“Contra cielo plomizo” es uno de los libros que será publicado

Sociales

El cuento de Leandro de la Cal

Corralones

14|11|21 19:17 hs.


Le faltaba un diente de ajo, un morrón amarillo, otro verde y un ají putaparió para preparar el pastel de papas que solía comer en la casa de su tía Elena. Miró la hora. Rápido, agarró el camperón, un gorro de lana y salió. Por inercia se alejó de la verdulería, haciendo camino por las veredas que lo conducían al lugar donde había conocido aquel plato. Hizo tres cuadras y media, levantó la vista al cielo, meneó la cabeza y, al ver aún altas varias persianas, resolvió rectificar su andar de manera disimulada. Caminó con naturalidad hasta la esquina, dobló a la izquierda, recorrió veinte metros y aceleró el paso. Que no me cierre, repetía desesperado. Trotó al ver la luz prendida dentro del local. Una vez en la entrada, leyó el cartel: “Ingresar con barbijo”. Se tildó con los dientes sobre el labio inferior. Después se amasó la frente, puteó y casi cayó en la tentación de patear la puerta. De un instante a otro, la consideró una ventanilla y tocó, para pedir las cosas sin entrar. Se las negaron. 

Comenzó a insistir, pero se interrumpió, resignándose. Hizo unos pocos pasos, vio sobre el cordón un barbijo gris y, algunos metros más adelante, dos árboles grandes dando esa típica sombra nocturna que habitualmente se utiliza para mear. Corrió de regreso, al grito de no cierren, argumentando que había olvidado que lo tenía en el bolsillo del pantalón. Agarró, primero, el ají, luego, los pimientos. Preguntó, en su tono normal, si tenía que llevar la cabeza entera del ajo o podía agarrar solamente un dientecito. Repitió la pregunta levantando la voz y sintió en su boca el lento humedecer del barbijo. No esperó respuesta, tomó la cabeza, pagó y se sacó el trapo roñoso al salir. Lo tiró al pasar por la oscuridad de los árboles y escupió cinco cuadras seguidas, aunque no pudo evitar tragar. 

Al otro día le picaba la garganta y tosía. La familia decidió aplicarle el protocolo interno: aislamiento en la pieza; salidas únicamente al baño, con barbijo; por la mañana, recepción de las cuatro comidas diarias, más una colación, dos litros de agua embotellada y un termo con café; por la noche, cada tres días, expulsión de la basura en una bolsa de residuos envuelta con cinta aisladora; uso exclusivo de la tecnología móvil como medio de comunicación para la coordinación y modificación, por consenso externo, de las medidas implementadas. 

El primer día desayunó dos sánguches de milanesa de pollo. Un rato después, comió un huevo duro, dos tostadas y una manzana verde. Luego un bife, que combinó con un puñado de arroz blanco y ralladura de zanahoria. Para la merienda le quedó medio paquete de galletitas rellenas con un símil dulce de mermelada y para la cena, tres tostadas. Hizo crujir la última a las tres de la tarde, ya sin agua para bajarla, aunque quedaba, tibio, un poco de café en el termo. Al caer la noche, hambriento, usando emojis de platos, cubiertos, carnes, verduras y frutas, realizó pedidos por redes, aplicaciones, mensaje de texto e, incluso, por mail. También, llamadas que no le atendieron. A lo escrito, le copiaron y pegaron siempre la misma respuesta: punto por punto el protocolo, al que sumaron más tarde una decisión. Como lo veían salir demasiado al baño, le comunicaron que le reducían las porciones. Menos comida, menos bebida, menos baño, finalizaba el texto. 

El segundo día administró mejor lo que le dieron, aunque por menos, le alcanzó hasta el mismo horario. En la cama, tapado con frazadas y cobijas heladas como la mano que rodeaba el control remoto, miró televisión. Ningún canal llegó a durar un minuto. Se levantó, tosiendo. Caminó, mirando piso y techo. Tomó una taza de café, mientras comenzaba a sacar la ropa del placar para doblarla prolijamente. La ordenó por colores ascendentes de claro a oscuro. Después sacó las cobijas y se tiró a hacer abdominales, saltó una soga invisible e hizo sentadillas. Entraba en calor, pero el frío le ganaba a cualquier ejercicio. Mensajeó al exterior para que le permitieran dejar entreabierta la puerta, así llegaba la calefacción. Nadie respondió. Ni siquiera le reenviaron el protocolo. Avisó su salida al baño, esperó cinco minutos y, al abrir, sintió, aliviado, el calor atravesándole los poros. Ingresó sin bajar el picaporte. La canilla también estaba abierta. Le habían pedido que entornara con el pie, pero apenas rozó la puerta. Al lado del inodoro tenía cortado papel higiénico. Cuando terminó de cagar, se quedó haciendo tiempo, pensando que su habitación recibía una visita cálida. Se pajeó hasta que le enviaron un mensaje exigiéndole que salga porque el olor invadía la casa. Obedeció, fastidiado, sin tirar la cadena, acorde al protocolo. Caminó por el pasillo con la erección marcándole la ropa. En la pieza, semidesnudo, buscó hundirse en el colchón, retorciendo las sábanas, frotándose con fuerza, intentando penetrarlo. Luego se levantó y siguió pajeándose, hasta que acabó dentro de la bolsa de residuos. El tercer día tocaba sacar la basura. Se levantó tarde, cerca del mediodía. Abrió la puerta y vio, en el suelo, las comidas esperando dentro de una caja que pateó.

Forzando toses, aseguró que la garganta no picaba y que la tos se había ido. Las escobas no tardaron en apuntarle. Luego tuvo frente de sí un rociador con lavandina, un aerosol matapulgas y un mantel abierto, en forma de escudo, que su hermano y su padrastro sostenían, retrocediendo. Su hermanastra le gatilló directo a los ojos; la otra también disparó; su madre y una tía se estiraban para darle un escobazo; ninguna le dio. Él avanzó por el living y la familia se movió, de espaldas, a la cocina. Los siguió, desprotegido, pero tosiendo. Ellos, en bloque, salieron al patio. A ninguno se le ocurrió tomar la llave, que él guardó en su bolsillo. Afuera, la sacó y les dijo: me la voy a comer. La devolvió baboseada, riendo, y les preguntó si la querían. Los acechó hasta llegar al corralón del vecino del fondo. Les doy la ventaja de unos metros, avisó, dando unos pasos atrás. Ya no le apuntaban: se hacían piecito para saltar. Primero mamá y la tía, luego, las escobas, después sus hermanastras con aerosol y rociador en mano, por último, su padrastro, que ayudó con el mantel a subir al hermano, que, por joven, fuerte y cercano, había quedado para el final.

Entró a la cocina y cerró con llave. Buscó en la casa los celulares. Dos, cargando en el living, dos, en la habitación conyugal. Halló el quinto al lado de la computadora y otro, sobre la mesada, cuando se sentó a mirar el corralón por la ventana. Vio la cabeza del padrastro y la de una de sus hijas asomando. Quitó el seguro, deslizó y preguntó, a los gritos, si tenían hambre. Salió con lo que quedaba en la caja que le habían provisto y la revoleó de lado a lado. Espero que les alcance, dijo, cualquier cosa, manden un mensajito. Después volvió, con cuaderno y celulares. Con un tono de voz alto, les pidió las claves. Anotaba en el cuaderno la contraseña, comprobaba en el teléfono y pasaba al siguiente. Solo una hermanastra mintió, aunque confesó la combinación cuando lo vio trepar. 

La comida estaba desparramada y ellos empezaban a tener hambre. Pasaron una hora alternando la discusión entre comer los alimentos ―sospechaban que estaban escupidos― y quedarse ―la mayoría no quería permanecer en la casa del viejo loco, un hombre grande, solitario, que se había hecho su fama― o saltar al patio siguiente. Cuando lo decidieron, asomaron, primero, al corralón de la izquierda, donde un dóberman cachorro les movía la cola. Le tiraron algo de comida. Vieron después el que continuaba en la dirección de su patio, aparentemente desierto, al que pasaron en el mismo orden que al anterior. Mientras el último saltaba, un ovejero alemán con alguna cruza, mediano, corría ladrando. Quietos, pensaron al unísono que los productos desperdiciados entre el terreno del viejo loco y el estómago del cachorro les hubieran servido para amansar a este otro, que les mostraba los dientes y salpicaba saliva para todos lados. Le hablaron para calmarlo. El perro no paraba, ladraba sin avanzar un centímetro. Hasta que las chicas se miraron e imitaron el maullido de un gato. El perro atacó. Ellas, rápidas, le tiraron matapulgas y lavandina en los ojos. Cuando retrocedió y se tiró al suelo, para raspar el ardor con las patas, los hombres lo taparon con el mantel y les sacaron las escobas a las mujeres. Los palazos cesaron solo cuando la tela se tiñó de rojo. Sin tiempo para comparar los corralones, treparon en la misma dirección. 

Una huerta los esperaba. Acelgas, lechugas, arvejas, zanahorias, espinacas. Es temporada de cosecha, dijo una chica. Su madrastra y la hermana la agarraron, cada una de un brazo, serias, atentas a la fachada trasera de la casa. Así se mantuvieron hasta que todos llegaron. Un vecino, de unos cuarenta y pico de años muy mal llevados, estaba sentado, con la mirada fija en el frente verde. Los hombres, con las mujeres detrás, comenzaron a moverse despacio, pisando los huecos que hacían camino entre las hortalizas, apuntándolo con las escobas. Él no giraba el cuello ni pestañaba. Se mantenía inmóvil, sin dar una mínima muestra de temor. Quizá por eso lo insultaron, le dijeron que no se levantara, que se quedara ahí, quieto. Él siguió inmutable, sin gesticular. No lo perdieron de vista cuando comenzaron a cosechar un almuerzo fresco. Arrancaron de la tierra pequeñas zanahorias y las lavaron con la manguera que venía desde la canilla ubicada al lado del dueño. Les sacaron las pencas a las acelgas, eligieron las mejores lechugas, patearon las arvejas y arrasaron la espinaca. Saciaron hambre y sed. La mirada del hortelano continuaba fija en el patio, parecía perdida en la totalidad. Una de las chicas batió el aerosol, pensando en fumigarle los ojos, pero tiró, por vacío, el envase entre los cultivos. En ese momento, el hombre se levantó. Ellos quedaron paralizados, él, cerró la canilla y entró a la casa. Nos tenemos que ir, sugirieron las grandes. No lo dudaron. 

Por inercia, optaron nuevamente por la dirección recta. Cuando escobas, rociador y mujeres pasaron al otro lado, el hombre volvió a salir y se sentó. Tenía en la cara una expresión alegre, rejuvenecida, y entre las manos, un bidón que acariciaba lentamente como si fuera un gatito. Los varones se apuraron a saltar. Se revolcaron en la tierra y se metieron los dedos en la garganta. Después, informaron a las demás, que no entendían los motivos de la repentina bulimia. Las cuatro vomitaron hojas y trozos medianos, dejando caer los hilos de una espesa baba verde. 

Una pala y una bolsa negra era lo único que los acompañaba en el cuarto patio ajeno. No se intuía la presencia de alguien. Se repusieron, de a poco, mientras ojeaban la loma de plástico. Sin lugar a demasiados interrogantes, coincidieron en una hipótesis. No fue unánime la decisión de descubrir el cuerpo. Los hombres avanzaron, notaron que la bolsa estaba desecha y el cuerpo, enrollado. Lo giraron, con cautela, solamente tocando las extremidades. Se turnaron para mirar a la mujer que tenía un hueco en la cabeza y un enchastre de sangre en la cara. Ninguno la reconoció. El chico, por iniciativa propia, comenzó a cavar. Alternó con su padrastro la labor. Sus hermanastras, en tanto, le tiraron lavandina para limpiarla con el ruedo de sus remeras y hacerla ver un poco mejorada. Cuando el pozo fue lo suficientemente largo y hondo, la envolvieron, tomándola uno del pecho y el otro de la cintura. Empujaron hasta que el vacío hizo lo suyo. Antes de tapar el cadáver, descansaron. Hicieron una ronda y compararon al viejo loco del primer patio con el trastornado del tercero, pero ni se les ocurría poner en cuestión que el peor de todos habitaba en su propia casa. También se preguntaron si habrían encontrado los restos del perro y supusieron que los dueños lavarían el mantel para quedárselo. Descartaron que alguien volviera por la mujer, pero retomaron la sepultura para poder irse. También enterraron el rociador que se llevó parte de su último maquillaje. Desparramaron la tierra con la pala y la barrieron con las escobas, dejándola a nivel. Miraron, después, los corralones. No quedaba prácticamente camino por la dirección recta. Por primera vez, eligieron trepar por la izquierda. 

La altura del corralón permitía ver varios patios a la redonda. Patios sin espacio, donde no cabe un árbol y su poca tierra se esconde bajo el cemento. Patios depósito, enormes, repletos de chatarra de todo tipo. Patios de verano, con la pelopincho llena de agua podrida. También, por el hueco que dejaba un baldío, se podía ver la calle. Las mujeres la miraron atentamente, pero fue el padrastro quien lo vio pasar, alejándose de la casa. Lo miró bien, de arriba abajo, hasta que lo perdió en la altura de un chalé. No llevaba el rostro tapado por el barbijo y su andar era inconfundible. Se está yendo... nos volvemos ya mismo, ordenó con su estatura de cuatro metros, y saltó. Sin esperar al hijastro, que subió sin ayuda alguna, comenzó a hacerle piecito a su mujer, luego, a su cuñada. No se percató de que una anciana había caído seca, infartada con la invasión. Pero inevitablemente vio los vidrios en punta pegados en el corralón siguiente. Los del otro lado son chorros, dijeron las grandes, que propusieron volver por el patio del hortelano. Los varones se asomaron por esa pared, mientras las chicas le quitaron los broches a la ropa que se encontraba en el cordel. Dos jeans, un jogging, tres remeras, un corpiño, cuatro pares de medias y un buzo estampado con el demonio de Tasmania. El loco de mierda no está más, avisó el joven. Sí, pero después tenemos que pasar por donde está el perro muerto, recordó el grande, y por lo del viejo loco, sumó. Che, van a venir a ayudarnos ustedes, delen, cuelguen esto. 

Generaron un colchón deprendas húmedas que les permitió pasar sin una lastimadura. Al desmontarlo, separaron lo que les gustaba y, con pujas por el corpiño, pero sin detener el paso, se dirigieron al patio donde esperaba el dóberman cachorro. Antes de hacer el primer piecito, una voz los detuvo. Una niña, que negaba y lloraba, gritaba y nombraba. La buscaron con la mirada. El eco retumbaba en sus espaldas mientras daban vueltas, cubriéndose. No hallaban a nadie. Será algún efecto colateral de las verduras de ese viejo sorete, dijo el chico, mientras una de las mujeres se acercaba a la pared de los dueños del ovejero. Oyó, allí, a la niña. Encontró al perro, afirmó, aliviando al resto, que especuló con pedirle el mantel. Caminaron despacio hacia el extremo más lejano al sepelio y treparon. 

Del otro lado, esperaba el cachorrito, moviendo la cola, levantando las patas como si hiciera una entrada en calor. La primera en pasar le jugó un poco, lo distrajo. La segunda encontró una pelota de tenis con la que hizo correr al animal. Luego volaron las escobas y llegaron las hermanastras, que esperaron el viaje de la bocha en el hocico del dóberman como el bateador al lanzamiento de béisbol. El perrito salió corriendo con la cola metida entre las patas y solo volvió una mirada triste hacia ellas, que chocaban los cinco. Cuando terminaron de pasar los varones, fueron directo al vértice que une su patio, el de la vecina y el del viejo loco. Acá hacemos dos por uno, dijeron. No les interesó ver agitadas a las mayores: empujaron a la primera, que vio limpio el patio del viejo loco y una escopeta al lado de la puerta. Miró para atrás e incitó a pasar lo más rápido posible. Llegaban a lo alto y se tiraban, sin mayores precauciones. Así y todo, no se hicieron más que un raspón entre las manos, los antebrazos y las rodillas. 

Cuando la madre volvió como una ladrona a su propio patio, no se animó a cruzarlo sola. Esperó a su hermana, con la que, de la mano, se movió con la pausa de quien retrocede ante una mirada peligrosa. Se les adelantó una de las hermanastras, que encontró la puerta cerrada. Por la ventana corrediza se podía ver la llave en la cerradura. Al arribo de la otra, la deslizaron, rezando que no tuviera puesto el seguro. Ni bien pases, agarrá un guante, o algo, le dijo su madrastra, no te olvides de que ese condenado se metió la llave en la boca. La atravesó mientras llegaba su padre. El hermano entró como si les hubiera dejado abierto. Efectivamente eso sucedió: abierto de par en par estaba el frente de casa. Nos destrozó el calefactor, dijo una chica. Tendríamos que cambiarle la cerradura, sumó la otra, poniéndose una campera. No hace falta, interrumpió su padre, vi que llevaba el bolso y la mochila. Por un instante aparecieron en sus rostros muecas de felicidad. Se las borró un pensamiento: aún no había terminado de irse, sus gérmenes seguían dando vueltas por ahí. 

Mientras limpiaban, los seis, escépticos, buscaban los celulares. Abajo de las camas, arriba de los muebles, en la alacena, dentro de la heladera, flotando en el inodoro. Nada. Hasta que una de las hermanastras, lúcida, revisó el protocolo y los encontró en el basurero, dentro de una bolsa de residuos, exageradamente embalada con cinta. Buscó una tijera y repasó el suyo, paciente, con papel absorbente. Después lo enchufó para cargar la batería y lo prendió con el cable conectado. Se alegró al verlo funcionar.

Pero la clave ya no era su clave. Seguro nos la cambió a todos, dijo. Los otros lo comprobaron. Ya la va a pagar ese hijo de puta, afirmó el padrastro, mientras su teléfono impactaba contra la pared. Tranquilo, papá, ya la está pagando. Si lo llego a agarrar, sabés cómo lo dejo, ¿no?, insistió. Y vayamos a buscarlo, sugirieron las chicas, le damos entre los tres. Entre los seis, corrigió la madre, pero andá a encontrarlo a ese desgraciado. Debe estar en lo de papá, interrumpió con tono de obviedad el hermano, olvidando su muerte. O se fue a lo de la tía Elena, agregó.  



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