Sociales

Por Alejandra Knudsen (*)

Un cuento de navidad

26|12|21 21:43 hs.

Pequeña putita descarada. Eso era lo que pensaba de vos cuando te veía por las mañanas con la pollerita escocesa y la remera blanca apretada a propósito, para dejar entrever la turgencia de tus tetitas adolescentes. Con tu pelo decolorado de naranja, las cejas depiladas como dos imperceptibles arcos flotando sobre los ojos y las cuencas violáceas de tus ojeras. Esa mirada de falopera reventada y febril, inconfundible para mí, como esa blancura ósea de tu piel de noctámbula y el piercing en el labio inferior y quién sabe dónde más. ¿Cómo podía imaginarme que eras capaz de hacer tanto daño? 


Ese poder larvario de quitarme lo que yo más quería, lo tenías enquistado en la mirada. Te hacías la que estudiabas sentada en el escritorio de la portería al lado del vago de tu hermano. Y te pasabas las horas con el celular haciendo nada. Claro, para vos era de lo más natural del mundo invitar a tus amiguitos a festejar esa noche. Esa manga de raperos que hiciste subir por la escalera de servicio después de las diez, ¿total quién se iba a enterar? 

 Un edificio de oficinas en pleno microcentro en la nochebuena tropical y absurda de Buenos Aires es un páramo sin dueños. Sus propietarios festejan en los countries o en sus pisos de Recoleta o ya en Punta del Este, se atosigan de garrapiñadas con sus coronas navideñas y arbolitos colmados de chirimbolos chinos. Y el veneno de los parientes, ausentes y presentes. 

 Vos en cambio, reina de los patibularios, en tu mundo marginal de porterías vacías te armaste una fiestita de aquéllas. Meta birra y faso, a cagarse de risa con los vagos del barrio. ¿Y qué mejor en esa noche de calor que improvisar una parrilla en la terraza, llevar las cervezas, los chorizos, los porritos y pasarla de diez, no? 

 Esa tarde me la pasé en el shopping comprando los regalos para los chicos, en esa maratón capitalista y banal que se llama navidad. Y cocinando, con el calor y el tedio de saber que después quedaría la montaña de platos sucios y copas para lavar. 

 Pero esta vez fue distinto porque el incendio arrancó a las once y media de la noche. Como te asustaste guacha, cuando viste encenderse la membrana asfáltica de la terraza, como un hilo de fuego que corrió en un segundo y derritió el piso en pedazos de brea candente. Saliste corriendo a pedir el auxilio de los bomberos cuando ya no había nada que hacer. 

 Nosotros estábamos terminando de comer el postre cuando me di cuenta que el traje de Papá Noel había quedado olvidado en la oficina. Y si, tantas corridas a último momento porque se cierran los negocios y se pierde la cabeza. Entonces el bueno de Benjamín se ofreció a buscarlo. No quería dejar a los chiquitos sin la visita de Papá Noel. 

 -Deja mamá, no te preocupes. Me voy de un pique en la moto y vuelvo enseguida. 

 Así lo vi salir por la puerta de la cocina, siempre solidario, generoso. El más bueno de todos. 

 Llegó al edificio en pleno incendio, pero igual subió al último piso para ayudarte a vos pendeja, que gritabas como loca porque ya no podían parar las llamas y tenías los pies llagados. A las doce sonaron las campanas de la Catedral y empezaron los fuegos artificiales que se confundieron con el ruido de las sirenas. 

Recién a las tres de la mañana lo pude abrazar. Mi niño dormía en paz, metido en una bolsa de plástico que custodiaba la policía en la vereda. 

 (*) El cuento fue realizado en el Taller de Escritura la Biblioteca José Ingenieros, de la profesora Sandra Staniscia. 



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