Estaban, Ceferino y Omar Turienzo: familia de alambradores

Sociales

Por Valentina Pereyra Fotos: Marianela Hut

Sinfonía del alambrador

15|08|21 18:48 hs.

A cinco hilos o más, según lo que haya que atajar, la sintonía empieza con la colocación de los palos. Como un lutier el alambrador afina su encordado. La artesanía del oficio se refrenda en las manos de los que lo profesan. Los alambrados marcaron un antes y un después en la historia nacional y originan un nuevo oficio rural. 


 -¿Turienzo? ¡Ahh sí, son alambradores! 
 Omar Turienzo tiene 58 años y desde los doce va al campo con los rollos al hombro, su boina vasca y la california lista para manear. “Eran otras épocas, los chicos trabajábamos todos, desde muy pibes”, dice. 

Nació en Tres Arroyos, vivió en Irene hasta los dos años. Después su familia se trasladó a Cascallares y a los siete volvió a su ciudad natal. 

 El campo es su casa, su escuela, su religión. También la de sus hijos que crecieron entre los alambres, los palos y las herramientas. Tensan los hilos con maestría, alinean los torniqueteros y dejan bien plantados a los esquineros. 


Omar Turienzo fue quien inició este linaje de alambradores


 Sus cuerpos son la principal herramienta, Omar muestra las manos ajadas y se jacta de los callos, huellas innegables de años de atar y manipular varillas, púas, mechas, taladros. 

Ceferino Nahuel Turienzo tiene 27 años y tres hijos, una nena de siete y dos varones, Gio y Lio de tres y un año. Su hermano Omar Esteban Turienzo tiene 18 años. Desde que eran chiquitos quieren ser parte del oficio. Cuando crecieron, su papá les dio el gusto.

 “Llorábamos para que nos lleve al campo a alambrar, aprendimos mirando”, dicen Ceferino y Esteban. Su padre acota, “todos salieron inteligentes, ya saben alambrar solos y también son pintores”. 

La sonrisa no abandona en ningún momento la cara de los jóvenes, tampoco la de su padre. Se iluminan con la explicación del oficio que los enaltece. Aunque no todo es trabajar, otra luz alumbra sus vidas: la pesca. “Me gustaría avanzar con la cosas de la casa”, dice Ceferino. “Tener una camioneta para trabajar, un auto para pasear, estar bien, ir a pescar”, y su hermano agrega “quisiera tener una camioneta para ir a tirar la caña cuando quiera, hacer lo que me gusta”. 

Omar tenía doce años cuando salió al campo para alambrar y nunca más paró. El primer día que agarró los palos y la california, los más experimentados lo cargaban: ¿Te vas a animar? , le decían. “Ser alambrador me gustó de chiquito, empecé y arranqué, cuando salimos la primera vez, los más viejos no me tenían fe. Hasta que llegamos al campo y les gané a los más experimentados, les pegué una paliza bárbara, me gustó el alambre y creo que lo aprendí bien”, dice Omar. 


Ceferino Turienzo tiene 27 años y sueña con avanzar “en las cosas de la casa”


La magia empezó cuando aprendió a “manear” el alambre a la varilla. Pala de punta para pocear, barreta y tenaza, las manos, más herramientas. 

 Los alambradores marcan una línea imaginaria y ahí empieza la tarea. La técnica es parte de una danza perfecta entre el alambre, las varillas, el tensado. Omar tiene la propia, una diferente a los demás. “Hay gente que arranca marcando los pozos, después los hacen, ponen el palo, en cambio yo arranco haciendo el pozo, poniendo el palo, agujereando y llegando a la punta de una”. 

El arte de enhebrar el hilo acerado, de hacer los orificios y ubicarlos en la posición correspondiente de los esquineros, precede a la tarea de tensar los hilos y de manean las varillas. Los detalles estéticos son muy importantes para los Turienzo. Ser prolijos, alinear con gracia, cuidar las terminaciones, es parte de la afinación perfecta. 

No es la única habilidad que ostentan. Las obras de cercos olímpicos que tienen en su haber los enorgullecen, por eso, Omar no quiere contar el secreto de tal perfección, se lo guarda para sus herederos. “Vas a ver muchos trabajos nuestros en el Parque Industrial”. 

 Herramientas 
Tenía un recado sencillo 
corto a la usanza surera, 
y al borde de la encimera 
la california tocaba 
con ruido seco de aldaba 
la llave torniquetera. 
(Miguel Etchebarne). 

 Omar encontró la manera de fabricar una herramienta casera y fundamental para que el alambrado quede tenso y fijo al palo. “La california es un fierrito, una planchuela que se dobla y corta en los dos lados. Sirve para manear las varillas, es medio único. No sabía cómo hacer la california cuando recién empezamos, así que aprendí a fabricarla y hoy las hago de hojas de elásticos de autos”. 

 En el baúl de su vehículo tiene algunas herramientas nuevas que necesitan para los trabajos, también hay guantes, pero están sin uso. “No me los puedo poner, mírame las manos, esto es callo, frío, tierra, así me gusta”. Omar supo ser yesero, pero el encierro no fue lo suyo y a poco de empezar volvió al oficio de sus amores, regresó al campo, al aire libre, con sol, con lluvia, en suelos fáciles de herir y en otros más resistentes. 

El terreno puede ser una ventaja o un enemigo silencioso. Si la pala se clava en una piedra, el tiempo del trabajo será más largo. “Depende del suelo, si hay mucha tosca se tarda mucho más, eso es bravo”. La estadística dice que los Turienzo hacen hileras de mil metros por semana. Omar ha hecho todo tipo de trabajos, tiene fama de batir algún récord respecto a cargar palos de hasta 200 kilos. “Tengo habilidad para eso, para mí es un trabajo fácil. Lo difícil es cuando sale tosca que el trabajo se atrasa”. 


Esteban Turienzo es el más pequeño y desea tener una camioneta “para tirar la caña cuando quiera”


Omar empezó de cero, desde los 18 años labura por su cuenta, es patrón y será alambrador hasta su muerte. “Ellos son patrones”, dice de sus hijos, “no los manda nadie, les digo: Ustedes pueden elegir, irse a pescar a Marisol y salir para allá o trabajar un sábado o domingo, nos organicemos como queremos”. 

 El clima es un parámetro que no les preocupa, les gusta trabajar al aire libre. Puede ser tan bravo el frío como el calor, pero cada uno de ellos tiene su técnica para sobrellevarlo. 

Ceferino prefiere alambrar en verano porque puede buscar los mejores horarios y esquivarle, como dice, al calor. Esteban no lo acompaña en este razonamiento porque prefiere trabajar en invierno. “Hay gente que le gusta la rutina, está acostumbrada a eso, a mí me gusta andar. Hoy en un lado, después en otro, hemos trabajado en toda la zona, en Bahía Blanca, Benito Juárez, en Médanos, vas conociendo gente en todos lados”, dice Ceferino que valora los amigos y las experiencias que tiene gracias a ese ir y venir de acá para allá. 

En una oportunidad los invitaron a participar del campeonato nacional de alambradores, pero no se les dio. Juegan su propio torneo en casa, con los conocimientos que se pasan de padre a hijos. 

Los chicos tienen en la caja de herramientas una que es impagable: la forma, el método y los secretos que les deja su padre para ser el mejor alambrador. 


La familia Turienzo junta. Padre e hijos trabajan en equipo


 Trabajar felices 
“Se gana bien como alambrador, la pandemia lo cortó muchísimo, pudimos trabajar menos, pero no paramos. Ahora está repuntando”. 

El equipo Turienzo es muy unido, andan de a dos o todos juntos, para el trabajo o la vida. “Queremos seguir en esto siempre”. 

Los Turienzo son alambradores y pescadores, por ahí va su pasión. Por eso, no hay una ocasión especial para agarrar la caña, las plateadas y salir. Todo momento es bueno. Si es verano, pescan en el mar, en esta época buscan las lagunas para disfrutar de la pesca. 

Omar les dejó una enseñanza que está muy bien maneada. “Aprendimos de nuestro papá a disfrutar, él te dice que nadie se lleva nada de acá”. Omar acota, “no vi a nadie con un carro enganchado atrás que se lleve al final de su vida lo que ganó, hay que saber vivir”. 

 Ceferino y Esteban están seguros de algo: no quieren estar amargados todo el día, quieren trabajar contentos, ganar la plata y disfrutar como cuando salen mansos y tranquilos a pesca a la laguna con los nenes y los perros. 

Los hilos enhebrados a los palos vibran con el viento y sueltan la melodía que hace felices a los alambradores.    


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Pintar la Escuela 4 



 Omar Turienzo presidió la cooperadora de la Escuela Primaria N°4 en un momento en el que surgió la oportunidad de embellecer el establecimiento. 

Fue así que junto a sus hijos y con la dirección técnica de Miguel Alarcón iniciaron la tarea de pintura. Ceferino y Esteban, a cargo del mate, fueron artífices de esta acción solidaria. 

El mayor de los hermanos recuerda que pintó la portería, el cielorraso, las paredes a dos colores con los que consiguió los elogios de docentes y personal de maestranza. 

 El trabajo estaba enmarcado en el Proyecto “Pintar mil escuelas para que florezcan mil flores, mil esperanzas”.