, son absolutamente convencionales”. 

A comienzos de la década del ’80, en discapacidad había muchísimo por hacer, eran numerosos los obstáculos. A modo de ejemplo, dice que “incluso en ese momento un médico era clínico, no estaba especializado en nada”. 

Sin embargo, tomó decisiones con firmeza -a pesar de las dudas- y definió un camino. Cuenta que “mi carácter es que si yo tengo un plan de trabajo, ahí me pongo con toda la energía. Y lo tuve, todo escrito, explicado, documentado, busqué mucha bibliografía de afuera”. 


Célica Sode


Por entonces, solamente existía la Escuela Especial 501 y Célica fue “la primera que hizo ahí el jardín de infantes. Toda la lucha que emprendí para que la integraran en un jardín fue inútil, no lo permitieron”. 

Posteriormente, un grupo de padres solicitó la creación de la Escuela Especial 502, porque “la 501 estaba superpoblada y con distintas temáticas”. En consecuencia, comenzó a funcionar el nuevo establecimiento en instalaciones en calle Brandsen cedidas por la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y en un período siguiente, fue alquilada una propiedad en avenida Rivadavia. Desde 2015, tiene un edificio propio frente a Plaza Pellegrini. 

Teresa realiza una observación que muestra la manera en que se enfocaba la enseñanza. “En la educación no sé si no estaba en la currícula o ya daban por sentado que no tenían que aprender a leer y escribir”, señala.

Célica sí pudo incorporar el conocimiento de la lectura y escritura en forma particular, “con una maestra jardinera. Siempre eran las más accesibles para acercarse a ella. Y aprendió además con la computadora, tiene unos programas de lectoescritura extraordinarios, actualmente maneja con habilidad Instagram y todas las redes sociales”. 

Hubo cambios valiosos, sobre lo cual sostiene que “en las escuelas hace años les tratan de enseñar e escribir. Se trabaja de otra manera”. 


Célica cursó la Primaria en la Escuela 501 y la Secundaria en la Escuela 502. A los 17 años, durante un ciclo lectivo completo tuvo talleres de integración; “fue a la EATA, hacían quesos y plantines. Fue otra etapa muy feliz”, afirma Teresa con satisfacción.

 Libre elección 
La mirada de Teresa hacia Célica expresa el amor que siente. Que es mutuo y las une. La describe como “laboriosa. Le gusta mucho tejer y es muy feliz en El Club de la Cocina. Lo aconsejo, han realizado una apertura para nuevos integrantes. Se sienten realizados por lo que logran. No es fácil acceder a un trabajo y esto es una ocupación”. 

El Club de la Cocina es un emprendimiento de inclusión socio-laboral, donde los concurrentes preparan chocolates y otras delicias gastronómicas. Poseen autonomía para hacer los cálculos de costos, las compras, intervenir en el envasado, la presentación y las ventas. 

“Van al Paseo Español, se ubican en la entrada y venden. A veces a Célica se le ocurre agarrar el cajoncito con chocolates, empieza a recorrer las calles donde tiene a sus conocidos y les va a vender a Cristina Marconi y a Cristina de Hechizadas. Las dos son buenísimas con ella, la han invitado a participar en desfiles y a Célica le encanta”, comenta su madre. 


Teresa Vives


Un aspecto central es que elige libremente. Un año practicó zumba, en 2022 prefirió no sumarse, hacer una pausa. Teresa observa que “también se siente muy bien en su hogar, no es que esté angustiada adentro. Pinta y dibuja, sus dibujos están colgados en la pared, no le queda lugar”.

Otra tarea gratificante, es la colaboración que brinda algunas jornadas por la mañana en la cocina del Colegio Holandés. “Fue gracias a Valentina Pereyra -manifiesta-. Ella siempre tuvo la iniciativa de integrar a los chicos con discapacidad, consiguió que Célica pueda ayudar al principio en el Primario y ahora en el Jardín”. 

Con anterioridad, se desempeñó en dos imprentas. Es que “una parte de su felicidad está relacionada con el trabajo, sentirse útil, valorable”. 

 Virtudes 
Teresa trabajó en CELTA durante toda su vida laboral y se jubiló en la cooperativa. Por supuesto, siempre encontró el tiempo para apuntalar a Célica. 

Habla con orgullo y gratitud porque “tengo esa compañía con ella que íbamos a las obras de teatro, al baile, gustosa de las actividades sociales y del trabajo también. Confecciona alguna prenda tejida, prepara una pizza, amasa bollitos, cualidades que mejoró aún más en El Club de la Cocina”. 

Deja en claro que “no son tan diferentes” e indica que “son tan buenos que no ven la maldad en nadie. A veces me planteo si no son mejores: no mienten, no roban, si están en algún trabajo jamás van a competir arrancándole la cabeza al otro. Son virtudes que hemos perdido”. 

La actitud es clave. “He vivido siempre luchando, está en mi temperamento. Me pongo la coraza y salgo”, dice con convicción. 

Piensa en otras mamás y solicita que “no decaigan. Si decaemos nosotros detrás decaen ellos, pueden tomarnos como ejemplo o como apoyo”. 

Entre las decisiones posibles, hay una que no se contempla. “No está permitido aflojar. Rendirse no es una opción, eso regía y rige para mí”, concluye.  


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La familia

Célica es hermana de Pablo Romano y perdió a sus otros dos hermanos, Patricia Romano y Alejandro Christian Sode, en un choque ocurrido en la ruta 3 el viernes 18 de febrero de 2000 (por las heridas padecidas en este hecho fallecieron otros dos ocupantes de la camioneta, Karina Pose y posteriormente Cecilia Finocchio, mientras que sobrevivió Francisco Vives). 

 “Patricia era profesora de Educación Física y había ido a hacer un curso con Karina Pose, profesora de la misma disciplina. Christian estaba con su novia Cecilia Finocchio, fue a anotarse en la universidad”, recuerda Teresa. 

Destaca el acompañamiento que le brindaron todos los integrantes de la familia a Célica, quien es hija de Carlos Sode, también fallecido. 

En su casa está muy presente el afecto de los nietos y por supuesto, de sus dos hijos. “Yo soy así, a corazón abierto”, manifiesta cuando habla de los suyos.    


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Avances y lo que falta 
 Teresa considera que hubo muchos avances en discapacidad por “el esfuerzo de todos” y puntualiza que “algunas instituciones son muy importantes como ASDRA (Asociación Síndrome de Down de la República Argentina), que es una genialidad. Tiene un equipo de profesionales, brindan mucho estímulo a los padres con lectura e información”. 

Para contribuir en las modificaciones, ser parte de una evolución, Teresa colaboró en instituciones. Hace referencia a “cuando creamos el Taller Protegido de Coadis” y agrega que “estuve en una comisión que había formado la señora de Campano, luego de su fallecimiento se diluyó”. 

Una asignatura pendiente es el empleo, sobre lo cual sostiene que “lamento tremendamente que no se pueda conseguir el acceso a más trabajo para las personas con síndrome de Down”.   



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