Sociales

Por María Palacios (*)

Leche en polvo

26|12|21 21:17 hs.

Por fin el bebé se duerme en el pecho de su madre. La madre cierra los ojos y durante unos segundos se sume en un sueño liviano. Se despierta, aprieta al bebé contra su cuerpo y verifica que está bien, que respira. Sabe que es peligroso dormirse así, porque puede aplastarlo, se lo dijo el pediatra y lo leyó en muchos foros de maternidad. Con esfuerzo se levanta para llevar al bebé a su habitación. A oscuras (porque no quiere prender ninguna luz que pueda despertarlo) atraviesa los pocos metros que separan ambos cuartos hasta tantear la cuna. 


Con una mano corre la sabanita y con la otra sostiene a su hijo que aún está prendido de su pecho; se inclina un poco, lo toma con las dos manos e intenta acostarlo. Pero el bebé aprieta firme el pezón con sus encías y le causa un dolor intenso. La madre respira hondo y tironea con fuerza, pero el dolor se torna insoportable y, entonces, lo acerca otra vez a su cuerpo. 

Decide volver a la cama, gira, camina tres pasos y se tropieza con el cochecito. Cae de rodillas al suelo sosteniendo fuerte al niño. Reprime un grito de dolor para no despertarlo, se vuelve a poner de pie, renguea hasta su cuarto y se sienta en la cama. Con una mano lo sostiene y con la otra le hace cosquillas en la planta de los pies. El bebé se agita, sonríe sin abrir los ojos, pero no se desprende del pezón. La madre suspira, toma la pequeña mandíbula de su hijo y la presiona para abrirla. El bebé se aferra con más fuerza y empieza a succionar. 

La madre siente una descarga de electricidad que recorre todo su cuerpo, gime y suelta la boca del niño, que se sumerge de nuevo en un pacífico sueño. La madre respira profundo, su pezón late. Mira al niño y con su pulgar e índice le cubre los orificios de su delicada nariz. El bebito se sacude y pasan unos segundos hasta que abre la boca para aspirar. Aprovecha ese instante triunfal para separarlo del pecho. Observa que, inquieto, se mueve un poco en sus brazos, pero sigue durmiendo. 

 Siente intensas punzadas en el pezón y en las rodillas. Se para nuevamente con su hijo en bazos y lo lleva hasta la cuna. Lo acuesta, lo tapa y lo contempla durante un momento con satisfacción. Va al baño y se revisa el pezón en el espejo. Se estremece cuando ve un hilo de sangre que brota de la aureola. El pezón se ha vuelto morado oscuro y le falta un pedazo de piel. Con las manos temblorosas se unta aceite de caléndula. Se mira las rodillas, que están en carne viva, saca del botiquín un frasco de Pervinox y se limpia las heridas. Vuelve a la cama y se acuesta con el camisón levantado para que le tela no se le pegue a los pezones. Tiene frío, pero no se tapa con la sábana para evitar el roce con sus rodillas. Cierra los ojos y suspira. 

Han pasado unos minutos y escucha que el niño se mueve en su cuna. Luego, un suave gemido, otro más elevado, otro más seguido y, después, los gemidos se transforman en llanto. La madre se cubre la cara con las manos y contiene la respiración por unos segundos. Piensa que quizás esté sufriendo cólicos y que por eso no puede dormir. Trata de recordar qué comió ese día; en los foros de maternidad dicen que si una madre lactante come determinados alimentos puede causarle dolor de estómago al hijo. 

Se levanta, busca al chico y trata de ponerle el chupete. El bebé lo rechaza. Solo quiere su pecho. A ciegas va al baño, tantea el frasco del remedio para aliviar los cólicos y le da diez gotitas. Intenta de nuevo que agarre el chupete, pero no hay caso. Suspira y le acerca el pecho menos lastimado. El niño se prende y succiona con fuerza. 

Vuelve a la cama con el chico firme contra su cuerpo. Enseguida el bebé se duerme profundo, parece que no respira, pero respira; se da cuenta porque le tapa los orificios de la nariz y se mueve sobresaltado. 

De pronto piensa que quizá se confundió, que le dio Pervinox en lugar de gotas para los cólicos, porque estaban los dos frascos en la mesada y estaba todo tan oscuro. Pero ahora no tiene forma de comprobar qué fue lo que le dio. El Pervinox seguro es tóxico, pero no sabe si diez gotas son una dosis letal, si le dejarán graves secuelas neurológicas o si solo traerán una descompostura pasajera. Quizá deba ir a un hospital y decir que es posible que le haya dado a su hijo un desinfectante tóxico, podrían hacerle un lavaje de estómago y salvarle la vida. 

Al final, cree que lo mejor sería llamarlo a él. Pero seguro él está durmiendo con ella, y ella le va a decir que son pretextos para llamarlo a la madrugada y él se va a enojar otra vez. No sabe si correr ese riesgo, que piensen que está inventando cosas para molestar, o llamarlo después, solo para decirle que sin querer mató al bebé, que estaba oscuro, ella cansada y los dos goteros, tan parecidos, juntos en la mesada del baño. 

Tal vez ya sea tarde para hacer algo, el niño morirá en cuestión de horas y ella irá a la cárcel. No era su intención envenenarlo, pero no fijarse bien qué remedio se le da a un bebé... Allanarán la casa y la subirán encapuchada a un patrullero. Como parte de la investigación, revisarán su computadora y sus búsquedas de internet. Un sudor frío le recorre el cuerpo. Trata de recordar todas las veces que gugleó sobre eso, no sabe cuántas, pero fueron muchas. Cuando él la dejó, se lo sugirió y la idea se instaló en su mente durante varias semanas. 

Antes de llamarlo a él o a la ambulancia debería borrar el historial de internet. Pero es inútil: lo que una persona hace en una computadora queda para siempre guardado, no hay forma de borrarlo del todo. Lo mejor es salir y tirar la computadora en el basurero del vecino. Pronto desecha la idea porque afuera hay cámaras. Los fiscales seguro revisarán las imágenes y su salida en la madrugada despertará más sospechas todavía.

Por ahora el bebé respira. La madre se pregunta cuánto tiempo tardará en hacer efecto el Pervinox, si de verdad se lo dio, porque en realidad no sabe bien qué remedio agarró, porque estaban los dos frascos juntos y la luz apagada. La luz apagada para no despertar al bebé. Pero se da cuenta de que ya estaba despierto porque lloraba, o sea que podría haber prendido la luz y haberse fijado bien qué gotas le daba. Nadie le va a creer que no lo hizo a propósito. ¿Habrá sido sin querer realmente? 

Ya no sabe qué conviene hacer. Cierra los ojos y se duerme.

 Se despierta sobresaltada. Es peligroso dormirse así con un bebé, pobrecito, pobrecito. Lo dice y cierra otra vez los ojos y se duerme de nuevo, más profundo. Luego gira, inconsciente, y se apoya sobre el pequeño cuerpo de su hijo. El bebito se retuerce y los huesitos crujen. 

El bebé se sacude. Ella duerme, ya sin remordimientos. 

 (*) El cuento fue realizado en el Taller de Escritura de ADATA, de la profesora Sandra Staniscia. Fue presentado en el concurso del Banco Itaú, donde quedó en el puesto 200 de 5400 de la preeselección.  



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