Soledad Acuña, ministra de Educación de la Ciudad de Buenos Aires

Opinión

Editorial

Medio mundo

23|01|22 09:29 hs.


Norberto Bobbio, el notable pensador político italiano escribía, con su natural claridad, que el mundo se divide en términos políticos, en dos grandes mitades. Y aclaraba: hacia el centro de esa gran división se dirige la moderación y a medida que nos alejamos del mismo, los extremos comienzan y se van profundizando, en uno y en otro sentido.

¿A qué mitades se refería? Una de ellas piensa que las desigualdades son naturales y que nada se puede hacer al respecto. Quizá algo, un poco, solo cambiar partes de ese orden social, modificar determinadas realidades o resolver problemas de tal o cual envergadura. Pero, de todos modos, la desigualdad, razonan desde allí, es algo tan natural como saber que después del día continúa la noche. 

La otra mitad está convencida de que las desigualdades son el resultado del orden socio económico en el que vivimos y por tanto modificables, en la medida en que ese orden sea cambiado. Algunos, más radicales, lo piensan posible mediante transformaciones drásticas. Otros, más moderados, por medio de reformas, cambios variados y una evolución paulatina. Y ahí están esos dos pareceres que encontramos en diferentes personas a poco de hurgar en sus ideas más profundas. En términos de la lucha política, ambas partes se acercan cuando el centro es más gravitante que los extremos, algo que en una democracia es deseable. Pero en política está en juego el tipo de sociedad en la cual queremos vivir y sobre qué bases edificarla o seguir construyéndola. Saber entonces, en qué mitad de esa gran división se ubica nuestra dirigencia no solo es necesario, es crucial. 

Es por ello que no se trata de censurar, repudiar o denunciar por discriminación a la ministra de Educación de la ciudad de Buenos Aires, Soledad Acuña, por sus dichos de esta semana en una entrevista que le realizaron en Radio Rivadavia. Tampoco agredirla en las redes, porque está en su derecho el pensar cómo piensa. De lo que se trata es de situar sus razonamientos en un modo de ver e interpretar el mundo. 

En política está en juego el tipo de sociedad en la cual queremos vivir y sobre qué bases edificarla o seguir construyéndola


Textualmente, en relación al número de estudiantes que el sistema perdió a raíz de la pandemia y a la política educativa que se llevó adelante durante la misma, expresó: “…Seguramente están perdidos en los pasillos de una villa…, ya cayeron en actividades de narcotráfico…, tuvieron que ponerse a trabajar…, perdieron su propia fe en las oportunidades de estudiar… No hay datos oficiales ciertos de los estudiantes que se cayeron del sistema…”. En estas frases hay mucho de prejuicio, de simplismo reflexivo, de burdo análisis y de un efectismo impropio de la investidura que ostenta Acuña, acompañados de un pasaje cierto: la educación adolece de cifras, datos e índices, centralizados, actualizados, transparentes y públicos. 

La clave del pensamiento de la ministra se encuentra en otro pasaje de ese diálogo radial, que revela desde que mitad, en términos de Bobbio, se sitúa para pensar la sociedad, ejercer la función pública y transmitir sus puntos de vista: “…Es muy tarde para ir a buscar a esos chicos…obviamente hay que intentarlo…”. En otras palabras: hay una realidad sobre la cual se pueden hacer solo algunas cosas, quizá un poco más, dado que no se puede transformar de raíz, porque esos rasgos de desigualdad forman parte de su naturaleza, de su constitución misma, de la materia en que está hecha la sociedad en la cual vivimos. 

La responsable de la educación de la capital argentina piensa de ese modo, no lo esconde y lo expresa de manera elemental, de acuerdo a sus posibilidades intelectuales. Lo importante es poder interpretarlo, para luego confrontarlo desde el medio mundo que cree posible una sociedad con más justicia, más delicadeza y más igualdad.        



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