Sofi montada en el caballo. La adolescente pasa sus tiempos libres cabalgando

Sociales

Sofía González Ausméndiz

Sofi, la chica de los caballos

29|08|21 10:36 hs.

Por Valentina Pereyra 

Fotos Marianela Hut 

¡Aguante la ropa campera! Dice Sofía González Ausméndiz. Pero no se queda en las palabras, la luce. “Me gusta la boina que es lo más, la bombacha de grafa me resulta muy cómoda, la uso casi todo el día en casa, y las alpargatas, pero como te pasa todo por esa tela, cuando hace frío uso botas”. 

La niña, la amazona, la jinete, tiene trece años. Cabalga desde que su abuelo la llevó, a pelo, por primera vez a dar unas vueltas en la Blanquita. 

Sofi se muere de amor cada vez que la nombra, y ella, Blanquita, como si supiera, la ronda mientras acaricia al Zoco. 

Al lado de su caballo parece chiquita, es su nuevo compañero, el que eligió para toda su vida. 

“Le cuento todo a mi caballo, sabe todos los secretos, lo que pienso. Es el mejor amigo y además, ¡A quién le va a contar!” 

La mañana es ventosa, se acerca el mediodía y Sofi sabe que tiene que volver a su casa, almorzar y salir para la Escuela Media 1. La semana que viene le toca virtual, así que disfruta por adelantado la posibilidad de quedarse un ratito más con sus caballos. 

El lote está concurrido. Cerca del rollo de alfalfa, el papá de Sofi y el Colo Hernández propietario de Ruka Mapu, la Casa de Campo que queda en Ruta 228 km 132,5. Al lado del alambrado y custodiados por Pappo y Sansón toman mate Cristian y Rosana, los amigos de siempre, otros amantes de los caballos. 

Esa pintura se repite otras mañanas y ni hablar los fines de semana. La Gateada está preñada, casi por tener, por eso anda medio apartada. Con Sofi anda el Zocotroco, alias el Zoco; la Blanquita vigila, es zarca del lado del lazo, pero la vigila re bien.

La niña tiene 13 años y desde que recuerda le gustan los caballos. Su abuelo Héctor “Titi” Ausméndiz tenía caballos y fue él quien le enseñó todo lo que sabe. “No sé bien una fecha que empecé a andar a caballo”. 

Sofi arrancó en la yegua Blanquita, “cada vez que podía, iba al campo para montarla, hasta que a los ocho años tuve la primera yegua, Paloma. El abuelo me enseñó cómo doblar, trotar, caminar, frenar”. 

Ya crecida se inscribió en la Escuela de Monta “La Mora” y ahí aprendió otras habilidades camperas y ecuestres por casi dos años. “Llevamos los caballos del campo del abuelo a Cascallares y andaba por ahí todos los fines de semana”. 


“No me pierdo ni un día” dice Sofi, quien pasa sus fines de semana junto a los caballos


Un padrillo unió a la familia de Sofía con otra, los Santa Cruz de Cascallares y esa amistad derramó en nuevas aventuras para ella. “Yo andaba con los nietos, nos íbamos a las vías y por ahí andábamos, nos bajábamos de los caballos e íbamos a la plaza, tomamos mate, dábamos vueltas por el pueblo”. 

A unos días de tomar la comunión, Sofía le pidió a su mamá que quería hacer la sesión de fotos montada en su caballo. Y así fue. En su tobiano, con el vestido de comunión, Sofi posó para las estampitas. 

La pequeña amazona tuvo otros amores de cuatro patas, Paloma, Rayo y Pitufa a la que Sofi calificó como “muy picante”. Los estudios, la llegada del verano y los paseos a Claromecó le quitaron tiempo para poder relacionarse mejor con su yegua y esto terminó por separarlas. “Pitufa andaba con todo el tuco y como yo no tenía tanto tiempo para andarla se puso re picante. Hasta que fui a lo de Pochi Santa Cruz y vi a la Gateada. Me la prestó para que la ande y me sentí re cómoda. Entonces la cambiamos por la Pitufa. La Gateada ahora está por parir, hace rato que no la ando, pero la amo”. 

Sofi empieza con un galope contenido, luego un poco más rápido, y más, para después correr, “generalmente galopo medio rápido”, confiesa entre risas y en voz bajita para que no escuche su papá.

Caricias
Sofía acaricia a Zoco mientras charla; según su padre es una máquina de hablar, pero siempre del mismo tema: los caballos. “Este es Zoco”, lo presenta y le da pequeñas palmaditas cariñosas acicalándole el pelaje. “Es el que tengo ahora, se porta re bien. El día que Santa Cruz me llevó a conocerlo me sentí muy chiquita al lado suyo. Primero me daba miedo, pero tiene un andar muy lindo”. 

Otra caricia en la cara, en el cuello, en las orejas, más caricias en el pecho. “Un caballo te es cómodo cuando galopa, algunos tienen las manitos duras y van duros, pero él tiene un caminar hermoso”. 


Días atrás, Sofi participó de la Guardia Ecuestre realizada por el aniversario del fallecimiento del General Don José de San Martín


La semana que no tiene clases presenciales va a Ruka Mapu todos los días. Necesita que alguien la lleve, algunas veces es su papá, otros el abuelo o sus amigos Rosana y Cristian. “Llego y los acaricio, les doy de comer, no mucho porque ellos tienen el rollo. Los cepillo y salgo a andar con mis amigos”. 

Al Zoco no lo puede ensillar sola, a la Gateada sí. “Le pongo la sudadera, la matra, los bastos, la encimera y el cuero. Las espuelas tienen distintos formatos y los recados vienen de muchos tamaños, para el Zoco tengo uno y otro distinto para la Gateada”. 

Sofi tuvo un accidente, la socorrió el Sansón, otro caballo muy amigo. Una de esas tardes de diversión, cabalgaban por la zona rural con Rosana cuando decidieron hacer una carrerita. El Zoco tropezó con una piedra y Sofi se fue hacia adelante. “Quedé mal posicionada y cuando se paró me caí, me quebré las dos muñecas”. 

No es la primera vez que le pasa algo parecido, “antes me había quebrado patinando, corriendo también. Te podes quebrar haciendo cualquier cosa”. 

Sofi se apura en aclarar que el accidente no fue culpa del Zoco, aunque mientras estaba en el suelo lo primero que dijo fue: “¡Pero este caballo! Después reaccionó y pensó que si se había quebrado corriendo: “¡Mira que me iba a enojar con el Zoco!” 

Cuando sea grande
“Siempre me llamaron la atención los caballos, quiero andar, quiero andar, le pedí a mi abuelo que me enseñe y me lleve a cabalgar desde que era re chiquita”. 

Todavía no definió qué carrera quiere estudiar, es pronto para eso, pero tiene una gran certeza: “La idea es ser veterinaria, me gustaría de grandes animales, pero para dedicarme a los caballos o algo que tenga que ver con los caballos”.

Sofi empezó a desfilar con el Colo Hernández y su esposa Stella. Sueña con pasearse en el Zoco, o en su querida Gateada por la Fiesta del Trigo. A su familia le gustan los caballos, su hermano de 24 años y sus padres la acompañan, pero sólo ello los monta. “Anduve en otros caballos, pero la Gateada es lo más, yo la amo. A la Blanquita no la quiero vender nunca porque era de mi abuelo”. 

Cabalgar
“Cuando estoy andando soy re feliz, ando en la mía, me gusta, es lo más… me da felicidad, por así decirlo”. A Sofía le gusta llevar a pasear a quien se lo pide y está convencida que cualquiera puede aprender a andar a caballo. “Paso los fines de semana acá, si mis papás van a Claromecó, yo me quedo a dormir en lo de la abuela y vengo con Cristian y Rosana o me traen los abuelos. No me pierdo ni un día, me encanta cuando salimos a andar con ellos o sola, pero lo hago siempre”. 

El viento no es buen consejero para trotar. “Me molesta y a los caballos los pone nerviosos. El día que lo fui a probar al Zoco era un día feo, feo. Pero Santa Cruz nos dijo que era el mejor día porque si no hacen nada, si no se enloquecen por el viento, entonces son buenos. Hay que confiar en el caballo”. 


Junto a su papá, quien la lleva cada semana a Ruka Mapu


Sofi monta para la foto y se ríe al hacerlo, es un caballo grandote y tiene que hacer fuerza para subir. “El Zoco te das cuenta a simple vista que es de físico grande, cada uno tiene sus características como los árabes, los criollos, los percherones; los que tengo son mestizos, me gustan mucho”. 

Sofi tiene fama de charlatana, y es verdad. Pero tiene un único tema. “Cuando arranco a hablar de los caballos les quemo la mente. Hablo mucho, me aparecen videos de caballos y enseguida se los muestro y me pongo re pesada. Me gusta charlar con otros amigos que andan a caballo, ellos me aguantan porque también les gusta”. 

Los chicos le dicen que cuando cumpla quince no le va a interesar cabalgar todos los días. “Les digo que no, el abuelo me subió a la Blanquita a pelo cundo tenía dos años y ando sola desde los ocho, no voy a dejarlo”. 

La mirada dulce, la firmeza en su elección, el amor eterno e incondicional hacia sus caballos, el manto bello que la cubre se resumen en las caricias que Sofi le brinda a Zoco durante toda la charla.

A pelo, sobre el recado, en contra del viento, al galope rápido, un día soleado u otro feo, con vestido de comunión o ropa campera, de cualquier manera es Sofi, la chica de los caballos.